Hoy, me levantaba a las seis de la mañana para ir a correr y aprovechar los maravillosos catorce grados que había a esa hora, un fresquito que no se puede definir en palabras. La razón es que durante la mañana llegaba la cuarta ola de caló del año, otra tanda mortífera de necesidad y de no haber ido a correr por la mañana, por la tarde me habría visto corriendo a treinta grados y si ya con veintisiete, la única vez que lo hice, pensé que me moría, con treinta muero seguro. Normalmente, vuelvo a mi casa a una cierta hora y después corro pero estos días, llego a la chamba media hora más tarde, me voy media hora más tarde y cuando llego a mi keli no tengo que ir a correr y puedo refugiarme en mi keli, completamente cerrada y en donde el único punto negativo es que se me rompió el motor que baja el toldo delantero y no lo puedo bajar y el calor pega en la ventana con saña. Mísmitamente hoy me ha llegado el nuevo motor y tengo un amigo que vendrá a instalarlo el sábado por la mañana, porque estas cosas requieren la mano de obra de expertos y yo no lo soy, aunque mi colega se quedó sorprendido cuando le informé del motor que debía comprarme, que el llevaba una hora comparando especificaciones porque el que tenía mi toldo ya no se hace y yo le pregunté al Cháyipití y este me dio el modelo, me hizo la comparativa y hasta me buscó las tiendas con el precio más bajo en los Países Bajos. En la fachada de mi keli, el abedul llorón que tengo y al que le doy forma de hongo o paraguas, según a quién le preguntes, tuvo un hijo hace tres o cuatro años, que he dejado crecer y ahora estoy pensando en transplantarlo a la parte de atrás, que con el cambio climático que no parece ser cierto, hay que tener árboles que den sombra por todos lados.
Cuando acabé de laburar, en un día en el que probablemente hice mucho más de lo que debería porque yo soy así de fastuoso y fantástico, volvía con mucho tiempo a la estación, relajado y con treinta grados de temperatura y una humedad del sesenta y uno por ciento que está bajando y me di cuenta que llevamos ya tantas olas de calor y tantos días llegando a los treinta que ya cuando voy en bicicleta me parece el nuevo «normal» y ni me doy cuenta de lo excepcional que es esto. Por el camino veía a gente que va bufando, asfixiados, aunque supongo que si salieran de sus kelis vestidos para verano y no con una chaqueta de otoño puesta, camisa y camiseta, igual no lo notarían tanto, que mira que me he cruzado gente que igual no saben que estamos en una ola de calor y se visten para sobrevivir a doce grados.
Comenzamos ola de caló y este es además el peor día del año porque poco después de la medianoche mi banco le hizo la transferencia a la Hacienda Neerlandesa de lo que me tocó pagar por mi declaración, que fue un montón y cuando encendí el telefonino a las seis de la mañana, que yo lo apago por completo, SIEMPRE, SIEMPRE, SIEMPRE sobre las once de la noche, me apareció en la pantalla lo que había sucedido, algo que programé hace un mes y se me puso un mal cuerpo que no veas.