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  • Hijo de las mareas

    22 de mayo de 2019

    Ya lo cantaba la pava aquella con un chamo al que le molaba la luna. Yo soy parecido, pero en lo relativo a las mareas. Hoy era mi primer día de buceo en el Parque Nacional de Komodo y comenzábamos a las seis y cuarto de la mañana, con lo que todos sabemos de una que no podría hacerlo. Yo me levanté hasta cinco minutos antes que la alarma, me afeité, me eché el jiñote, que en estos lares es de esos en los que el papel se lo dejas de recuerdo en una papelera para la pava que limpia porque si no se les tupe el pozo negro y dicen que son siete años de mala suerte de la peor, con descubrimiento de familiares truscolanes de por medio. Antes de salir no comí nada porque me habían dicho que nos tenían el desayuno preparado en el barco, que es de esos de puro lujo María y efectivamente, crepes, huevos revueltos, pan, fruta y más cosillas.

    Salíamos temprano porque íbamos a un lugar más alejado y como nosotros ya estamos a mitad de camino, llegamos antes que la gente que va desde Labuan Bajo y pillamos los lugares tranquilos. Nuestro primer punto de buceo era un lugar para ver mantas, también conocido en indonesio por Karang Makasar, que todos sabemos que se puede traducir al español perfectamente por truscoluña no es nación. Esta era una inmersión dejándote llevar por la corriente, que es bastante intensa y con el fondo más o menos plano. Vas pasando las cosas y no hay muchas oportunidades de detenerte pero en el camino vimos un tiburón de punta blanca, un delfín, una manta, meros, peces ballesta, peces araña, escorpión, rana y mil millones más que no me se el nombre. Al llevarte la corriente para mi es muy relajado y salí con una hartada de aire. Buceaba con un francés y el guía indonesio. Después de una hora de tomar el sol y un tentempié, llegamos al segundo lugar, llamado Crystal Rock y que es una roca sumergida, en inglés suena a pináculo, así que Genín que estudió las lenguas me puede corregir y le echamos la culpa de mi ignorancia a Virtuditas por Culocochista. Esta es, según me dijeron, una inmersión muy difícil y solo al alcance de seres obviamente superiores, como el Elegido, la cosa es que alrededor de la roca sumergida hay una corriente brutal y hay que saltar del barco y bajar disparados hasta veinte metros de profundidad y allí ponen un gancho, te agarras y a disfrutar con el espectáculo, con miles y miles y trillones de peces en aquel lugar, con unos cinco tiburones de cola blanca, peces ballesta y de todo, de todo y mucho más. Es como ver un documental de la National Geographic pero en un cine con IMAX y dolby épico, aquello es una orgía visual y tengo vídeo. Despúes el Dive Master iba moviendo nuestros ganchos a menos profundidad y tras una media hora, soltamos y con muchísimo cuidado para evitar una corriente horrenda que hay allí y que te lleva al fondo, seguimos pegados a los corales. Claro, como yo soy como la Sirenita pero en bello, yo me muevo sin problemas. Salí del agua requeteflipando y afuera nos esperaba el almuerzo, algo tan necesario en la vida del atleta de élite. Después me fui a tomar el sol y adelantaron la tercera inmersión porque nos dijeron que al ser las mareas después de la luna llena o nueva, que no lo sé muy bien cual, son fortísimas y la tercera inmersión era la guinda en nuestro currículum de élite total y tal y tal. El lugar se llama la Caldera, está entre dos islotes en los que por la corrientes fortísimas, se ha hecho una caldera en el medio. Según la marea, la corriente va en un sentido o en otro. Ahí, cuando estás sobre la caldera a punto de salir, el Dive Master se engancha con un garfio y te espera, tu te agarras al garfio, exactamente en el borde, y que sea lo que Dios quiera porque en ese lugar el agua sale con una potencia brutal y es más bien como una montaña rusa o un caballo desbocado. El agua era tan fuerte que no puedes girar la cabeza, casi no puedes mover las manos, sobre todo si te despegas del fondo del borde exterior de la caldera. Delante de nosotros un tiburón esperando que pasara un pez en apuros para comérselo. Fue alucinante y cuando lo dejamos, depués de unos veinte minutos, la corriente nos llevó casi un kilómetro hasta que nos salimos de la misma en una bahía. y durante todo ese tiempo, básicamente buceas como si fueras Súper-man volando, vas a una velocidad que si te tiras un peíto, lo güelen los que van dos kilómetros más adelante. En el tramo de salida, ya más relajados, vimos otra cantidad brutal de peces.

    Como estábamos bastante lejos la vuelta nos tomó unas dos horas que aprovechamos para tomar el sol y comer galletitas. Al regresar, yo quería y una pareja de españoles subir a la montaña detrás del complejo, pero faltaba una hora para la puesta de sol. Salí por patas por allí pa’rriba con las cholas Moisés y la cámara de fotos y el telefónico y una botella de agua y el agua se quedó a medio camino porque aquello era una escalada brutal a más de treinta grados y sin camino. Llegúe hasta el punto más interesante para hacer la foto y después bajé. Los españoles llevaban zapatos de montaña pero solo subieron cinco minutos más porque se arriesgaban a quedarse sin luz en la bajada. Llegué a la habitación muerto (encontré y recuperé mi botella de agua) y en la habitación de al lado había una pava en el suelo, con una vela encendida metida en el orejón, algo que me han dicho que es para sacarte la cera de la oreja. Gracias a Dios yo soy de tierras más avanzados y usamos unos palillos con unas bolas de algodón. Después de ducharme, lavé mis gallumbos y camisetas sucias para que la otra no se deje la lengua negra a criticarme y bajé al comedor y sala común, en donde llené mi diario de buceo y participé en la tertulia antes de cenar y después de cenar. A las ocho ya estábamos todos tan cansados que nos habíamos ido a nuestras habitaciones.

    Y así transcurrió mi primer día de bueo en el Parque Nacional de Komodo.

    El relato continúa en El Julay de las Mantas

  • Lluvia en la isla de Malpandon

    22 de mayo de 2019

    Otra escena con lluvia localizada, en este caso extremadamente localizada en un par de puntos, en la cima de la isla de Malpandon y en otro rincón a su dereche. Para hacernos una idea del tamaño de la isla, debe tener menos de ciento cincuenta metros de largo y unos veinte de ancho, con lo que esas nubes y esa lluvia suceden en un rinconcito de la misma. La isla está completamente cubierta de vegetación.

  • Desde Bali hasta el centro de buceo en Komodo

    21 de mayo de 2019

    Aunque parezca imposible, para mi el jetlag es siempre al volver, no tengo ningún problema yendo hacia el este y el día que llegué me acosté a las diez de la noche y me levanté hoy a las seis de la mañana, ocho horas más tarde y perfectamente descansado. El día anterior me habían mandado un mensaje informándome que mi vuelo lo adelantaron media hora, con lo que por si acaso, decidí llegar bastante antes al aeropuerto. Sabiendo que el hotel está a unos cientos de metros del aeropuerto, pasé de pedir que me llevaran. Cuando fui a la recepción, el empleado estaba allí durmiendo tan plácidamente y cuando se enteró que me iba, llamó a otro para controlar mi habitación y el teléfono del otro sonaba básicamente por detrás de nosotros. Lo despertó y el chamo dio un rodeo que obviamente vimos para subir a la planta y confirmar que la habitación estaba en perfectas condiciones. Esto lo hacen porque algunos literalmente destrozan las habitaciones, roban mandos de la tele o del aire acondicionado o dejan las sábanas ensangrentadas y todo eso lo tienen que pagar. Unos muy de ese estilo son los británicos y los truscolanes, que tienen unas reputaciones terribles. Desde el hotel fui al aeropuerto y cuando llegué buscaba la terminal doméstica, algo que resultó aventurero. Según un pavo, tenía que seguir una ruta y en el transcurso de la misma, dando vueltas y más vueltas, llegué a un control de seguridad super-cutre, que pasé y como era un vuelo doméstico, puedes llevar líquidos y explosivos, a condición que los uses. Lo raro es que después de pasar ese control ya estaba en salidas, sin haber facturado, así que tuve que seguir el camino inverso hasta que encontré el lugar en el que estaban de verdad los mostradores de facturación y allí pillé mi tarjeta de embarque y pasé de nuevo el control de seguridad en el sitio en el que lo debería haber pasado.

    Mientras esperaba el despegue, me dediqué a caminar en la terminal, ya que una vez empiezas a bucear, como que se acaba cualquier otro ejercicio físico. Yo compré mi billete para viajar con Sriwijaya air (pronúnciese como truscoluña no es nación) pero al parecer, el vuelo era de Nam air que pertenece al mismo grupo y cuando ya estábamos en el avión dijeron que forman parte del grupo Garuda Indonesia, con lo que al final descubrirán que ahorran si dejan un solo nombre y todo se unificará en Garuda Indonesia pero les doy unos años para ello. El avión era un Boeing 737-500, de los más o menos viejos, pero al menos no de los que tienen prohibido volar, que de esos hay varios en indonesia y ya al aterrizar el día antes los vi aparcados en el aeropuerto con los motores cubiertos.

    Despegamos en hora y el vuelo fue de sesenta minutos y pasamos junto a Lombok y otras islas con espectaculares volcanes. Cierto Ancestral está en racha y me dieron asiento de ventana, así que tengo vídeos del despegue en Bali y del aterrizaje en Labuan Bajo, en la isla de Flores, que es el punto de entrada para ir al parque nacional de Komodo. Decir que Labuan Bajo se pronuncia con la primera b como si fueras retardado, como la b de vaca pero no la de burro o la b de joputa-criminal-fugado de la justicia y residente en Güaerlú o truscolán. Desde el aeropuerto me llevaron a la oficina del centro de buceo y allí tenía que esperar un par de horas, así que me dediqué a recorrer el pueblo, que es como del oeste, con calle única y todo en ella. Aproveché para almorzar y después salimos de allí a las dos de la tarde en barco para viajar hasta donde tienen el complejo de buceo, en un lugar recóndito y perdido del mundo, sin carreteras de acceso. El viaje toma una hora. En la llegada, nos informaron de todo, nos planearon el día siguiente, nos tomaron las medidas y después vivimos una puesta de sol épica. La cena fue a las siete y como las excursiones son temprano, allí a las nueve está todo el mundo en la camita y unos, más afortunados que otros, en las tres habitaciones con aire acondicionado, que yo ya me veo muy mayor para sufrir con ventilador.

    Y así transcurrió el día en el que llegué al primer escenario, al lugar en el que estaré buceando los próximos cinco días.

    El relato continúa en Hijo de las mareas

  • Lluvia entre islotes

    21 de mayo de 2019

    De cuando en cuando los cielos azules desaparecían y en ocasiones hasta se podía ver el lugar en el que llovía, como en esta foto en la que hay una zona a lo lejos que está recibiendo su dosis de agua. Estos episodios duraban un rato o una hora y después de eso se abría el cielo de nuevo y regresaba el fabuloso azul. Por la noche, justo después de la puesta de sol era más normal que lloviera. Los islotes que están en el centro aparecieron en otra foto, es el Twin Peaks Coral Garden, al fondo está la isla de Busuanga y a la derecha la de Corón.

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