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  • The Clovehitch Killer

    23 de marzo de 2019

    Cuando antes de ir a ver el pre-estreno sorpresa de la semana lees que la película con la que nos van a sorprender es del género de terror, misterio y drama, claramente te quedas confundido porque esa mezcla es como una aberración. Aún así, como uno es devoto de San Terrorífico y procuro no perderme ni una sola película de miedo, pues claro que me pongo el chubasquero y voy al cine mientras me lanzan baldes de agua con una saña, que ni te cuento, que acabé teniendo que extender en el suelo de la sala el pantalón chubasquero para que se secara más rápidamente porque estaba ensopado. La película que se mereció todo esto se titula The Clovehitch Killer y parece que no está previsto su estreno en España, aunque la quieren titular truscoluña no es nación.

    Un julay en la edad del pavo sospecha que el padre que fornicó con la madre que lo parió es un asesino en serie y el chiquillo usa el concepto para ver si puede chingarse a una pava del instituto con desilusión y sin fantasía.

    En una familia cristiana y en la que todos parecen perfectas reencarnaciones de seres inhumanos, el hijo descubre un secretillo de su padre que lo coloca como un asesino en serie que no ha sido descubierto. El hijo se dedicará a investigar con una compañera del instituto la historia del asesino ese en serie y buscará la forma de comprobar si es o no es su padre mientras este tiene sus propios planes y la familia, trocito a trocito, se va a tomar por culo.

    Al que puso entre los géneros el de terror deberían amputarle las manos, sacarle los ojos y cortarle la lengua antes de llenarle de alquitrán los oídos para que no vuelva a cometer un perjurio semejante. Esto no es cine de terror en absoluto, no hay ningún momento en el que te lleves un susto tremendo y te encojas y te acongojes mientras esperas que nada te ataque desde la parte trasera del cine. Esto es la historia de una familia perfecta que revienta cuando el hijo comienza a dudar del padre y éste comienza a dar unas excusas chapuceras y chabacanas para tratar de justificar las cosas que va descubriendo ese trozo de carne de su carne. Seguramente el fallo está en que hay demasiados agujeros en la historia, no te la terminas de creer en ningún momento y además, hay que reconocer que las interpretaciones son más bien sosas. El padre y malaje es Dylan McDermott y aquí parece que está en su salsa de telefilm ya que esto no llega a película. El problema es que de repente te lo ponen como un ser encantador y después, al poco tiempo, lo vemos haciendo exáctamente lo contrario y parece que allí, en la pantalla, nadie se da cuenta. No es creíble y definitivamente, no hay química del actor ni con su mujer ni con su hijo. El actor que interpreta al hijo es un tal Charlie Plummer del que no había oído hablar y que tampoco será recordado por esto, más bien lo recordaré porque le faltaba un aire o así. En resumen, que esto es más bien un telefilm, que no llega, se queda siempre corta.

    Si eres un miembro del Clan de los Orcos, que sepas que como vayas al cine pensando que es una peli de terror, del disgusto lo quemas. Si eres un sub-intelectual con GafaPasta, ni te lo plantees. Esto es para ver en la tele mientras mayormente duermes.

  • El cartel de Corón en la cima del monte Tapyas

    22 de marzo de 2019

    En la foto de ayer no se podía apreciar así que hoy nos acercamos con una lupa gigantesca y vemos la cima del monte Tapyas, en donde está el mirador y las letras enormes con el nombre del lugar en plan Bollywood. El cartel se ve bien desde el pueblo y cuando los barcos están llegando al puerto pero poco más. El mirador tiene unas vistas espectaculares de las islas e islotes alrededor de Busuanga y por detrás de la montaña aún se puede ver la pista del antiguo aeropuerto, que estaba directamente allí pero al tener la montaña y otras tan cerca, estaba como empotrado en un desfiladero y acabaron por hacer otro en el centro de la isla, como a una hora en coche desde allí.

  • Los requetenegados

    21 de marzo de 2019

    Desde hace cosa de dos semanas tenemos una campaña de anuncios en el cine de esas que te dan la certeza que algunos tienen muchísimo dinero y lo tiran con gusto. En esta campaña, seguramente pagada con mis impuestos, no tratan de vendernos nadas. Al parecer, el problema somos nosotros mismos y la manera en la que interactuamos con los demás. En dichos anuncios, cortos y prácticamente sin imágenes, te dicen que el treinta por ciento de los clientes ignoran a cierta cajera y pongo ignorar porque no sé como traducir la palabra que usan en holandés, que es un verbo que viene a decir lo de negar pero no referido a que das una respuesta negativa a algo sino a que ninguneas e ignoras a alguien. La campaña me parece algo estúpida porque llevan el concepto de educación demasiado lejos. Según ellos, cuando voy al supermercado, al pasar por la caja los productos que he comprado, tengo que saludar y agradecer a la persona que está allí su trabajo, de lo contrario la estoy negando. Yo no lo veo tan claro, no la insulto, no la ninguneo, pero tengo clarísimo que igual que cuando yo hago mi trabajo no espero que aquellos que son los destinatarios del mismo me den las gracias. Hago mi trabajo porque me pagan por ello y cuando voy a una tienda y compro algo, estoy pagando por el producto, no me lo llevo gratuitamente y no veo la razón para besarle las uñas negras de los pies a la cajera. En cualquier caso, yo niego o ignoro al cien por cien de las cajeras del super porque desde que pusieron las cajas en las que tú te lo haces todo, no me pongo en una con empleado ni jarto de güisky de garrafón caducado. De siempre supuse que no había que tener ni medio dedo de frente para hacer el trabajo y ahora lo he comprobado, la máquina lo hace todo. Tampoco niego a los empleados de otras tiendas porque prefiero comprar por Internet y que me lo traigan a casa, me ahorro la horrible experiencia con esos empleados ladillas que te acosan para que compres algo, me ahorro las esperas en una caja a que el empleado acabe de chatear con su teléfono o de hablar con los compañeros o simplemente, de no estar allí y encima, por lo que parece, hasta me ahorro el esfuerzo de ignorarlos. En la misma campaña también dicen que los conductores de transporte público son ninguneados sistemáticamente. Eso es algo que me chocó un montón cuando llegué a los Países Bajos. Aquí, cuando se van a bajar de la guagua, tienen que saludar o gritarle un gracias al chófer. No parece que haga falta si es un conductor de tranvía porque imagino que esos sí que son seres inferiores y se les puede ignorar, ya que esa estúpida regla es solo para los de guaguas y en la ciudad de Utrecht, hay guaguas triples, con lo que estás allá atrás, en el quinto coño, en el límite de lo que permite el código de circulación en cuanto a la longitud de un vehículo y pretenden que te raspes la garganta para el chamo ese que va al volante no se sienta ignorado. No es cuestión de ignorarlo o no, es cuestión de que está haciendo su trabajo. Cuando vas en tren, ninguno agradecemos ni al conductor ni al revisor su trabajo, damos por sentado que lo tienen que hacer. De la misma manera, cuando volamos en avión, tengo clarísimo que cuando la tripulación de cabina o eso que antes llamábamos azafatas están junto a la puerta, más bien lo que controlan es que no nos llevemos los chalecos salvavidas, que se de gente que los ha robado en más de una ocasión, o que no nos llevemos las mantas, algo que he visto robar de manera regular en cualquier avión de los que me han llevado o traído a Asia y puedo confirmar y confirmo que todas y cada una de las veces en las que vi tremendo delito, eran personas de origen no europeo, que igual que nosotros ignoramos y negamos, al parecer ellos son más modestos y sencillos y optan por robar unas mantas que están más sudadas que el coño de una política truscolana huida de la justicia.

    En la era del buenismo y todo eso, creo que estamos yendo demasiado lejos. No veo la hora que acabe toda esta hipocresía y cinismo con el que lo embadurnan todo para darle un aire progresista.

  • El monte Tapyas y el villorrio de Corón

    21 de marzo de 2019

    Todas las actividades turísticas cuando estás en Corón implican salir de Corón, del poblacho, porque allí no hay relativamente nada que ver, solo es un sitio para dormir, contratar la siguiente y comer. Aparte de algunas iglesias, que veremos, lo único que se puede hacer en Corón es subir al monte Tapyas, ese que se ve a la derecha y desde cuya cima hay unas vistas muy espectaculares y la puesta de sol es épica. Han hecho un paseo para llegar hasta arriba, o más bien, un suplicio, porque son setecientos veinticuatro escalones y resulta imposible ir entre las nueve de la mañana y las cuatro de la tarde por el solajero. Incluso después de esa hora, cuando subí, pensé que iba a vomitar las entrañas por el camino y sudé hasta el calcio de los huesos.

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