El sábado estuve en Ámsterdam, de nuevo, pero esta vez para ir al cine y como la sesión era a las dos de la tarde, llegué con algo de tiempo para darme un paseo por el centro, centro, la zona esa en la que se mueven los turistas y en la que sucede que están dos de los multicines que yo visito con frecuencia en la ciudad. En mi paseo quería mirar un par de cosas en tiendas y como lo puedo hacer tanto allí como en Utrecht, lo combiné e hice mi ronda. Me fascina mi conocimiento del centro de esa ciudad y cómo tengo ubicado en mi kabezón todos y cada uno de los supermercados y muchas de las tiendas que son interesantes y en las que puedo encontrar algo. Ya con mis compras acabadas, iba hacia el multicine por la calle Leidsestraat, que con la lógica neerlandesa, es la calle que te lleva hasta Leidseplein, con lo que tienes que ser subnormal, mongólico, podemita, suciolista o truscolán para perderte. Yo recuerdo, por desgracia, como era esa calle hace veinticinco años y en este tiempo, si hay algo que me ha demostrado esa zona comercial, es que los negocios duran un puñado más bien escasos de lunas y hasta cadenas supuestamente infalibles y globales, abrieron sus tiendas allí y las cerraron, algunos bares pasaron y la zona ha ido evolucionando y cambiando según las modas, que nos llevan de repente a tiendas de un tipo específico que se desvanecen dos años más tarde cuando se pasa la fiebre en el tiquitoque, que parece ser la herramienta que mueve a los turistas, que pueden hacer colas dantescas frente a negocios que venden algo que ni es neerlandés ni tiene nada que ver con el país y es muy posible que se haya hecho en China, pero como les sale en las pantallas de sus telefoninos y lo recomiendan sus ídolos del tiquitoque, pues debe ser muy bueno o quizás incluso excelente. Una de las tiendas que apareció hace cosa de un año y que está en la calle, es una cuyo nombre suena a MAMARRACHI, y es una boutique de BURKAS. Jamás se ha visto un macho entrar en ese negocio, solo cucarachas, usando la denominación Canaria de ese tipo de ropa, que la gente considera que son igualmente repelentes que las cucarachas volonas.
Mirando la tienda y viendo el producto que venden, me maravillo de como nuestra sociedad no tienen ningún problema en permitir que esta aberración que atenta contra los derechos más básicos de las mujeres se permita en nuestras tierras y que traguemos conque en la suya, si alguien pretende poner una tienda de bikinis, se quema la tienda, se quema, se ahorca o se apedrea al dueño y a cualquier empleado y se quedan tan a gustito porque es su cultura y hemos tratado de imponer la nuestra sin respetar la suya. Lo mismo se puede decir de la plaga de mezquitas que han invadido Europa y la escandalosa inexistencia de iglesias al otro lado porque nuestras religiones están prohibidas. A veces la tolerancia no es progreso, es abrir la puerta al enemigo para que te invada y cuando llegue el momento, te aplaste. En nuestras sociedades las mujeres estuvieron siglos luchando por su lugar y ahora, en poco tiempo, corren el riesgo de perderlo y se justificará porque la cultura ha cambiado y ahora, lo bueno, lo adecuado y lo justo es que vuelvan a las cocinas de las que no debieron salir nunca, a parir chiquillos y a mantener la mirada baja y respetar la sagrada opinión de esos seres superiores que son los hombres y todo esto, amparado, protegido y alentado por los partidos de izquierda. Está claro que es el fin de nuestra sociedad y la próxima no será una con un paso hacia el futuro, será una con una buena caminata para regresar a la Edad Media.