Hoy llegamos al final de esta trilogía de la barba, en la que la hemos visto mutar desde su forma salvaje hasta algo más o menos civilizados. De no haber sido por el calor, yo la habría dejado a su libre albedrío, que a mí el aspecto ese de náufrago me mola mazo y no hay moro que no me salude por la calle. La mujer rusa de un colega me dijo que parecía uno de los santos esos que tienen ellos y que seguro que si le toco la chepa, le toca la lotería porque la barba es así de poderosa. Después de La primera podada de la barba, aún quedaban cosas por arreglar así que consulté a mi sanedrín de expertos, que lo forman mi amigo Sergio y su hijo Sergito, ambos portadores de barbas que no tienen ni punto de comparación con la mía. Al padre le come la envidia pero el hijo me dijo que la perfilara, así que volví al llutuve y me empapé como cinco vídeos de gente ajustándola, especialmente italianos, que parecen ser los líderes mundiales del concepto. Tras esto, de vuelta al baño y le di forma por el cuello, le quité unos milímetros por debajo y también le di forma por la zona cercana a las orejas y en las mejillas. Todavía pienso que cuando vuelva a España, espero que mi barbero ya pueda hacer barbas porque tendrá que apañarla para que luzca épica y legendaria pero no creo que me diga que he hecho un mal trabajo. Ese mismo día, fui al cine y mientras esperaba el inicio de la película en una sala prácticamente vacía, aproveché para hacerme esta tercera foto que cierra la trilogía de la barba.
Por la zona de las patillas, aunque he ajustado la barba, el pelo de la cabeza, que es gigantesco, me cubre gran parte de los orejones, pero ese es trabajo de barbero. Ahora imagino que será cuestión de pasar la máquina una vez cada semana y media o así para quitar lo que ha crecido y después volver a delinear las zonas que corté por completo. Por ahora, estoy muy contento con el resultado aunque los moros ya no me saludan con la intensidad que ponían anteriormente.




