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  • Viajando a Manila

    6 de mayo de 2015

    El relato comenzó en El comienzo de otro gran viaje

    Como ha sucedido en un montón de viajes, Kuala Lumpur es el lugar perfecto para conectar con cas todos los países del entorno, mayormente gracias a Air Asia, línea aérea de bajo costo y que ha ganado un montón de años el premio a la mejor del universo, aunque imagino que después del avión que se les cayó el otro día no se lo darán en al menos dos años. Como cuando compré el billete no tenía nada claro lo que quería, elegí entrar al país por el norte. Ahora, sabiendo lo que sé, habría ido directo a Cebu o Kalibo, pero bueno, hasta los seres infinitamente superiores como yo pueden tropezar en una laja. Mi avión salía a las nueve, el desayuno del hotel a las siete y por tanto, me lo perdí y a las seis de la mañana caminaba a la estación de tren, la cual está a unos cinco minutos. Desde allí tomé el siguiente KLIA Express, que a esa hora son cada quince minutos. En media hora llegamos al aeropuerto y aproveché para desayunar. Air Asia vuela desde la nueva terminal, la KLIA2, la cual todos recordamos que inauguré el año pasado. El lugar ha cambiado un montón, con todos los negocios en pleno funcionamiento. Pasé el control preventivo de seguridad, crucé el Sky Bridge que ya hemos visto hasta en vídeos y bajo el que pasan los aviones, pasé el control de seguridad y me acerqué a la puerta desde la que salía mi avión. En ningún momento nadie controló mi mochila así que nunca llegaron a saber que llevaba un kilo más de los permitidos. Una de las cosas que me fascina de la compañía anteriormente mencionada es su puntualidad y a la hora prevista se produjo el embarque y la salida. El vuelo es de unas tres horas y media, aunque mirando en el mapa del mundo todos estos sitios parece que están uno al lado del otro, lo cierto es que hay kilómetros entre ellos. 

    Desde el avión, pasamos por encima de cientos o quizás miles de islotes y atolones, lo cual nos recuerda que el Pacífico es totalmente distinto al Atlántico, mar de pocas islas y de menos islotes. En el medio del océano, aparecen anillos de arena rubia preciosos desde el aire. En un par de momentos hubo aviso de turbulencias pero no se llegaron a producir. Yo debo ser uno de los julays más agraciados por la suerte. Todos los años me hago una jartá de vuelos y nunca me pillan esos meneos terribles que muchos mentan aterrorizados y con lágrimas de cocodrilo en los ojos. Esperemos que la cosa siga así. El aeropuerto de destino es el de Clark, famosa base aérea estadounidense y que ahora se usa también para vuelos civiles con el aeropuerto rebautizado como Diosdado Macapagal International Airport. El nombre es muy pachanguero pero el aeropuerto es minúsculo. Salí del avión, pasé el control de pasaporte prácticamente sin decir ni pío. Pensaba que me pedirían prueba de la existencia del billete de salida y me preguntarían cosas o al menos eso le ha sucedido a otra gente pero lo que es a mí, cuando vieron que no tengo un iPhone como mis amigos ricos sino que soy uno de los del pueblo, me estamparon el pasaporte y seguí camino. En la puerta, taxistas gritando que no veas. Saqué dinero en un cajero, me fui al cutre bar de llegadas y me compré una botella de agua y un refresco. Pregunté y me dijeron que tenía que esperar por la guagua. 

    Veinte minutos más tarde apareció una pero como nadie decía nada, le pregunté a los polis y me dijeron que era la mía, de la compañía Philtranco y que te lleva a la parte sur de la ciudad de Manila. Según mi libro, el billete vale 11 dólares. En la realidad, costaba seis leuros. Yo fui la única persona que se subió y pensé que aquello debía ser un negocio ruinoso. El resto de los pasajeros se montaron en jeepneys, una especie de evolución agitanada de los jeeps americanos estirados como el chicle y con toda la parte de atrás para que la gente se siente sin espacio alguno entre ellos  y viajar. Por fuera los hay muy pachangueros, tuneados al máximo Todas esa gente iba a una estación de guaguas cercana desde la que podían tomar guaguas a Manila. Resultó que nosotros también íbamos hacia allí y yo ya estaba dentro. La guagua se llenó hasta la bandera, después subieron vendedores de huevos de codorniz o algún otro tipo de pájaro, de chicharrones, de manices y de un montón de cosas más y el cobrador los echó, cerraron las puertas y salimos. El viaje fue de unas dos horas y media para hacer unos setenta y cinco kilómetros. El tráfico en Manila es terrible. De repente se cerraron los cielos y llovió lo qe no está escrito, se volvió a abrir y salió de nuevo el sol, se subieron algunos más pero mayormente la gente según entramos en la ciudad se iba bajando, sempre en paradas con nombres españoles como Cubao, Muñoz, Ortigas (sí, sin hache de lerdo), Bonifacio, Guadalupe, Buendia, Ayala, Magallanes, Libertad y similares. Cuando llegamos a la zona de la estación EDSA, me bajé y agradecí a todos los dioses del universo la existencia de los mapas de HERE en mi Güindous Fone. Desde allí hasta el hotel era un kilómetro y medio y la idea era ir en taxi pero finalmente, decidí aventurarme y fui andando, cruzando un mercado fascinante, viendo niños sin padres por las calles, mendigos y de todo, aparte de un tráfico estruendoso y una contaminación épica. Llegué a mi hotel, el Tune Aseana y tomé posesión de mi habitación sobre las cuatro y media de la tarde. Después me di un garbeo por la zona, me compré una tarjeta SIM de prepago y activé mi contrato de treinta días y 750 megas por seis leuros y medio y volví a agradecer a los dioses mi teléfono de pobre, ya que no tienen tarjetas nano para los ricos, con lo que los dueños de teléfonos amanzanados tienen que cortar la tarjeta si es que tienen una tijera o joderse. Me di un paseo por la zona del hotel pero estaba cansado de tanto meneo, el jetlag me tenía desquiciado y opté por cenar por allí, acostarme temprano, levantarme temprano y explorar Manila  por la mañana del día siguiente. Durante toda la noche, el tráfico no paró, los camiones no dejaron de tocar sus pitas, la getne igual y terminé poniéndome los tapones en los oídos. No quiero ni pensara como tuvo que ser para la gente que dormía en las plantas inferiores, yo estaba en la décima, la más alta del hotel. 

    Así fue como añadí un nuevo país a la lista de aquellos por los que he pasado. 

    El relato continúa en Callejeando por Manila y el salto a Puerto Princesa

  • San Jorge matando el dragón en la Storkyrkan

    6 de mayo de 2015
    San Jorge matando el dragón en la Storkyrkan

    San Jorge matando el dragón en la Storkyrkan, originally uploaded by sulaco_rm.

    Uno entra a la Storkyrkan, la catedral de Estocolmo, fundamentalmente para ver la estatua en madera de San Jorge matando el dragón, la cual tiene ya más de quinientos años. Esa estatua es al mismo tiempo un relicario y se supone que en su interior esconde trozos tanto se San Jorge como de otros seis santos. Dentro de la iglesia también hay una pintura que supuestamente es la imagen más antigua que se conoce de Estocolmo, aunque es una copia ya que el original se perdió hace un buen puñado de siglos.

  • El comienzo de otro gran viaje

    5 de mayo de 2015

    No me voy a poner a contar mis miserias en la semana previa al viaje de vacaciones porque entonces no acabaría nunca. Digamos que enlazar dos fines de semana con salidas al extranjero y una semana loca de preparativos y trabajo no es saludable y acabé durmiendo mal o nada y con una bola de nervios permanente en el estómago. De hecho, hasta el miércoles que fui a visitar a mi amigo el Rubio no decidí nada. Ese día descarté ir por el norte de Luzon y centrarme en Palawan (básicamente Nido y Puerto Princesa) y las Visayas (yendo desde Cebu a Kalibo con múltiples paradas. Para cuando salí de Holanda tenía el hotel de Kuala Lumpur, el de Manila y un billete de avión para volar a Puerto Princesa. Nada más. 

    Mi último día, el sábado, creo que me dormí sobre las dos de la mañana y me levanté a las seis y media. Preparé el blog para que siguiera funcionando, hice la mochila, una, dos, tres veces, seguí apilando cosas y desechando. Por la mañana trabajé en el jardín, cortando el césped, quitando malas hierbas y plantando calabazas y millo. También charlé un rato con mi vecino y le asigné un par de tareas. Por supuesto, me eché el JIÑOTE y desayuné pannenkoeken, algo que echaré de menos en estas semanas. Me afeité por primera vez en una semana (la falta de tiempo …) y sobre las cuatro de la tarde dejé mi casa con mi mochila de cuarenta litros y nada más. 

    Facturé por Internet y así, al llegar al aeropuerto, imprimí de nuevo mis tarjetas de embarque y fui directo al control de seguridad. Pasé sin problemas, ni con la bolsa de plástico de 0,9 litros resellable de cierta compañía de muebles sueca y que llené con todos los líquidos que espero usar ni con las pequeñas tijeras que hay en mi kit de emergencia. Maté el rato chateando con el Rubio y otros amigos y a la hora esperada, embarcamos. Volaba con Lufthansa, compañía famosa por la mala leche de sus pilotos deprimidos. Salimos con cinco minutos de adelante y nos dijeron que el vuelo sería de cuarenta y cinco minutos hasta Frankfurt, con lo que las azafatas tuvieron que correr parar repartir las mitades de emparedado y las bebidas, con todos los alemanes eligiendo botellas de cerveza. La única línea de bandera rastrera y que no te da nada es Liberia, pero en precios son tan caros o más que los otros. En menos que nada llegamos a mi primer destino, tuve que cruzar el aeropuerto para llegar al punto en el que estaba mi segundo avión, un Airbus A340 que me llevaría hasta Kuala Lumpur. No puedo decir por qué pero lo cierto es que ese tipo de avión me da mal rollo y eso que solo me había montado dos veces anteriormente. Hice unos sofisticados cálculos para elegir fila y asiento y acabé en la fila 40, en ventana y sin nadie sentado a mi lado. El avión no iba completamente lleno, aunque sí que bastante lleno. Todos ocupamos nuestros asientos y sobre las diez de la noche cerraron las puertas para salir. Comentar que mi tiempo de escala en Alemania era oficialmente de una hora y al final fue una hora y cuarto El avión salió lentamente y comenzó a buscar el punto de despegue acompañada de otro montón de aparatos que iban hacia Asia. Despegamos, ascendimos y en las primeras dos horas nos dieron unos aperitivos y la cena. Algo que nunca había visto en las aerolíneas que había usado hasta ahora era la variedad de alcohol que tenían. La azafata venía con un carrito con ginebra, ron, whiskys, vinos y demás. Después de cenar, me puse el antifaz, los tapones en los oídos y reo que en total dormí siete horas, aunque de cuando en cuando me desperté. Por la mañana (o por la tarde para nosotros), nos dieron el desayuno y sobre las cuatro y media de la tarde aterrizaba en Kuala Lumpur. Pasé el control de pasaporte en un minuto y sin tener que esperar por el equipaje facturado, salí por patas a la estación de tren que hay en el sótano del aeropuerto. Allí tomé el KLIA Express y media hora más tarde estaba en la capital de Malasia. Elegí un hotel cerca de la estación de tren, ya que la ciudad la tengo muy vista y ya ni voy a la zona del triángulo de oro, que es por donde acaban casi todos los turistas. El año pasado inauguraron justo en esta época un mega-centro comercial pegado a la estación y con eso lo tengo todo. El hotel es el Hotel Summer View, que por supuesto, no tiene vistas ningunas de verano. Después de largar la mochila y ponerme las sandalias Moisés, me acerqué a la zona del centro comercial, controlé el barrio, me compré el billete de tren para la mañana siguiente y al regresar, cené en un hindú. Se me olvidó comprar hojas para mi máquina de afeitar y tuve que regresar. En ese segundo viaje, me crucé con una cabalgata gigantesca de budista, con carrozas y de todo. No sé si era para celebrar algo de ellos o por Nepal. Que yo recuerde, una de las mayores celebraciones de los budistas es en mayo, pero creía uqe era más bien a mediados de mayo. 

    Y así fue el día del Gran Salto, desde Utrecht a Kuala Lumpur usando guagua, tren, avión pequeño, avión grande y tren.

    El relato continúa en Viajando a Manila

  • Storkyrkan

    5 de mayo de 2015
    Storkyrkan

    Storkyrkan, originally uploaded by sulaco_rm.

    La catedral de Estocolmo es la iglesia de San Nicolás o Storkyrkan, un edificio que por fuera parece una iglesia de barriada de proletarios en pueblo. Al parecer es un buen ejemplo del estilo gótico báltico. La iglesia está junto al Palacio Real. Desde el siglo XVI (equis-uve-palito) es protestante luterana y eso debe explicar la austeridad del edificio. En esta iglesia se celebran los bodorrios, coronaciones y funerales reales. En su interior hay una estatua en madera de San Jorge dando candela al dragón que veremos mañana. La iglesia es mucho más bonita por dentro que por fuera.

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