Uno se tiene que haber criado en un barrio para llegar a comprender ciertas cosas. Todos esos chiquillos de ciudad que vinieron después de nosotros y se criaron en racimos de cárceles de ladrillos alzadas sobre las colinas de la ciudad no tienen ni idea de la riqueza semántica y la infinita mala hostia que circulaba por aquellas callejuelas y que te curtían en los secretos de la vida. Aquello era Banda Ancha de la buena. Crecer en la Isleta me permitió descubrir desde bien niño la maldad femenina, la inquina y saña con la que se combaten unas a otras. No hay mayor enemigo entre las féminas que ellas mismas. Mientras los hombres solo compiten por mojar y mojar y volver a mojar y en su extrema simplicidad es a eso a lo único que aspiran y son capaces de desarrollar lazos de camaradería entre ellos, las mujeres maquinan y urden tramas para poner de rodillas a las otras y someterlas a su voluntad. Se dice que el perro muerde al perro pero también se podría decir que la mujer es la mayor enemiga de sí misma. Me pregunto que sucederá ahora que las barriadas han desaparecido, ya no hay pequeñas tiendas donde comprar y los nichos de poder que con tanto esfuerzo construyeron a lo largo de los años han desaparecido al transformarse nuestra sociedad y construir cada uno su pequeña cárcel de cristal. Tendremos que esperar un tiempo para ver por donde nos salen porque seguro que algo andan fraguando y pronto veremos el resultado de sus conspiraciones.
Esta introducción no viene a cuento pero queda bonita y quizás nos ayude a comprender a las Pelanduscas, ese grupo que estudiaremos hoy en nuestro Hembrario. Seguro que alguno se sorprenderá al descubrir que la palabra pelandusca existe y según el RAE es una prostituta, una mujer que vende su carne por dinero, que ofrece al cliente dispuesto a pagarlo el usufructo de su cuerpo. Las Pelanduscas de barrio no son prostitutas, aunque podrían serlo. Lo uno no está negado por lo otro. Es solo una forma de humillar y denigrar aquello que no conocemos. Entre las mujeres de cualquier calle están las sumisas dispuestas a agachar la cabeza y dejarse ningunear para continuar con su aburrida existencia, las que controlan el cotarro y aquellas que no se prestan al juego y procuran hacer su vida sin inmiscuirse en la de los demás. Esas mujeres, que eligen el amparo del anonimato y que no juegan a mercadear con sus intimidades se tornan vulnerables frente a la descarnada y corrosiva lengua de sus propias vecinas, que recelan de ellas. Como en cualquier calle lo que cuenta no es lo que haces sino lo que de ti se dice, la cabecilla del grupo siempre estará dispuesta a tirar la primera piedra y una mañana, en el corrillo de la verdulería, mientras soban sin parar las lechugas buscando gusanillos para poder criticar al tendero la verán pasar y se mirarán unas a otras mientras aquella juzga y condena: Esa es una pelandusca. Todas las demás asentirán y la suerte de la pobre a la que le ha tocado el San Benito está sellada. A partir de ese momento será una Pelandusca, murmurarán falacias sobre ella, dirán que si se acuesta con este o con aquel y si la han visto en tal club o con ese divorciado. Todo serán mentiras y patrañas, o quizás no. Lo importante es sembrar cizaña y destrozar la reputación de esa que no ha querido participar de las actividades comunales. Aquellas mujeres que por necesidad o simplemente porque querían ser independientes buscaron trabajo y eligieron no ser amas de casa recibieron inmediatamente el calificativo de pelanduscas, el cual puede ir acompañado de otros de los que hemos visto hasta este momento ya que no son excluyentes. La pelandusca no nace, la hacen otras. Los hombres no tienen la maldad necesaria para crearlas porque están más ocupados pensando en enfundar la flauta en donde sea.
En mi barrio teníamos varias pelanduscas, mujeres normales y corrientes que eran tildadas como putas solo por marcharse por las mañanas al trabajo y volver por la tarde. Muchas de ellas ni siquiera lo sabían aunque seguro que a través de madres y amigas les tuvo que llegar el aviso. La pelandusca es animal de barrio, no existe en la gran ciudad, está en vías de extinción, al igual que aquellas que la crearon. Es un lástima porque la palabra estaba rodeada de magia, evocaba oscuras intenciones y sucios pensamientos en aquellos que la escuchábamos. Tenemos que volver a reivindicar a las pelanduscas, buscarlas allí donde se encuentren y verlas pasar orgullosas cuando salen de sus casas por la mañana para ir al trabajo y vuelven por la tarde con un par de bolsas para preparar la cena. ¡Larga vida a las Pelanduscas!
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