La playa de las Cabañas y regreso a Puerto Princesa

El relato comenzó en El comienzo de otro gran viaje

Mi último día en Puerto Princesa era en realidad medio día. Tenía reservado mi asiento en una de las furgonetas que transportan gente para la una de la tarde. Como a las siete de la mañana estamos todos levantados (aquí no se respeta la hora Virtuditas), desayuné, hice mis ofrendas a Poseidón y sobre las ocho me iba en tricycle a la playa de Cabañas (que ellos escriben como Cabanas pero que pronuncian con su eñe). Está un par de kilómetros antes de llegar a el Nido por la carretera que viene desde Puerto Princesa y es una playa de arena blanca. Está dividida en dos partes, que seguramente hasta tienen nombres distintos. En la primera hay un montón de pequeños moteles, pensiones y demás, todo en plan cutre como son las cosas por aquí pero que dan a la playa. En el segundo tramo, el de las Cabañas, prácticamente no hay sitios en donde quedarte salvo por uno con el nombre de la playa y que no se ve desde la arena, así que desconozco si es de super-lujo o cutre. Lo cierto es que está junto a una playa de ensueño, con arena blanca, un agua cristalina y limpia que da envidia y una calma increíble, ya que por allí viene poca gente y tampoco hay vendedores. Llegué el primero y la tuve para mi solo al menos una hora y después, a mi alrededor, solo habían unas cinco personas. El agua no es muy profunda con lo que te pones a tomar el sol mientras estás en ella y solo escuchas las cigarras en el islote cercano (o los bichos que hacen ruido como grillos, creo que en mi primer viaje a Malasia averigüé el nombre, pero ya lo olvidé) y las olas al romper en la arena. No se oye más nada. 

Estuve allí algo más de tres horas, con ratos en el agua y ratos en la toballa y algunos momentos para hacer unas cuantas fotos. Después, con pena, recorrí toda la playa de vuelta al lugar en el que los conductores de tricycles esperan a los turistas y pillé uno que me llevó de vuelta a la pensión. Me duché, me vestí, acabé de empaquetar, aunque nunca deshago la maleta del todo, con lo que es algo rápido y me acerqué a la Midtown Bakery para gastarme la friolera de sesenta céntimos de leuro. Me compré dos donuts caseros, dos trocitos de pan de huevo (que está de morirse) y dos bollitos pequeños que estaban aún más ricos. En mi lista de panaderías del universo, la del Nido está en primera posición con diferencia. Me quedé al fresco en la recepción de la pensión hasta las doce  media y después pillé un tricycle hasta la estación de autobuses o el descampado desde el que sale el transporte. Fui al rincón de la compañía que me llevaba, les enseñé mi papel y me senté a esperar un rato. A la una de la tarde, entramos en el vehículo, el cual iba petado. Aparte del conductor teníamos, al Elegido, un julay europeo casado con filipina con dos niñas, otro julay ya senil casado con filipina que quiere heredar, una chama filipina sola, una pareja filipina que se quedaron en la misma pensión en el Nido que yo y dos filipinos que creo que eran del pueblo y bajaban a la ciudad, aparte de un occidental obeso que yo diría que era gringo por el tamaño de las lorzas. O sea, dos pasajeros junto al conductor, cuatro en la primera fila, tres en la segunda fila (en configuración 2+1, teniendo yo ese último asiento) y cuatro en la fila de atrás. El colega que conducía fue a la escuela de educación de Fiti y Paldi e hizo todo el trayecto en cinco horas, frente a las siente que tardamos en la ida. El tipo desconocía el concepto de frenado y si el objeto que estaba en la vía no se retiraba a tiempo, básicamente se lo lleva por delante. 

Llegamos a Puerto Princesa a las seis de la tarde y después de registrarme en la pensión, me acerqué a pillar dinero en un cajero automático cuando se fue la luz en toda la ciudad, algo que aquí sucede a diario y la gente ni lo nota. En seguida saltan los generadores y algunos negocios ni llegan a tener corte. De hecho, saqué dinero mientras no había energía eléctrica. Tras tanta comida Filipina, me apetecía algo insubstancial y vulgar y opté por una cadena de comida rápida. Luego caminé por la ciudad, sobre todo por la avenida frene al mar, que se pone muy animada y al regresar a la pensión me informaron que mi próxima aventura comenzará a las siete menos cuarto, que es cuando me recogerán y desayunaré a las seis y cuarto. 

Aunque soy terrible con la planificación, ya reservé hotel para mi próximo destino, que será Cebu, en donde solo estaré de pasada camino a Bohol, lugar en el que espero quedarme al menos tres días. 

El relato continúa en El río subterráneo y las luciérnagas

Por sulaco

Maximus Julayus

2 comentarios

  1. Los bichos que meten ruido como los grillos, a lo mejor son chicharras, nombre venezolano, aunque no es igual pero es monótono como el de los grillos…
    Salud

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