Siempre que se acerca el Open Monumentendag, que es el día en el que se puede entrar a muchísimos monumentos y museos gratis me planteo el subir de nuevo el Dom, ese campanario gigantesco que tenía la catedral de Utrecht y que quedó separado de la misma después de un huracán. Las vistas desde la parte superior son espectaculares pero llegar allá arriba es un palizón que no veas, con cientos de escalones. La foto de hoy nos muestra la distancia que hay ahora entre el campanario y la iglesia (que ya no es catedral ni iglesia católica) y aunque parece hecha en Maduromdam, esta es la auténtica vista desde el campanario. La foto la hice la única vez que he subido, en agosto del 2002 y la vimos en la bitácora por primera vez en octubre del 2005 en la anotación Sint Maarten Kerk y hoy le damos la bienvenida al Club de las 500.
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Fantasmas sobre el puente U Bein
Durante los próximos días vamos a ver varias fotos con el puente U Bein de protagonista. Este enorme puente de madera de teca, de mil doscientos metros, se construyó a mediados del siglo XIX (equis-palito-equis) y es el puente de teca más largo del universo conocido. En la construcción se usó madera de los edificios que conformaban el palacio real de Inwa. Cuando yo lo visité, en junio del 2011, no había casi turistas y era un puente usado por la gente. Al parecer eso ha cambiado y ahora han puesto ocho policías para controlarlo y proteger a los turistas de ladrones y timadores. Una lástima porque el lugar es mágico. En la foto, que hice con el trípode, capturé las siluetas de mujeres pasando y que parecen fastamas sobre el puente. Esta es una de mis fotos favoritas de Birmania.
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El nuevo ala este de césped
En las últimas semanas he mencionado en varias ocasiones que durante todo el verano he andado ocupado con un pequeño proyecto en mi jardín. En realidad, todo comenzó en mayo, justo antes de irme de vacaciones a Asia, cuando ya empecé a matar las plantas de una franja de tierra de unos catorce metros de largo y ochenta centímetros de ancho. El objetivo era poner césped en ese lugar y aligerar significativamente mi carga de trabajo, ya que con el jardín actual, sencillamente no doy abasto y no me apetece pasarme ocho horas semanales arrancando malas hierbas y tratando de mantenerlo todo controlado, lo cual resulta imposible porque con lo que llueve por aquí, las plantas de mi jardín están desbaratadas y crecen como locas. Uno de los primeros pasos fue trasplantar un manzanero, algo que hice cuando aún no se había despertado del sueño invernal, mover una parra (también en invierno), cambiar otro mato del que no tengo ni idea de su nombre y matar sin escrúpulos una cantidad bárbara de hortensias que llenaban mi jardín. Quería algo más abierto, menos cargado y en donde con poco esfuerzo pueda limpiar y adecentar y que el resultado sea aparente tras una hora de trabajo a la semana.
Después de regresar de vacaciones comencé con la tarea de trasplantar un par de plantas de esas que cubren el suelo y que quería poner en rincones y empezar a quitar la tierra, aflojarla y sacar todas las raíces y bulbos que hay enterrados en la misma. Eso me tomó parte de junio y básicamente todo julio y algo de agosto. Cada semana, llenaba mi contenedor con una cantidad brutal de tierra, bulbos y raíces, algo increíble porque cuanto más sacaba, más parecía haber. Finalmente llegó un momento en el que todo tenía buen aspecto y la tierra estaba en el nivel adecuado y blandita y cuando por fin fui a comprar el césped, en rollos de dos metros y medio de largo y cuarenta centímetros de ancho, me dijeron que tardaban una semana en tenerlo preparado y que el día en el que lo reciben es los viernes, con tan mala suerte que justo ese día era cuando me iba Una semana a Gran Canaria. Para evitar demorarlo más, apalabré con mi vecino que él lo reservaría y así yo lo podía recoger al volver y hacer el trabajo.
El sábado por la mañana, a las diez de la mañana, el Rubio pasaba a recogerme con su coche y la carroza que le pone por detrás cuando se va de vacaciones a Francia y se llevan hasta los huesos de los bisabuelos, que no se como lo hacen pero siempre viajan con miles de kilos de cosas (entre otras, cinco bicicletas). Fuimos a la mega-maxi-hiper-ferretería, compramos seis sacos de tierra y recogimos el césped. En total, un dineral, tanto como doce rollos de césped vivo por treinta y un leuros y la tierra nueve leuros más. Lo trajimos a mi casa y el Rubio se piró porque tenía un montón de recados de su Primera Esposa. Yo me quedé con mi vecino y comenzamos la faena, aunque el día anterior yo ya había cardado la tierra y extraído las malas hierbas y los bulbos que se me habían escapado en las dos rondas anteriores. Durante las siguientes dos horas, pusimos tierra nueva y fértil, pusimos el césped y nos aseguramos de que todo quedara bien. Después, como nos sobró un rollo, quitamos una franja en otra de las zonas que tengo con césped y la reemplazamos por césped nuevo. Regamos, ajustamos los bordillos del parterre, limpiamos y acabamos tras casi tres horas y algo de trabajo. El resultado de mi pequeño proyecto veraniego es espectacular.

El ala este vista desde la puerta desde la puerta trasera de la casa, originally uploaded by sulaco_rm.La nueva zona es el ala este, que junto con el ala noroeste y el ala suroeste conforman las tres nuevas zonas de césped. En esta primera foto se puede ver el resultado mirando desde la puerta de la cocina. Es una franja de césped enorme. También se puede ver uno de los manzaneros, con las dos únicas manzanas que ha producido, el ala suroeste y el contenedor de basura de jardín. El ala suroeste está algo descuidada porque me he dedicado de lleno al proyecto aunque hoy ya he comenzado a arreglarla y en una semana espero que luzca divina.
Si miramos la misma franja desde la puerta de entrada al jardín, la veremos así:
En esta imagen se puede ver un poquito del cerezo, la catalpa, el ala este y el dispositivo ultrasensorial que detecta movimiento y responde con latigazos de agua para mantener a los gatos fuera de mi jardín (está a la derecha, pegado a una manguera amarilla).
Por último y aprovechando que hice unas pocas fotos, aproveché para retratar la catalpa, la cual la habíamos visto cuando se despierta y así podemos comparar su aspecto cuatro meses y medio más tarde:
Está espectacular y cualquier día suelta todas las hojas y se queda como un enorme erizo hasta que la vuelva a poder a finales de febrero, cuando acabe el invierno. Ya puestos, mejor vemos la franja en la que reemplacé las calvas que había y el césped viejo por el nuevo, en el ala noroeste:
Esta semana, regaré todos los días el césped nuevo para que agarre bien y empiece a crecer y en un par de semanas espero cortarlo por primera vez. En lo que a mi respecta ya he acabado con los grandes cambios en el jardín para este año 2014 y solo me queda prepararlo para el otoño e invierno en su momento, aunque es posible que haya algo más, ya que el Rubio ha prometido hacerme una nueva puerta, mayor que la que tengo ahora y que dificulte la entrada a los gatos en el jardín e incremente la diversión cuando salten y los dos aspersores los bañes de arriba a abajo, salgan corriendo enloquecidos y después los persiga yo con la manguera para finiquitarlos.
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Barca cruzando a Inwa por el río Ayeyarwady
Como sobre el río Ayeyarwady hay tan pocos puentes, lo más cómodo para cruzar viniendo de Sagaing es pillar la barquilla que te lleva al otro lado por una módica cantidad, la cual varía si eres turista ya que aprovechan para hacer un dinerillo extra, aunque sigue siendo un precio de pura risa. En esta barquilla se puede llevar de casi todo, la motocicleta, la bici o la cabra o la vaca de turno. El punto de partida es en el árbol que se ve en la otra orilla del río y el barquero espera a llenar la barca mientras los que estamos al otro lado nos hartamos de gritarle para que cruce y el nos ningunea.






