Hemos estado un rato larguísimo viendo más fotos de la ciudad de Utrecht y creo que va siendo hora de poner un punto y seguido, de nuevo, hasta que me entren ganas de encontrar nuevas cosas en la ciudad, que las hay y que hasta tengo localizadas. Por ahora, lo dejamos mirando una puerta, la de la keli del Papa Adriano VI (uve-palito), que pese a ser la puerta principal, en realidad nos lleva a un mega-patio interior. Esta casa es una de las pocas (o quizás la única) que hay en la ciudad de Utrecht y que está directamente detrás de un canal. Para llegar a la puerta hay que cruzar un pequeño puente y el agua está junto a las paredes del edificio, al menos en ese lado.
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El punto de inflexión
Hay un punto crítico en el que algo que está sucediendo cambia y toma una dirección irreversible. Es una variante del punto de inflexión, aunque cuando se trata de gente o de coñas sociales, en inglés lo denominan tipping point y en el español parece que estamos limitados a la inflexión. La multinacional en la que me prostituyo por una nómina, que al fin al cabo trabajar en una oficina es una ligera variación de lo que hacen otros en un catre, en una esquina o en donde les salga de la pipa del chichi, lleva años y años y más años en plena decadencia. Cuando yo llegué, había cuatrocientos empleados solo en los Países Bajos y ahora mismo somos ciento y poco. Tuvimos un corto periodo, en los últimos tres años, en los que hasta contrataron gente, que resultó en una invasión hindú porque resultó que eran los únicos a los que les molaban salarios bajos o muy bajos pero ese ciclo fue corto y solo nos queda uno, ya que el resto o se marcharon o los echaron, que es otra forma de irse. Este año, al comienzo del mismo, un colega, por primera vez en un montón de años, dejó la empresa, voluntariamente, ni siquiera para trabajar, ya que su mujer vendió su negocio, se han comprado una segunda keli en Francia y montaron allí un motel. En paralelo a su marcha estábamos enfrascados en dos reorganizaciones distintas, que ya ni se hacen en singular sino en plural cuando otro colega anunció su marcha a otra empresa, acto que recorrió las arterias de la compañía como una brisa fría. Un mes más tarde, el hindú que iba a tomar su posición anunció su marcha y un mes más tarde fue otro colega, uno que llevaba aquí desde siempre. Después, más o menos tras mi vuelta de las vacaciones en Asia, el más reciente de los empleados anunció que se cogía el piro, con lo que ya eran cinco. Después vino la calma y la caló del verano.
La semana pasada notamos algo extraño y ya intuíamos que la situación estaba cambiando y ese lunes se confirmó. Primero un colega dijo que se iba a otra empresa, el martes se corrió la voz que el esbirro de recursos inhumanos se piraba y un rato más tarde otro colega se subía a la ola y decía que también tenía un nuevo trabajo. Este fue el punto de inflexión. Hemos pasado oficialmente a ser una empresa en la que las ratas están corriendo y saltando del barco antes de que se hunda. De crear listas de posibles candidatos a visitar la oficina del paro nos hemos reconvertido y ahora hacemos listas con los posibles candidatos a ser el próximo que anuncie su marcha. Esto es una sangría y la gerencia, cierra los ojos y hace como que nada está sucediendo cuando lo cierto es que algo terrible está pasando, cada marcha es un montón de experiencia que se pierde y que no se puede recuperar contratando a un nuevo empleado porque no habrá transferencia entre ambos. Tengo ya confirmados un montón de julays que están en diferentes fases en su plan para saltar de la compañía e ir a otra y cuando se vayan sabiendo los nombres, arrastrarán en su huída a muchos más. Parece que el punto es irreversible, que estamos más allá de cualquier punto en el que los jefillos puedan hacer algo para controlar y evitar que el daño se extienda.
Curiosamente, en el primero que piensan todos como candidato a marcharse es en el Elegido, The Chosen One, il Scelto, de Uitverkorene y yo sigo repitiendo una y otra vez mi mantra: NO SIN MI PAQUETE y por paquete se entiende la guita que me dan al echarme y que ya es una cantidad considerable. Yo no salto del barco NI DE COÑA, yo me quedo hasta que me den la patada y me echen a la puta calle, yo no me iré voluntariamente, pero nadie me cree y hasta los jefillos están tanteándome para ver si estoy bien, si sigo contento, si el mundo gira de acuerdo a mis gustos y no se creen que sea así. Parece que nadie me conoce de verdad y que no entienden que lo único que no me preocupa es el estar desempleado, seguro que encuentro un trabajo al poco tiempo y si no, que coño, a mamar del sistema social.
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Torre de agua junto al Vaartsche Rijn
Hoy tenemos una foto que ya ha aparecido en algunas anotaciones porque el lugar es junto a la estación de tren de Utrecht Vaartsche Rijn, desde la que comienzo y acabo el periplo en tren cinco veces a la semana camino de Hilversum. El nombre de la estación es el del canal, el Vaartsche Rijn, pronunciado truscoluña no es nación. El canal está prácticamente a estrenar ya que se comenzó en 1122, hace ochocientos noventa y seis años de nada. en la foto vemos un edificio de reciente construcción de apartamentos en el que yo debería haber comprado una casa porque el sitio es idílico. También se puede ver una de las torres de agua que había en la ciudad. Esta se ha reconvertido en restaurante de postureo y de moda y si me lo preguntas, carero que no veas y se puede ver que en la parte superior hay una estructura de cristal en la que está el restaurante. Esta es la principal via para llegar al centro de la ciudad por barco y todos los puentes que cruzan ese canal se abren y cierran varias veces al día, con lo que el paso de yates y barcos espectaculares le da aún más encanto.
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Polvorón de anacardo filipino
La empresa para la que me prostituyo es japo-agitanada y ahora, para ahorrar más guita fuera de japolandia, han segregado la parte financiera de todas sus empresas en el exterior y han contratado el servicio a una compañía que tiene su mano de obra baratísima en las Filipinas, país en el que por casualidades de la vida, yo ya he estado tres veces y aún visitaré unas cuántas más. Resulta que en ese país hay mano de obra barata, hablan inglés sin el acento endiablado de los hindúes, que te digan lo que te digan, no se entienden ni entre ellos cuando hablan en inglés y además, las chamas no serán chochas pero son modositas y amorosas cuando tratan con la gente. Estamos en el periodo de transición, ese en el que aprenden lo que hacían empleados que cobraban sueldos obviamente altos y después ellos harán lo mismo desde miles y miles de kilómetros por mucho menos y a cada momento y como parte de esa transferencia de conocimiento, viene una banda de filipinos a Holanda para pasar una semana y siempre traen dulces de su país que ofrecen a los holandeses de la parte financiera de la compañía. Lo que los holandeses no le dicen a esos pobres es que a ellos esos dulces les dan mal YUYU y que ni de coña se los quieren comer y están allí, en el centro de la sala, negros de risa. O estaban, porque un día que estaba yo de tertulia en los alrededores me ofrecieron uno y cuando vi lo que era casi me da una flatulencia y me despeorro todo allí mismo de puro gusto. Los filipinos, cuando eran parte del reino de España, aprendieron a hacer polvorones, pero ellos no les ponen almendras y en su lugar optaron por los anacardos. Los comen todo el año y yo ya los había probado en las Filipinas y me habían encantado así que cuando vi las dos cajas, pillé uno y al final regresé a mi mesa en la oficina con todos, todos, todos, los polvorones filipinos. Esto ha abierto un universo nuevo de gula para mi y todos los días tengo ese momento reverencial en el que me como uno y solo uno. Ahora los cabeza-queso se preguntan si quizás debieron darles una oportunidad pero ya es demasiado tarde, yo ni devuelvo ni comparto. Son MI TESOROOOOOOOOOO



