Hey Joe tu pomada

Hey Joe tu pomada

Una de las cosas que hago siempre que paso por Gran Canaria es ir a la barbería, que ahora y gracias al modernismo y al CaraCuloLibro se llama peluquería pero que allí siguen afeitando a gente y cortando el pelo y tienen hasta la cosa esa que da vueltas con colores a la entrada, con lo que ha sido, es y será una barbería.

Mi cabezón lleva en las mismas manos una purriada de años, ya que llegué a ellos después del periplo del Éxodo, que hasta se escribió y se han hecho películas. Mi Éxodo no comenzó en Egipto sino en la calle Rosiana, donde yo iba a un barbero que además era testigo de Jehová y trataba de convertirme y me regalaba sus biblias falseadas y todo. Los nietos de este señor iban a mi colegio y de cuando en cuando jugábamos juntos, pero me acabaron cansando con tanto panfleto de su Dios y tal y tal, que entre su casa y la mía no había ninguna papelera disponible y cuando mi madre me los interceptaba, me echaba un rollo que no veas y hasta me amenazaba con llamar a Don Manuel para que me exorcizara o me diera una jalá, según le conviniera más. Volviendo al barbero, el éxodo llegó cuando a aquel hombre como que se le notaban demasiado los síntomas del Parkinson, que cogía la tijera y empezaba a agitarla alrededor de mi cabezón y yo me meaba allí de puro miedo, así que anuncié a mis padres que ni jarto de Clipper de fresa volvía allí. Entonces mi padre me llevó a su barbero, que estaba en la punta de abajo de la calle Luján Pérez, y que era un chamo muy dicharachero. Todo fue bien por un par de años hasta que el colega trincó un cáncer o algo así, seguramente porque respiraba tanta laca y durante unos meses lo sustituyó una chama. La japuta era mala, mala, mala, pelando y después de que una de las veces que fui me dejó peor que como entré, renuncié y continué el éxodo hacia la calle Faro, muy cerquita de ellos y en donde comencé con otro peluquero. Este tenía un asistente que después de unos años lo traicionó y montó su negocio en la cercanía pero yo seguí con él y su tropa, que tenía a tres jóvenes trabajando con él. Después, allá por el 2010 o así la palmó y de repente desapareció la barbería y dos de los barberos abrieron otra en la misma zona, también en la calle Faro, que es a la que voy desde entonces, con lo que pese a los cambios de ubicación, se puede decir que en el árbol de los barberos, continúo en mi tercera iteración. Es rara la ocasión en la que acudo y aquello está vacío, son muy populares y siempre está petado y hay que esperar. Cuando estoy allí sentado, matando el rato con las asombrosas conversaciones de las barberías, que son casi lo mejor del universo, enfrente de mi y colocado bajo el mostrador para que los que estamos sentado lo veamos está el cartel de la foto, ese que dice HEY JOE tu pomada y siempre que lo veo me parto de risa porque me imagino que al pobre Joe le tienen que dar por el orto que no veas y por eso va a todos lados con su pomadita, para que le duela menos.

Por sulaco

Maximus Julayus

1 comentario

  1. Pues yo, desde el año 2000 que me dio el infarto primero, y ya viviendo en el campo, aunque todavía no estaba jubilado, pero si retirado del trabajo regular, me harté de ir al pueblo y en el mejor de los casos tener que esperar una hora mi turno, o incluso mas, con lo que muchas veces pasaba y me largaba sin cortarlo, teniendo que volver cuando ya me llegaba poco menos que a los hombros, así que decidí que ya que mi calva era importante, me compré una maquina de pelar eléctrica porque eso no debería de ser nada difícil de usar, y dicho y hecho, hasta ahora, nunca mas he vuelto a una peluquería, bueno, con un par de excepciones que mi hija me daba el coñazo al principio, cuando iba a visitarla a su pueblo y se empeñaba en que su peluquero me arreglara la calabaza, pero ya ni eso… 🙂
    Salud

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