I love Google

La gente de Google no deja de sorprendernos con chorradillas útiles. Yo creo que ya no podría vivir sin Gmail, que en un año se ha convertido en mi cuenta de correo principal, cuenta que sincronizo con mi Thunderbird, en donde guardo copia de todos los correos. No he vuelto a hablar del Google Desktop Search, pero he de decir que la versión definitiva es EXCELENTE y le da de bofetones a las otras alternativas. Por descontado, tengo todo mi equipo en casa indexado hasta el infinito y más allá y es que sigo sin creerme lo rápido que encuentro las cosas ahora, después de toda una vida de búsquedas miserables con las patéticas herramientas que venían con el sistema operativo.

Lo último de esta gente es el Google Search History. Es lo más. Ahora tengo un historial de todo lo que busco en Google tanto en casa como en el trabajo, vinculado a mi cuenta de correo en Gmail. Ya no tengo que mandarme correos para recordarme las cosas, me voy al historial y no sólo veo las búsquedas que he hecho, sino los enlaces en los que me decidí a hacer clic.

En definitiva, si aún no lo estáis usando, dejad de tocaros los mondongos y activarlo. Y si alguien, por alguna misteriosa razón no tiene cuenta en Gmail, que lo diga, que todos tenemos cincuenta invitaciones y estamos más que dispuestos a regalarlas.

Los de acá

Siguiendo con el relato de mi misera vida, monótona donde las haya, hoy mientras paseaba por los infinitos pasillos de nuestra oficina hablando con el inalámbrico, me cruzó por la cabeza un pensamiento tonto, o más tonto de lo que suele ser habitual por estas orillas. La cosa es que cuando pienso en mis amigos (o las personas a las que otorgo ese dudoso atributo) se pueden dividir en dos grupos. Los amigos de allá, los de España, tienden a ser sedentarios y no mueven mucho el culo. Son gente que alquila un apartamento y se va de vacaciones a la playa o se queda en casa contando las monedas que se han ahorrado al no coger vacaciones. Quizás sea por las circunstancias del país, en donde un título universitario no vale nada y los oficios económicamente rentables son en los que nadie quiere trabajar. La cosa es que cuando miro al otro grupo, al de los amigos de aquí, del centro de Europa, es justo al contrario. Están (estamos) continuamente de gira. Es rara la semana en la que todos coincidimos en suelo holandés. Cruzamos continentes, saltamos océanos, escalamos cimas, buscamos tesoros bajo el mar con el único fin de descubrir el mundo. Esta semana, sin ir más lejos, tengo a una amiga en Sicilia y otro de mis amigos, al que vosotros habéis aprendido a apreciar porque hablo mucho de él, está en Irlanda. La semana pasada otro estaba en Dinamarca (¿o era Suecia?). Nos mandamos correos continuamente y tratamos de cuadrar agendas para vernos pero es casi misión imposible. Creo que dejé de sorprenderme por esto hace mucho. Recibo los correos con las fotos del último viaje, envío los míos y nunca hasta ahora me había planteado que esto no es muy normal, al menos de donde yo vengo. Gracias a todos estos desplazamientos cuento con una ingente cantidad de anécdotas que debidamente alteradas acaban en esta página. A veces nos montamos conferencias telefónicas y hablamos tres o cuatro, porque es la única forma de estar todos juntos, aunque sea solamente de palabra y siempre estamos al quite para comenzar una cadena de correos en las que hay que teclear rápido para que otro no te pise la respuesta. Hablamos dos o tres idiomas distintos, los mezclamos informalmente y hemos acabado por crear nuestra propia jerga, un cóctel de palabras y expresiones con las que definimos estados anímicos, marcamos territorios, juzgamos y condenamos y en definitiva, nos sentimos vivos. En nuestra tribu de apátridas entran y salen personajes de una forma continua. Los abrazamos como hermanos y unos meses más tarde han desaparecido completamente de nuestro universo. Sufrimos, amamos, disfrutamos, reímos y lloramos todos juntos. Al principio pensaba que era una familia virtual, pero no, son parte de mi familia, son mi familia real. Toda esa gente son los que hacen que me sienta vivo. Todos ellos conocen esta página y varios la pasan por google o por yahoo para leerla en inglés, aunque siempre prefieren llamarme y que les cuente las cosas en nuestra propia jerga, ese idioma al que yo llamo distorsio.

Hoy va por ellos, les dedico esta anotación a mi familia de acá, en la que están representados cuatro continentes y gracias a la cual he conseguido pasar estos cinco divertidísimos años. Sin ellos no habría sido posible y gracias a ellos sigo aquí.

Chili con carne

Hace siglos que no pongo ninguna receta de cocina por aquí y aprovechando que esta semana me ha dado por cocinar compulsivamente, añado algo de contenido culinario a la bitácora. Mirando la foto y el título de esta anotación, queda meridianamente claro la comida que he cocinado.

Los ingredientes: 1 lata de judías coloradas cocidas, 1 diente de ajo, 1 cebolla, 450 gramos de carne picada, y 1 sobre o pastilla de chili seasoning mix.

La implementación: Yo personalmente lo hago en el Wok, pero cualquier sartén o caldero puede valer. Lo primero es picar la cebolla y el diente de ajo. Aunque he puesto uno en los ingredientes, yo pongo un par de dientes más, ya que me gusta el sabor del ajo. Se fríen la cebolla y el ajo. Cuando empieza a quedar borrachita, se añade la carne picada y se sigue con la fritura. Cuando la carne comience a estar cocinada, añadir el contenido de la lata de judías y en caso de que sea necesario, poner un poco de agua. Simultáneamente, mezclar el paquete de Chili Seasoning Mix con un poco de agua y añadir a la cocción. Con todo en el caldero, dejarlo cocer durante unos veinte minutos y servir con arroz blanco.

En total se tarda menos de una hora y es bastante sabroso. Una variante consiste en añadir millo dulce, tanto de lata, como amputándoselos a la piña de maíz. Lo mejor de esta receta son las guerras químicas y bacteriológicas que comienzan una hora más tarde. Se puede potenciar el contenido tóxico tomando cerveza, que reaccionará en el estómago adecuadamente con las judías.

Si quieres ver otras recetas que he cocinado puedes ir al índice de Mi pequeño libro de recetas de cocina y allí tienes la lista completa

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Riesgos laborales

Creo que ya he comentado que hace poco nos acoplaron un intruso en nuestro despacho. Realmente no estamos muy apretados, gracias a la legislación neerlandesa, que nos otorga una cantidad más que suficiente de metros cuadrados por persona. Sin embargo, en el último y más reciente intento por mejorar la eficiencia de la compañía, nuestros amados directivos decidieron barajar el personal y mover a unos y a otros a diferentes departamentos. En esta lotería fuimos agraciados con unos cuantos nuevos y como ya estábamos al completo en cuanto a oficinas, hemos tenido que apretujarnos un poco. Por supuesto, todo muy nórdico. Se ha pedido permiso a los sindicatos para colocar al tercer hombre de manera temporal en ciertos despachos hasta que se normalice la situación. Así que ahora tenemos seis huevos con sus tres penes correspondientes en nuestro hogar laboral, algo que vuelve loco de placer a mi compañero travestido, que no pierde ocasión de meter el hocico en nuestro cuarto para oler a hombre.

El nuevo compañero es uno del que hablé de pasada hace tiempo, cuando comenté que en mi empresa los desarrolladores se casaban comprando las esposas por catálogo. Mira tu por donde hemos acabado con el premio gordo, aunque declino hablar sobre su parienta en esta anotación ya que tengo grandes planes para ese tema en un futuro incierto y en la actualidad estoy negociando una visita a su casa para conocer a la susodicha, algo que me hace estremecerme de pánico ante los terribles riesgos que tendré que correr con tal de poder contar la aventura.

Así que retornando al tema de hoy, este hombre tiene algunas cosas que yo no veo muy normales, pero que dado el poco mundo que he visto y lo cerrado de mi círculo de amistades, seguro que se debe más a mi ignorancia que a graves problemas del sujeto. Entre las cosas que no termino de encajar, la más molesta es su capacidad para quedarse mirándome fijamente durante minutos sin decir nada. He llegado a la conclusión de que lo que en realidad sucede es que está pensando y deja su vista desenfocada, aunque sigo sin entender por qué tiene que virar su cabeza hacia mí. Esto era lo que creía hasta hoy. Ya nada será lo mismo.

Hoy a las cinco de la tarde se produjo la desbandada habitual. Los colegas corren como mariquitas hacia sus bicicletas para volver a casa, después de una dura jornada laboral en la que la mayor parte no ha hecho más que tocarse los huevos con fruición. Como siempre, quedamos unos pocos, los campeones de la empresa. Estaba yo allí tan entretenido traduciendo al español las ayudas de la nueva versión de uno de nuestros productos, un trabajo que no consigo recordar que formara parte del perfil de mi puesto, pero que como soy el último de los españoles en la compañía, he heredado. A mí me encanta porque hago unas traducciones super-cachondas, inventándome palabras y poniendo otras que sé que mis amigos de la patria, puristas del idioma donde los haya, se arrancarán las vestiduras cuando las lean. Si trabajáis en una empresa de tamaño medio o grande, corréis el peligro de usar nuestro software y os aseguro que la traducción al español es cosa del menda lerenda. Aquel que encuentre la ventana con el mensaje Si estás hasta la pipa del coño, pulsa Cancelar y me mande pantallazo con la prueba, conseguirá una camiseta de Peluquería Antonio, dos fotos de mi vecina la china e hija y un muñeco falso de Vudú que compré en mi viaje a Nueva Orleans el año pasado. A propósito, esta versión no sale hasta la primera semana de Junio, así que no me hagan trampas y empiecen a mandarme fotos trucadas.

Volviendo al tema, que en seguida pierdo el Norte, estoy allí partiéndome la polla de risa con mis invenciones idiomáticas cuando el nuevo cierra la puerta y se me quita los pantalones. Yo mantuve la vista en la pantalla y procuré que no se notara mi pánico. Recordé que en los documentales siempre dicen que si esto sucede, te quedes quietito y cuando puedas corras como una locaza. Lo miré sin que se diera cuenta, pero bloqueaba la puerta y es más grande y más fuerte que yo, que gracias a la PlayStation 2 soy un campeón de todo tipo de actividades de riesgo, pero desde que me quitas el joystick me quedo en nada, que no soy más que un manojo de nervios, pequeñito y delgaducho, además de desgarbado. Así que tengo ese hombre en paños menores, controlando la única salida y yo trato de recordar todo lo leído sobre violadores y similares. Veo toda mi vida pasar ante mis ojos, todos esos momentos felices y no tan dichosos, los días de sol y calor en las Canarias, los días grises de Holanda, las aventuras en América, en Europa Central, en la península Arábiga y casi se me saltan las lágrimas al pensar que en breves momentos me intentará borrar el cerito sexual. Evalúo mis opciones si grito, aunque sé que en este país no consigues que se acerquen sólo con un grito. Miro mi escritorio en busca de armas con las que repeler el ataque, pero aparte del almanaque del Sagrado Corazón de Jesús y de la foto de Carlos-Jesús, no hay nada. Decido hacerme el loco y sigo tecleando con rabia, aunque de mis dedos no salen palabras sino aglomeraciones de letras y números sin sentido.

Me fijo un poco más en el terrorista de la carne y veo que lleva un tanga, un tanga con franjas de leopardo. Hay que ser muy mala persona para ponerse un tanga de leopardo. Me veo con menos futuro que un caramelo en la puerta de un colegio. De las fronteras del tanga surgen unos manojos de pendejos que parecen señalarme y gritar Vamos a por tí. Siento como una espesa capa de sudor cubre mi cabezón y baja apresuradamente por mis brazos. Mis dedos resbalan sobre las teclas, mientras ese pervertido sigue allí, mirándome fijamente en tanga. Noto como que quiere hablar y me preparo para gritar clemencia, para pedirle que tenga piedad, para arrastrarme si es necesario por el suelo implorando por mi orto, que desde que vi al subnormal de Orlando Bloom haciéndolo en Troya, está claro que no es indigno.

Cuando finalmente me habla me dice que los miércoles va con otros dos a correr y que salen desde la oficina. Me invita a unirme a ellos. Finalmente saca de una bolsa un pantalón de deportes y se lo pone, ocultando ese tanga felino. Yo despliego la más tímida de mis sonrisas y declino la invitación. Desde que deja la puerta libre salgo corriendo y veo que la luz del despacho de mi jefe está encendida, así que vuelo a refugiarme bajo sus alas. Mi jefe nota mi agitación pero no consigue sacarme palabra.

Lo que tengo claro es que nunca más me quedo después de las cinco en miércoles. A partir de ahora me voy a casa temprano, que no quiero tentar a mi suerte y la próxima vez quizás no pueda escapar.