Una de las atracciones turísticas de la ciudad de Kuala Lumpur y al mismo tiempo un medio de transporte fantástico es el monorail que conecta varios puntos de la ciudad. Es un método de transporte rápido, cómodo y muy eficiente con el que saltas de escenario en escenario. Para los que lo usan regularmente hay unas tarjetas que se pueden recargar pero lo más normal para los turistas es pagar por un viaje comprando el billete en las taquillas que hay en cada parada. Los precios son de risa y cada pocos minutos llega un monorail que te recoge y continúa su camino. Comentar que la parada en KL Sentral, la estación a la que se llega desde el aeropuerto en tren, no está junto a la estación y hay que caminar unos cinco minutos lo cual, si vas cargado de equipaje y son las doce del mediodía puede ser bastante duro teniendo en cuenta la temperatura y la humedad que hay por allí habitualmente. Tampoco hay parada junto a las torres Petronas pero te deja cerca.
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Fuera del universo del caraculolibro
Cuando a comienzos del siglo XXI se produjo la explosión de las bitácoras, ninguno nos podíamos imaginar que el fenómeno duraría unos pocos años y que sería arrasado por un movimiento involutivo que se extendió como un virus a partir del año 2005. En el universo de las bitácoras el contenido original era el rey. La gente se sentaba a maquinar historias, a narrar sus traumas, sus preocupaciones o aquellas cosas que les salían bien. Cada día miles de bitácoras surgían por todos lados y había una gran interacción entre todas ellas y sus lectores. Todos saltábamos de unas a otras, nos despachábamos quedándonos muy a gusto en estúpidas guerras en los comentarios y siempre tenías la sensación de estar caminando en un terreno nuevo y virgen.
En ese ecosistema nacían, se desarrollaban y morían bitácoras fascinantes que tocaban todos los temas y que tenían su público. Había dos roles claramente definidos: los autores y los comentaristas. Los primeros eran la gente a la que no le importaba compartir y que estaba dispuesta a crear cancha para el juego y los segundos eran los que hacían este mismo juego más interesante con sus insidiosos y divertidos comentarios. Todo era libre, podías entrar a leer cualquier bitácora y comentabas si te salía de los mismísimos y si no, aquí paz y en el cielo nubes. La imaginación, la creatividad, la pasión por escribir y divertirte estaban en su punto más alto. Todo iba sobre ruedas y …
… llegó facebook o el caraculolibro, nombre más apropiado. Al principio era una herramienta curiosa para reencontrarse con antiguos conocidos pero poco a poco fue creciendo y volviéndose más malvado. Es un coto cerrado en el que quinientos millones de personas dejan información con la incertidumbre que da el no saber cuando será el próximo cambio de las condiciones de servicio y si aquello que consideras privado quedará al aire para que todo el mundo lo vea. El caraculolibro aliena el concepto de amigo. Los hay que creen que sus ciento noventa contactos son amigos y cada día pasan horas actualizando su estado y compartiendo cosas que encuentran en la red con los otros, apuntándose a grupos y supuestamente socializando. En el caraculolibro está todo el mundo y si tú no apareces posiblemente es porque has muerto. Como yo. Como casi todos mis amigos.
La misma herramienta que al parecer sirve para reencontrar gente ha hecho que yo me deshaga de un montón de conocidos que se mudaron a ese entorno cerrado y que al no verme ahí y no poder compartir conmigo sus aventuras en la granja de mierda, perdieron el contacto. En el caraculolibro no hay generadores de contenido, no hay autores, solo mercaderes y un montón de gente con demasiado tiempo libre que no se cansan de mandar y publicar enlaces con la bobería del día, o la cadena absurda que hay que seguir para sentir que perteneces al grupo.
El caraculolibro ha crecido tanto que ya no se conforma con respetar los deseos de aquellos que no quieren tener nada que ver con ese universo de bosmongolos, una vez averiguan tu dirección de correo comienzan a bombardearte con mensajes para que te unas a la manada, para que pases a ser miembro de pleno derecho de ese club de bosmongolos. Unos pocos, la minoría, usan la herramienta para supuestamente mantener el contacto con la familia y amigos ya que al parecer ignoran que existe el correo electrónico desde siempre y que te permite lo mismo.
Si estás en el caraculolibro eres social y si no estás eres asocial. Da igual que no salgas de tu casa, que seas un puto fracaso y que tu vida sea una mierda y que ni siquiera seas capaz de hacer nada por cambiarla. Eres social porque tienes cientos de amigos en tu caraculolibro con los que te relacionas todos los días, con los que compartes la mierda que cae en tus manos y que comparten contigo esa misma mierda u otra distinta que cae en las suyas. El mundo no existe fuera del caraculolibro. Hoy se trata de reírnos de los que tienen un lunar en el cuello, mañana nos apuntaremos al grupo de los que se limpian el culo con la mano izquierda y pasado mañana nos asociaremos con los orcos de la Tierra Media para intentar alcanzar la independencia y refundar nuestro añorado país y su capital Mordor.
En todo este salpicón de estupidez abundan los relés, gente que pasa la información absurda del momento amplificándola y repitiéndola para que alcance hasta el último confín. Son los mismos que antes te mandaban correo tras correo con estúpidas presentaciones y fotomontajes que no te interesaban y que por más que se lo explicas, no entienden que no te interesa lo más mínimo. Al menos ahora sabemos donde están y mientras no entres en su mundillo, estás a salvo de su enfermedad.
¿Qué pierdes quedándote conscientemente fuera del caraculolibro? Nada. No te pierdes nada. No te reencontrarás con gente de la que ya no te acuerdas, no perderás horas jugando a estúpidos juegos que puedes aprovechar para sentarte en una terraza con los amigos o en tu jardín o paseando en el bosque o tomando el sol en la playa o viendo una película en el cine. Al parecer estarás muerto aunque a ti te parezca lo contrario y tu vida social se enriquecerá con un reducido grupo de gente que se preocupa por ti, con la que vas de copas o de vacaciones, con los que hablas (sí, algo tan ancestral como hablar) y con los que llenas tu vida de experiencias reales. Eso es lo que te encontrarás fuera del universo del caraculolibro.
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Pasar Seni – Mercado Central
El Mercado Central de Kuala Lumpur es una de las atracciones turísticas de la ciudad. Se construyó en 1888 y en el pasado era un mercado de comida pero en la actualidad es un mercado de souvenirs y productos hechos en Malasia. Está en el centro de la ciudad, cerca del barrio Chino. En su interior se pueden conseguir cosas a buen precio y sin los agobios de los mercadillos en los que los vendedores te acosan. Dentro del mercado Central está también un punto de información turística en el que te aconsejarán sobre las cosas que puedes ver y hacer y como en gran parte de los edificios públicos de la ciudad, hay wifi gratuita.
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La excursión a Lanzarote – segundo día
Este relato comenzó en Un nuevo viaje a Gran Canaria
La etapa final de este mini-viaje dentro de otro viaje comenzó a las nueve de la mañana. Salimos en dirección norte y cruzamos por un pueblo llamado Mala que nos recuerda la mala baba que tenemos los Canarios a la hora de nombrar sitios. A saber lo que hizo esa pobre para que haya quedado grabado a fuego en los mapas. Después bordeamos Arrieta y su Playa de la Garita, con el mismo nombre que la de Gran Canaria. Tras esta vino la Punta Mujeres y en los Caletones paramos en los Jameos del Agua pero eran casi las nueve y media y no abren hasta las diez así que le preguntamos a un cristiano que estaba trabajando en el aparcamiento y que nos recomendó ir hasta Orzola para desayunar y eso hicimos, cruzando con el coche por el Malpaís de la Corona, una carretera increíble en la que si te sales cuarenta centímetros te quedas sin neumáticos. En el pueblo encontramos una cafetería vacía en la que el dueño nos hizo el desayuno mientras por detrás de nosotros pasaba una guagua llena de turistas que iban a llevar desde allí a la isla de la Graciosa ya que ese es el puerto en el que se pueden coger los barcos para ir a la misma. Regresamos por la misma carretera y para entonces el aparcamiento ya estaba lleno y los Jameos del Agua abiertos. Los visitamos, admirando el lago con sus cangrejos blancos ciegos y minúsculos, estuvimos en el auditorio de lava que andan restaurando y vimos el museo que hay en el mismo sobre volcanes y actividades relacionadas con la lava. Al salir nos desplazamos un kilómetros hasta la Cueva de los Verdes, cuyo nombre viene de una familia conocida como los Verdes y no por el color. En la taquilla un tipo rellenaba un formulario mientras se taponaba una herida terrible en la cabeza. Tuvimos que esperar unos cinco minutos a que comenzara la siguiente visita y después bajamos a las Cuevas. La visita es muy entretenida aunque te pasas el tiempo andando encorvado y en el caso del Niño poco menos que de rodillas. Hice algunas fotos que espero que estén bien y disfrutamos con la agradable temperatura en el interior.
Cuando salimos pregunté para que me dijeran como ir hacia el Mirador del Río ya que el GPS no conocía la carretera en la que estábamos y con las sofisticadas indicaciones de seguir hasta el primer stop, girar a la derecha y después seguir hasta ver el cartel para desviarme llegué sin problemas. Desde el aparcamiento el Mirador del Río no parece nada espectacular pero una vez te dan el sablazo de rigor y entras alucinas con la vista de la isla de la Graciosa que hay desde allí. El edificio lo ideó César Manrique, como casi todo en esa isla y como casi todo lo que hizo, tiene esa monotonía de colores blancos con los que este artista estaba obsesionado.
Al salir tomamos otra carretera que nos llevó por Haría y cerca de los Riscos de Famara. Pasamos también por el Mirador de Haría y después seguimos hacia Los Valles y Teguise. Desde allí le indicamos al GPS que queríamos ir al aeropuerto y este nos llevó pasando cerca de la Fundación César Manrique a la cual no entramos. En el aeropuerto recogimos al Cuñao y fuimos hacia Costa Teguise para almorzar allí junto a mi hermana.
Después de comer fuimos a Arrecife y paseamos por la Charco de San Ginés, la calle León y Castillo y cruzamos por el Puente de las Bolas para ir al Castillo de San Gabriel. En ese mismo puente me tiraba al agua cuando era pequeño e íbamos a Lanzarote. Estuvimos también en la última planta del Arrecife Grand Hotel para ver las vistas desde allí. Sobre las cinco y media nos despedimos y nos marchamos al aeropuerto para entregar el coche y sacar las tarjetas de embarque. Viajábamos en la vuelta con Islas Airways que no tiene una flota de aviones tan grandes pero son del mismo tipo. Le insistí al Niño para que facturara y no se arriesgara a perder los botes pero no me hizo caso. Al pasar por seguridad mi pantalón no pitó y al Niño le obligaron a tirar su desodorante aunque le permitieron quedarse con la gomina del pelo aunque el bote era demasiado grande. Nuestro avión debía comenzar el embarque a las seis y cuarto para salir a las seis y media. A las seis y veinte aún no había llegado. De repente apareció, bajaron a la gente en dos minutos y casi con el último aún saliendo por las escalerillas ya nos estaban empujando a nosotros para entrar. Conseguimos los asientos de la primera fila. El avión es el mismo pero en este tienen unas micro-pantallas de televisión para ver el vídeo con las coñas de seguridad. Aunque parezca increíble, entramos todos, cerraron las puertas y salimos tres minutos antes de la hora prevista. El piloto era muy optimista y dijo que llegaríamos a la isla de Gran Canaria en veinte minutos aunque subió el tiempo a treinta en la versión en inglés. Al final fueron cuarenta minutos. Nos dieron una bolsa de manices y dos vasos de agua.
Sin más incidencias aterrizamos y nos recogió mi padre y bueno, en la anotación de la Noche de San Juan están el resto de las aventuras de ese día.
Aunque resulte extraño, el siguiente episodio apareció hace tiempo en la anotación Noche de agua


