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  • Otra vista del Wat Ratchaburana

    8 de octubre de 2020

    Está clarísimo que el templo Wat Ratchaburana gana muchísimo cuando haces fotos cerca del enorme Prang. El Prang que vemos entre las dos supuestas estupas, que quizás también sean prangs porque tienen una estancia en su interior se podía acceder y también subí ahí arriba, aunque no había nada reseñable.

  • Mi septiembre visto por la pulsera mágica y maravillosa

    7 de octubre de 2020

    Con el problema tan grande que tengo de difuminamiento, que puedo confirmar y confirmo que no existe como palabra en el diccionario de la RAE, así que le asignamos el significado principal de saltar de cosa en cosa sin pararte ni a pensar y como segundo significado y aquel por el que todos la recordaremos, truscoluña no es nación. Pues eso, que acabó el mes de septiembre, hice un montón de pantallazos de mi nuevo programa para extraer los datos de mi nueva pulsera mágica y maravillosa y me difuminé y los olvidé hasta hoy, que de casualidad los vi cuando buscaba otra cosa entre las miles y miles de cienes de trillones de fotos que hago por día, que los que siguen mi istagrame o los estados de mi güazá se quejan de un bombardeo visual continuo.

    En algún momento cerca del final del mes de agosto me llegó la Honor Band 5 que me compré para reemplazar a la antigua, por aquello de continuar con el ciclo de la vida y porque la otra se me estaba desconectando con mucha frecuencia del teléfono y la mitad de las veces que salía a correr estaba más pendiente de que la conexión no se perdiera que de escuchar los Podcasts o los audiolibros. La nueva me da una cantidad ingente de estadísticas que antes no tenía y en lo relativo al sueño, la información que me proporciona cada día de la sobada de la noche anterior es épica y legendaria.

    Ya que estamos con el sueño, en la gráfica anterior se puede ver que a mí el tremendo disgusto porque los amarillos me pusieron en la puta calle no parece agobiarme y sigo durmiendo mis siete horitas casi todos los días.

    Otra preocupación que tenemos todos es sobre mi posible encochinamiento, que aunque yo sea un ferviente creyente en el JIÑOTE, con todo lo que me jinco uno llegaría a creer que me puedo poner encochinado como ciertos comentaristas que no vamos a mentar de nombre porque son muy sensibles. En este caso los datos los tengo que añadir yo manualmente y lo normal es que se me olvide pero tenemos doce medidas hechas durante el mes y resulta que mi peso oscila en una banda de un kilo y está ahí desde hace tanto tiempo que ya ni me acuerdo.

    Seguimos con el ejercicio físico y concretamente con el correr y en septiembre mantuve mi fastuosa frecuencia de salir a correr cada cuarenta y ocho horas o eso que en la Isleta denominábamos dos días y además, clavo los seis kilómetros salvo por un día, un domingo que en mi cabezón ganó la batalla el gandulismo y con alguna excusa que ni yo me creía hizo que tomara la ruta corta y solo hiciera cuatro kilómetros. Mi media parece estar estabilizada alrededor de los cuatro minutos y cuarenta y dos segundos por kilómetro, que si me preguntas a mí, yo la veo malísima ya que preferiría solo cuatro minutos pero me conformo porque sé que no voy a poner nada de mi parte para bajarla.

    Por último, el corazón, en donde se puede ver la diferencia entre el día que corro y el que no, es una gráfica muy curiosa de lo que significa hacer ejercicio. La bicicleta jamás ha conseguido hacer que mis pulsaciones suban de las ciento y poco pero también es verdad que si quiero ir más rápido, le meto caña a la batería y que se lo curre la bici que para eso está.

    Y ahí las tenemos, cuatro tablas con unos datos curiosos del Elegido.

  • La vijara del Wat Ratchaburana vista desde el Prang

    7 de octubre de 2020

    Aquellos con una memoria que cubra más de tres minutos recordarán que cuando comenzamos la visita al Wat Ratchaburana, la primera foto era del Prang visto desde una puerta. Si os fijáis en las ruinas de esta foto, hay un portón enorme a lo lejos con un julay y ese fue el lugar en el que hice la foto, la entrada a la vijara, que es el templo propiamente dicho. Del edificio quedan algunas paredes y la forma que tenía.

  • El carnicero en tu puerta

    6 de octubre de 2020

    Una cosa que odio de los Países Bajos y a la que jamás me podré acostumbrar es que en los supermercados no hay carnicería o pescadería pero de las de verdad, con su personal, su producto y en donde puedes pedir lo que necesitas. Aquí se estilan las líneas de neveras y congeladores con productos ya empaquetados y tienes que comprar las cantidades en las que los empaquetan y además, solo las cuatro cosas que venden con lo que la cantidad de carne o pescado disponible es muy pero que muy limitada. Después te vas a una carnicería o eso que se llama en la lengua bárbara local slagerij, pronunciado como truscoluña no es nación y nada más entrar flipas porque no es una carnicería, es una tienda para comprar embutidos, aceitunas y otras polladas ya preparadas y de nuevo, con una variedad mínima y en muchas ocasiones, ya cortado y empaquetado. Casi que los únicos carniceros que quedan son en las tiendas de los turcos y todos sabemos que esos pobres desgraciados, saben mucho de terrorismo y esas cosas, pero no tienen ni puta idea que el mejor animal del universo conocido es el cerdo y además, como su carne la matan de la manera errónea, ni tiene sangre ni ná.

    Antes, cuando quería hacer Pulled pork, en uno solo de los supermercados que hay entre la estación central de Utrecht y mi casa, que son exactamente nueve en las rutas que yo hago, solo en uno de ellos y únicamente una vez por semana ponían dos o tres bandejas con pedazos de cuello de cerdo de unos ochocientos a novecientos gramos. Era un sinvivir, tenía que ir todos los días al super hasta que finalmente aparecía (o igual ni lo veía porque otra persona se lo llevaba) y hasta esta poca alegría desapareció cuando el supermercado dejó de ponerla. Entonces me pasé por unos cuantos carniceros de esos y no la tienen y te dicen que te la pueden encargar, que tarda unos días y te la cobran a un precio de fábula, absolutamente increíble. Por suerte, un chamo al que echaron hace ya cosa de dos años de la empresa que me ha puesto en la puta calle me había comentado que comenzaban a aparecer carnicerías onDEline, que desde tu ordenador pedías y te llegaba a casa congelado al día siguiente. Me harté de las movidas de esos falsos carniceros y encontré una de esas carnicerías online que te garantizan que si compras antes de las diez de la noche, lo tienes en tu casa la tarde/noche del día siguiente. Hice mi primer pedido y compré un trozo de dos kilos y cien gramos de cuello de cerdo congelado y de paso añadí seis hamburguesas Angus. No sucedió nada y al día siguiente sobre las doce de la mañana me llega un mensaje que ya lo van a empaquetar y lo recogerá la empresa de paquetería. Cuatro horas más tarde me informan que lo acaban de recoger y el vehículo está en una ruta de distribución y lo tendré en mi casa entre las ocho y las diez de la noche. Que angustia tan grande sufriendo por mis dos kilos de cuello de cerdo. Finalmente, sobre las nueve menos cuarto de la noche se para un camión refrigerado en mi puerta y perdí la ninguna dignidad que tengo corriendo a abrir la puerta a recoger mi paquete, que yo suponía que me mandarían en una bolsa de plástico con la carne dentro. Me equivoqué:

    Era una caja de corcho enorme, como un sarcófago para deshonorable truscolán. Me lo dieron con el mismo cariño que tiene la cigüeña cuando entrega a los niños a sus padres y yo casi lloré de alegría. Entré en mi casa, cogí el cuchillo y corté toda la cinta adhesiva que lo protegía para mirar en su interior:

    Dentro traía un plástico mortuorio celeste que lo envolvía todo y al abrirlo te encontrabas con el hielo superior, unos paquetes de un hielo especial y tal y tal. La carne todavía estaba desaparecida. Al sacar esos cuatro paquetes de hielo vi por primera vez a mis preciosos:

    A la derecha tenemos mi cuello de cerdo requetequete congelado y a la izquierda una bolsa con mis seis hamburguesas congeladas y empaquetadas indivualmente. Por debajo de ambos, otra tira de bolsas de hielo. Aquello estaba total y completa y absolutamente congelado, en ningún momento se había interrumpido la cadena de frío. Veamos una imagen con todos mis niños a la vista:

    Toda la carne siguió ruta directamente a mi nuevo y fastuoso congelador y el sarcófago, con sus bolsas de hielo, fue a la keli de las bicis, ya que en algún lugar de la página de la carnicería leí que si les envío tres cajas vacías de vuelta, pagando yo los gastos de envío que serán siete leuros, ellos me darán un crédito de diez leuros, con lo que además podré ser ecológicamente ecológico y sentirme aún mejor conmigo mismo.

    La experiencia al completo ha sido extra-super-hiper-mega positiva. Ya por mi se pueden ir a tomar por culo los carniceros holandeses, no volveré a pisar uno de sus locales en lo que me queda de vida. Esta carnicería, además, tiene una selección de carnes que roza el asombro. Ya le he echado el ojo para la próxima vez a unas hamburguesas que se llaman Rubia Gallega dry-aged y que al parecer, como todos sabemos, salvo el Ancestral, que la leche del noroeste de España no es la mejor del mundo, al parecer para lo que si sirven esas vacas es para hamburguesas y en la explicación, algo confusa porque les dicen rubias pero después explican que pertenecen a la raza de las Morenas del Noroeste, que igual los holandeses se confunden con los colores de pelo.

    Que suerte tan grande vivir en un país que es del tamaño de una barriada periférica y en el que puedes comprar algo un día y te lo traen a tu puerta al otro. Ahora solo me falta que algún día me llegue la vez con el picnic, una especie de supermercado onDEline únicamente, que solo funciona con una APP en el telefonino y que solo acepta clientes cuando tienen capacidad de distribución y en estos momentos y tras seis mese en la cola, solo quedan cinco mil dieciocho por delante de mi.

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