Viajando a Manila

El relato comenzó en El comienzo de otro gran viaje

Como ha sucedido en un montón de viajes, Kuala Lumpur es el lugar perfecto para conectar con cas todos los países del entorno, mayormente gracias a Air Asia, línea aérea de bajo costo y que ha ganado un montón de años el premio a la mejor del universo, aunque imagino que después del avión que se les cayó el otro día no se lo darán en al menos dos años. Como cuando compré el billete no tenía nada claro lo que quería, elegí entrar al país por el norte. Ahora, sabiendo lo que sé, habría ido directo a Cebu o Kalibo, pero bueno, hasta los seres infinitamente superiores como yo pueden tropezar en una laja. Mi avión salía a las nueve, el desayuno del hotel a las siete y por tanto, me lo perdí y a las seis de la mañana caminaba a la estación de tren, la cual está a unos cinco minutos. Desde allí tomé el siguiente KLIA Express, que a esa hora son cada quince minutos. En media hora llegamos al aeropuerto y aproveché para desayunar. Air Asia vuela desde la nueva terminal, la KLIA2, la cual todos recordamos que inauguré el año pasado. El lugar ha cambiado un montón, con todos los negocios en pleno funcionamiento. Pasé el control preventivo de seguridad, crucé el Sky Bridge que ya hemos visto hasta en vídeos y bajo el que pasan los aviones, pasé el control de seguridad y me acerqué a la puerta desde la que salía mi avión. En ningún momento nadie controló mi mochila así que nunca llegaron a saber que llevaba un kilo más de los permitidos. Una de las cosas que me fascina de la compañía anteriormente mencionada es su puntualidad y a la hora prevista se produjo el embarque y la salida. El vuelo es de unas tres horas y media, aunque mirando en el mapa del mundo todos estos sitios parece que están uno al lado del otro, lo cierto es que hay kilómetros entre ellos. 

Desde el avión, pasamos por encima de cientos o quizás miles de islotes y atolones, lo cual nos recuerda que el Pacífico es totalmente distinto al Atlántico, mar de pocas islas y de menos islotes. En el medio del océano, aparecen anillos de arena rubia preciosos desde el aire. En un par de momentos hubo aviso de turbulencias pero no se llegaron a producir. Yo debo ser uno de los julays más agraciados por la suerte. Todos los años me hago una jartá de vuelos y nunca me pillan esos meneos terribles que muchos mentan aterrorizados y con lágrimas de cocodrilo en los ojos. Esperemos que la cosa siga así. El aeropuerto de destino es el de Clark, famosa base aérea estadounidense y que ahora se usa también para vuelos civiles con el aeropuerto rebautizado como Diosdado Macapagal International Airport. El nombre es muy pachanguero pero el aeropuerto es minúsculo. Salí del avión, pasé el control de pasaporte prácticamente sin decir ni pío. Pensaba que me pedirían prueba de la existencia del billete de salida y me preguntarían cosas o al menos eso le ha sucedido a otra gente pero lo que es a mí, cuando vieron que no tengo un iPhone como mis amigos ricos sino que soy uno de los del pueblo, me estamparon el pasaporte y seguí camino. En la puerta, taxistas gritando que no veas. Saqué dinero en un cajero, me fui al cutre bar de llegadas y me compré una botella de agua y un refresco. Pregunté y me dijeron que tenía que esperar por la guagua. 

Veinte minutos más tarde apareció una pero como nadie decía nada, le pregunté a los polis y me dijeron que era la mía, de la compañía Philtranco y que te lleva a la parte sur de la ciudad de Manila. Según mi libro, el billete vale 11 dólares. En la realidad, costaba seis leuros. Yo fui la única persona que se subió y pensé que aquello debía ser un negocio ruinoso. El resto de los pasajeros se montaron en jeepneys, una especie de evolución agitanada de los jeeps americanos estirados como el chicle y con toda la parte de atrás para que la gente se siente sin espacio alguno entre ellos  y viajar. Por fuera los hay muy pachangueros, tuneados al máximo Todas esa gente iba a una estación de guaguas cercana desde la que podían tomar guaguas a Manila. Resultó que nosotros también íbamos hacia allí y yo ya estaba dentro. La guagua se llenó hasta la bandera, después subieron vendedores de huevos de codorniz o algún otro tipo de pájaro, de chicharrones, de manices y de un montón de cosas más y el cobrador los echó, cerraron las puertas y salimos. El viaje fue de unas dos horas y media para hacer unos setenta y cinco kilómetros. El tráfico en Manila es terrible. De repente se cerraron los cielos y llovió lo qe no está escrito, se volvió a abrir y salió de nuevo el sol, se subieron algunos más pero mayormente la gente según entramos en la ciudad se iba bajando, sempre en paradas con nombres españoles como Cubao, Muñoz, Ortigas (sí, sin hache de lerdo), Bonifacio, Guadalupe, Buendia, Ayala, Magallanes, Libertad y similares. Cuando llegamos a la zona de la estación EDSA, me bajé y agradecí a todos los dioses del universo la existencia de los mapas de HERE en mi Güindous Fone. Desde allí hasta el hotel era un kilómetro y medio y la idea era ir en taxi pero finalmente, decidí aventurarme y fui andando, cruzando un mercado fascinante, viendo niños sin padres por las calles, mendigos y de todo, aparte de un tráfico estruendoso y una contaminación épica. Llegué a mi hotel, el Tune Aseana y tomé posesión de mi habitación sobre las cuatro y media de la tarde. Después me di un garbeo por la zona, me compré una tarjeta SIM de prepago y activé mi contrato de treinta días y 750 megas por seis leuros y medio y volví a agradecer a los dioses mi teléfono de pobre, ya que no tienen tarjetas nano para los ricos, con lo que los dueños de teléfonos amanzanados tienen que cortar la tarjeta si es que tienen una tijera o joderse. Me di un paseo por la zona del hotel pero estaba cansado de tanto meneo, el jetlag me tenía desquiciado y opté por cenar por allí, acostarme temprano, levantarme temprano y explorar Manila  por la mañana del día siguiente. Durante toda la noche, el tráfico no paró, los camiones no dejaron de tocar sus pitas, la getne igual y terminé poniéndome los tapones en los oídos. No quiero ni pensara como tuvo que ser para la gente que dormía en las plantas inferiores, yo estaba en la décima, la más alta del hotel. 

Así fue como añadí un nuevo país a la lista de aquellos por los que he pasado. 

El relato continúa en Callejeando por Manila y el salto a Puerto Princesa

Por sulaco

Maximus Julayus

2 comentarios

  1. Genin, aquí te venden la tarjeta hasta los mendigos y no pretenderás que vayan equipados con cortadores para los teléfonos de la gente rica

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