La música post-navideña

Con el fin de las navidades, parece que ha habido un cambio substancial en la música que se escucha en las Canarias durante los intermedios de Telecinco. Un mes más tarde, esta es la música que ameniza las pausas publicitarias:

  • Orquesta tamarindos ? el paso del pingüino. Una banda de pachanga en plan Georgie Dann. Asustan por su patetismo. El vídeo es espeluznante. Es música verbenera, pero de la mala. Parece ser que son de las Canarias.
  • Varonil ? nostalgia campesina. No tengo palabras para describir lo que sentí cuando vi a esta gente por primera vez. No sé como alguien ha tenido la genial idea de promocionar esto en España, salvo que nos odie con tanta saña que esta sea la única forma de encontrar alguna satisfacción. Decir que es una banda mexicana, con acordeón, tocando una ?canción?? de verbena de pueblo. Si consiguen vender un solo CD en España habrán conseguido su objetivo.
  • Maquinaria. Otro grupo de verbenas. Su vídeo está rodado dentro de un museo, aunque su música es pachanguera. Es algo tan intelectualmente avanzado como su música troglodita. Si odiáis a alguien lo suficiente, este es el tipo de regalo que os garantizará una ruptura definitiva e irrevocable de la amistad.
  • Pepe Benavente ? Canta México. Supongo que ya habréis captado la tendencia. Una vez terminada la campaña reggaeton, ahora se trata de introducir en España lo peor de la música mexicana, la música verbenera, como si no tuviéramos bastante con nuestros propios grupos, absolutamente terroríficos. Deberíamos mandar de gira para allá nuestros peores grupos, para devolverles el favor.
  • Rubby Pérez ? Tonto corazón. Otro cantautor de verbenas. Nunca dan más de quince segundos de su vídeo, pero con lo que ponen es suficiente para que salga corriendo al baño a vomitar. Me pienso comprar este CD para ponerlo en mi casa cuando quiera echar a la gente. Esto es infalible.
  • Toque d Keda ? Te extraño. El detalle del nombre es fantástico. En plan SMS en bajo español. Estos se salen del aire verbenero y suenan más a tecno para lobas. Una especie de Back Street Boys en plan pobre y miserable sin ilusión ni fantasía. Se compraron un órgano Casio de los baratos y así les salió la canción.
  • Sin semilla ? déjate llevar. Grupo de reggae, sin el ton, supongo que jamaicano. De todo lo que se escucha, es casi lo mejor. Al menos ellos hacen música en un género musical muy definido. No se merecen salir acompañados de toda la chusma anterior:
  • Kilates 2. Otra recopilación de canciones de reggaeton, al rebufo del éxito del anterior Kilates. Ponen el vídeo de un panoli que destroza nuestro idioma de la siguiente forma: Yo no soy tu marido / ni tampoco tu hombre / solamente el cangri que cuando tu llamas te responde. Si alguien conoce el significado de la palabra cangri que nos ilumine, por Dios. Lo mejor es que inmediatamente después de decir esto, cambia al bajo Español y yo no entiendo absolutamente nada. Ese sublenguaje sin pronunciación conseguirá romper la unidad del castellano.

Y esto es lo que hay. Veremos con qué nos sorprenden dentro de unos meses, cuando vuelva de nuevo a las Canarias.

Closer

Después de las quejas del turco, que quería ver cine más intelectual, cambiamos el chip y la siguiente película que hemos ido a ver es Closer, llamada Closer en español. La película es un drama, una historia de amores y desamores. Cuatro personas se encuentran y se arrejuntan entre ellos en múltiples combinaciones. La película tiene un comienzo espectacular. Natalie Portman, que se ha transformado y ya no es la apocada reina/senadora Amigdalas de la saga de las galaxias. Ahora tenemos a la chocha del martes, un pedazo de hembra que suda sexo por todos los poros. Sus dos primeros minutos en pantalla cortan el aliento de todos los machos en la sala.

Y de ahí, al cielo. La trama es simple. Un megamix. Dos hombres y dos mujeres se cruzan y surge entre ellos el amor (o el deseo) a primera vista. Entre tanto intercambio, la cosa está que arde. El director, Mike Nichols, un viejo conocido de este género, lleva el barco diligentemente. Hablan de sexo continuamente, se pelean, se perdonan, algunos olvidan, otros no, en fin, un festival de huevos revueltos.

El cuarteto protagonista está formado por Natalie Portman como ya he dicho, la chocha del martes absoluta, Jude Law, el hombre que sale en todas las películas últimamente, Julia Roberts, fantástica y con esa sonrisa que desarma a cualquiera y Clive Owen, al que le toca un poco el papel de malo y retorcido. Los cuatro son capaces de mantener una trama creíble. Atentos a la escena final, en la que Natalie Portman decide que todos los hombres salgan de la sala empalmados y lo consigue casi sin despeinarse.

Merece la pena ir a verla, sobre todo si sois un poco maduros y estáis aburridos del cine para adolescente, lleno de efectos especiales pero vacíos de guión. Esta es una película de diálogos mordaces y de relaciones entre parejas.
gallifantegallifantegallifantemedio gallifante

Publicada el
Categorizado como Cine

Las bicis de mi vida

Estos días pasado he hablado de mis bicicletas, como cuando conté el pinchazo que tuvo una de ellas no hace mucho. Y abriendo la caja de Pandora, me he acordado de las bicicletas que he tenido a lo largo de mi vida. De pequeño tuve un triciclo, aunque lo recuerdo muy vagamente (pero lo he visto en fotos). Después tuve una bici de estas con las dos ruedas pequeñas de apoyo en la parte de atrás y me acuerdo de cuando le quitaron esas ruedas y me gradué en la conducción de vehículos de dos ruedas. Más tarde tuve la bici de mi vida, una Chopper como la de la foto. Aquellas si que eran bicicletas hermosas. La Chopper era una religión. Todos los chiquillos del barrio teníamos una. Con sus tres marchas y aquel sillón enorme. No puedo comprender como pasaron de moda, ya que esas bicicletas tuvieron el diseño más hermoso que se ha visto.
Chopper Raleigh
Tras la Chopper llegó una bicicleta china, muy parecida en el diseño a las Oma fiets holandesas. Teníamos dos y las usábamos los fines de semana. En paralelo con esa bicicleta china, me traje de los estados unidos una bici de carreras, llamada Flying wind (¡viento volador!). No la usaba mucho porque las Palmas de Gran Canaria no es un lugar en el que uno se aventure fácilmente en bicicleta a menos que desee jugarse la vida.

La última bicicleta de esta saga fue una de montaña que me gané en un concurso en un hipermercado. Fue toda una sorpresa que ganara el concurso, el único premio en toda una vida de participar en ellos. He de reconocer que trabajé un poco en aras de conseguir el premio. Se trataba de rellenar unos cupones y mandarlos junto con el código de barras del producto. El concurso se circunscribía a un hipermercado y el premio la dichosa bicicleta. Así que metódicamente, pasaba todos los días y retiraba los cupones del estante en el que estaban. No sé cuanta gente pudo mandar los suyos, pero me imagino que no fueron más de cinco, porque me curré mucho lo de retirar los dichosos cuponcitos. La lección que aprendí ese día fue que el que la sigue la consigue. Esa bicicleta todavía la tenemos. Está muy bien conservada en el garaje de la casa de mis padres.

Las bicicletas que vinieron más tarde son las holandesas, de las que en la actualidad conservo la Poderosa y la Macarena de las que ya he hablado.

3000 kilómetros de separación

Son 3000 los kilómetros que me separan de mi tierra y aunque puedan parecer un montón, los recorro a menudo para volver a casa. Y así ha sido este domingo. Como en ocasiones anteriores, es un esfuerzo combinado de medios de transporte. Primero andando a la estación de Hilversum Central, desde allí un tren hasta Weesp, cambio a otro tren hasta Schiphol en donde recogí mi billete y aproveché para comer algo en el aeropuerto. El gran vestíbulo que se encuentra sobre la estación de tren es un vivero de rateros. Los hay por todas partes mirando a ver quien se despista y deja una maleta sola un par de segundos. Se les reconoce fácilmente. Gente sola, que hace señas a otros y que no tienen equipaje. Se apoyan en las columnas y miran alrededor continuamente. Casi todos son personas de color y fundamentalmente inmigrantes. Como la estación no pertenece al aeropuerto, la policía militar que trabaja en el recinto aeroportuario no puede hacer nada. Se amparan en este vacío legal para robar todo lo que pueden. Como ya conozco el patio, siempre que voy a Schiphol llevo el portátil dentro de la maleta y lo saco antes de facturar. Así no los provoco, que la visión de un ordenador los excita en demasía. Esta vez estaba de paso, ya que volaba desde el aeropuerto de Rótterdam.

Después de comer, tren a Rótterdam. Hacía por lo menos dos años que no la visitaba. De todas las ciudades holandesas, es la que menos me gusta. Es el único lugar de este país en el que no me siento seguro. Vas por la calle y notas que te observan, que hay gente mirándote. Pasa en todos lados. Es una ciudad en la que más del sesenta por ciento de sus ciudadanos son extranjeros y dentro de la ciudad se encuentra uno de los puertos más grandes del mundo. Es también el lugar de los Países Bajos con más crímenes.

Salgo de la estación para coger el autobús que me lleve al aeropuerto y vienen hacia mí dos policías llevando a un delincuente del brazo y por detrás de ellos veo a otros cuatro polis persiguiendo a otro ratero. La sensación de inseguridad se acrecienta. Pregunto por el lugar de la parada de la guagua a un policía. El policía saluda a un tío y le dice que a ver si se porta hoy bien. El tío era el yerno que toda suegra no quiere tener. Visto el ambientazo en la plaza frente a la estación de tren, me quedo en la parada esperando la guagua. Cuando vamos camino del aeropuerto, cruzamos barriadas marginales. Que ciudad tan deprimente. En el centro hay un par de cosas bonitas, pero el resto no merece la pena. El aeropuerto es el segundo más grande de los Países Bajos. Tampoco os creáis que es una cosa enorme. Eso sí, como hay tan pocos vuelos, es puro lujo asiático, con el suelo de parqué.

Ya en el avión de la compañía Transavia, la tripulación estándar. Azafata mayor, tres chochas y dos tíos. Uno de ellos estaba esponsorizado por aceites Koype, perdiendo aceite por litros el hijoputa. El equipo gestor de Transavia se hizo un master en iberia y no dan ni agua, así que entramos todos al avión cargados de vituallas. Aquello parece un mercadillo. La gente empieza a sacar bocadillos, galletas, salchichón y demás. El vuelo transcurrió sin problemas. Sólo nos llevamos un par de sustos al aterrizar. Primero cruzando las nubes, que el pájaro se agitó como nunca en mi vida. Una vibración chunguísima. Y ya con el tren de aterrizaje bajado y a cien metros de alturas o menos, pillamos unas rachas de viento que empujaron el avión hacia abajo y hacia un lado. Se me subieron los huevos a las amígdalas. Pero bueno, aquí estamos, de vuelta a casa.

Publicada el
Categorizado como Viajes