Una de las rutas que solemos hacer en el paseo del mediodía pasa por Anna’s Hoeve, un bosque precioso que está en las afueras de Hilversum. El lugar está lleno de lagos y de caminos por los que perderse rodeado de pájaros carpinteros, patos, cisnes, martines pescador y otros muchos de los que ni siquiera me sé el nombre. Alguien ha abandonado tortugas en este lago y aunque parezca increíble, sobreviven y al menos hasta este invierno han logrado pasar el corte y llegar a la primavera. Como el lago ha estado helado más de un mes, desconozco si las volveremos a ver este año. La foto la hice en noviembre del año 2003 y la vimos por primera vez en junio del año 2005 en la anotación Anna?s Hoeve y hoy le damos la bienvenida al Club de las 500.
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Ajax 1 – Juventus 2
No se puede ganar siempre.
Si fuera un dosputocerolo saldría del trabajo e iría corriendo para casa mientras me aseguraba de mantener todas mis herramientas dosputocerolistas actualizadas y de esta forma mantener el contacto con mis dos mil quinientos amiguitos virtuales, esa carne de cañón que parece haber renunciado a la vida y que prefiere verla pasar a través de la pequeña ventana de su monitor. Como soy más bien de la vieja escuela y disfruto haciendo cosas con mis amistades, no dejo de llenar mi agenda con eventos de todo tipo.
La aventura de hoy era futbolística. Uno de mis amigos me invitó al partido de copa de la UEFA entre el Ajax y la Juventus, así que desde el trabajo salí para la estación de Hilversum, tomé el Intercity que me llevó hasta Duivendrecht y desde allí tomé un Sprinter hasta la estación de Amsterdam Bijlmer ArenA, una de las más espectaculares de los Países Bajos. Me encontré con los colegas y después de una cena rápida en la zona nos dirigimos a los accesos del estadio junto con la muchedumbre que cantaba y gritaba y tomamos posesión de nuestras butacas. Esta vez conseguimos asientos en el segundo anillo desde el que el juego se ve muchísimo mejor.
El equipo jugó muy bien pero la suerte no estaba con ellos y acabamos perdiendo. Salvo intercesión divina es poco probable que pasemos a la siguiente ronda y por eso me temo que esta será mi única visita al ArenA para ver un partido de fútbol de este año.
Como siempre, el partido es un carrusel de emociones en el que gritas, te llevas las manos a la cabeza, celebras, te lamentas y te diviertes con el espectáculo.
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Álbum de fotos de los pigargos europeos
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Soy feliz
ReímosBesamosHablamosAbrazamosPedaleamosFotografiamosEscuchamosSusurramosCocinamosComemosBebemosSaltamosGritamosAmamosOdiamosMiramosViajamosPatinamosEscribimosVuelvo a casa desde el cine pedaleando en una de mis cinco bicicletas. Acabo de salir de un cine abarrotado y escucho un audiobook mientras el equipo de neuronas que han sido entrenadas para conducir mi bici a casa independientemente de las circunstancias me encamina por las calles adecuadas y se asegura que no pase por encima de alguna placa de hielo. A mi alrededor la nieve y el hielo parece que por fin se están derritiendo y los más optimistas cantan el fin del invierno, el más blanco de los últimos treinta años.
La nieve ya no me impresiona. Forma parte de mi vida, igual que ir en bicicleta por calles heladas o caminar por aceras que parecen pistas de hielo y en las que si te pones los patines te puedes dar un paseo. Mientras avanzo mi cerebro se dispara a pensar. Debo ser un bicho raro porque tengo capacidad para disfrutar de la narración del libro, pedalear y a la vez tener una de esas revelaciones estúpidas que nos suceden de cuando en cuando:
¡Soy feliz!No puedo explicar el por qué lo soy ni como he llegado a esa conclusión pero sé que lo soy. Me rodea un montón de gente increíble, hago aquello que quiero, disfruto como un enano y todos y cada uno de los días de mi vida tienen algo sorprendente y nuevo que los convierten en especiales. Mi corazón late creando una melodía preciosa que es la canción de mi vida, mis ojos reciben andanadas de imágenes increíbles que aún no sé por qué me ha tocado vivirlas a mí. Veo cielos azules cubriendo campos nevados, canales helados por los que un patinador solitario mueve su cuerpo con gracia bailando sobre el hielo a una velocidad vertiginosa. Aviones que saltan hacia ese cielo azul para llevar a un montón de gente llena de esperanzas y sueños a lugares lejanos, amigos que se sientan en mi mesa y comparten veladas que acompañamos de buena comida y otros que no dejan de invitarme para que haga esto o aquello y descubra eso otro. Me levanto un domingo por la mañana en casa de unos amigos y mis pensamientos se pierden en la belleza de la nieve al caer, con todos esos copos únicos e irrepetibles que parecen luchar contra la gravedad y se niegan a seguir las leyes de la física, preparo el desayuno mientras todos aún duermen en una casa en la que los únicos sonidos son los que salen de la cocina y cuando tengo un montón de comida todos se sientan a la mesa para compartir las viandas, reírnos y contarnos historias.
Paladeo unas simples papas fritas junto al mercado de Utrecht mientras a mi alrededor las vidas de miles de personas se cruzan en su camino con la mía por unos instantes y de cuando en cuando escucho un retazo de conversación, un consejo, un secreto, una reprimenda, un susurro de amor que como todo se escapa cuando el tiempo lo deja atrás y el presente se convierte en pasado.
Me gusta la expresión ¡Soy feliz! porque implica un estado permanente, algo continuo y alargado en el tiempo. No tengo una felicidad momentánea o limitado. Es algo que no tiene fin, que continúa hasta más allá del horizonte que puedo ver. Y me gusta porque no es algo egoísta, solitario sino que comparto con todos aquellos que forman parte de mi mundo. No hay mucho más que decir,
¡Soy feliz!































































