Comenzó en Una historia de verano – 1
Para Yola, el calor es sinónimo de calima, de tierra en el aire, un cielo amarillo y un bochorno infernal. Viviendo en las Palmas, una vez la primavera arrancaba y se activaban los vientos alisios, aparecía la panza de burro, una fabulosa nube que cubría la ciudad de las Palmas de Gran Canaria desde la Isleta hasta ciudad alta y hasta llegaba a cubrir la parte costera de Telde. Esa nube era una bendición y más que la panza de burro deberían llamarla el regalo de Dios o la buenísima suerte porque cuando desaparecía, cuando llegaba una tormenta de tierra del Sáhara, ahí era cuando la echabas de menos, cuando la temperatura subía por encima de los treinta grados y no había sitio en el que esconderse de ese calor que era igual de dañino a la sombra.
De vez en cuando, esas calimas venían con sorpresa, como aquel día que Yola estaba en el patio del colegio, jugando en el recreo, cuando de repente y sin aviso alguno, comenzaron a caer langostas del cielo, unos bichos enormes, feísimos como saltamontes y que además eran muy agresivos, fueron a por los árboles del colegio “José Antonio”, unos árboles grandes, verdes y frondosos, que daban un montón de sombra en el patio y que en cuestión de minutos, se quedaron sin su capa verde, los devoraron las langostas mientras las niñas buscaban el refugio de las clases y huían gritando y corriendo.
Yola trató de mantener la compostura, que al fin y al cabo ella era una de las niñas de las Casas Baratas y esas eran las más fuertes, pero cuando una langosta enorme se le enredó en el pelo, perdió los papeles y comenzó a darse golpes en la cabeza para intentar quitarse aquella bestia mientras desplegaba toda la potencia acústica de su voz en un grito que seguramente se escuchó hasta en el espacio y eso que dicen que allí no hay aire y tampoco hay ruido, algo que ciertamente debía ser una mentira, de igual calibre que esa otra que decía que la Tierra era redonda, que por más que Yola mirara desde su barrio hacia el mar, todo se veía plano y más plano y cuando las maestras lo explicaban en el cole, ella ciertamente no se lo creía.
Yola entró en la clase gritando y golpeándose o quizás luchando contra la langosta, que tenía sus patas peludas enredadas en el pelo de la chiquilla y con sus alas desplegadas intentaba despegar de aquel cabezón que definitivamente no era verde. La maestra, cuando vio a Yola entrar en la clase con aquello en la cabeza, hizo lo que haría cualquier superviviente de película de terror, huyó, cerrando la puerta de la clase con llave para que Yola no escapara y contener aquella pesadilla en el lugar.
Yola, que se las sabía todas, puso una silla contra la ventana, se subió y salió de la clase, que aquel era un colegio de planta única y las ventanas daban hacia el patio. Después siguió corriendo en busca de otros profesores, con tan mala suerte que fue directa hacia su maestra, la que acababa de huir y que de repente se vio con la chiquilla abalanzándose sobre ella con aquel bicho enorme en su cabeza, aunque la langosta ya comenzaba a mostrar daños de tanto golpe que se daba Yola en la cabeza, que ella seguía gritando y golpeándose y la langosta no podía esquivar todos los golpes que venían hacia ella.
La maestra, demostrando que jamás la nombrarían maestra del año, del mes o de la semana, empujó a la chiquilla, que cayó al suelo y ahí, sus gritos añadieron una sutil variación, la de los llantos, porque comenzó a llorar mientras gritaba y también comenzó a sangrar en su rodilla, en donde su piel había dicho basta y se había desintegrado en contacto con el cemento del suelo.
La monja Ana María lo vio todo y vino corriendo y le lanzó una mirada de odio infinito a la maestra, mientras ayudaba a la niña a levantarse y con un grácil gesto, le arreó un tremendo sopapo a la niña y le aplastó la langosta en el pelo y efectivamente, ese fue el final de aquella jodida langosta, aunque eso no tranquilizó a Yola, que continuó gritando y llorando mientras la monja la arrastraba al despacho de la directora para coger el botiquín y limpiarle la herida con agua oxigenada, algo que despertó el pavor más ancestral de Yola, que sabía que aquello iba a doler y la hizo gritar y llorar con más volumen, ya sin golpearse la cabeza porque la pulpa en la que se había convertido la langosta era asquerosa al tacto y Yola aún no se había visto en un espejo.
Alrededor, las chiquillas continuaban gritando y huyendo, las maestras se escondían y las más tontas de las langostas, se lanzaban a volar y apuntaban hacia las casas de la Isleta que estaban pintadas de verde, que casualmente eran las de gente que tenía algo de dinero, que los pobres pedían la pintura gratis en el ayuntamiento y esa era siempre de una variación del color rojo que unos llamaban rojo indio, pero que mayormente era el rojo de pobre. Al menos en esa ocasión, el color salvó sus casas del ataque.
Ese día Yola también aprendió a tener mucho cuidado en días de Calima y en la medida de lo posible, a no salir a la calle por lo que pudiese caer del cielo, que ciertamente no era nada bueno. A la maestra, jamás la perdonó y cuando su madre le hizo una tarta de galletas para que Yola se la llevara de regalo, se aseguró de comérsela con sus amigas y que la maestra jamás la recibiera, que aquella hija puta no la ayudó en el momento en el que más la necesitó.
Continúa en Una historia de verano – 7 –