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  • Atletilla

    10 de junio de 2020

    Desde que comenzó el encierro, desde el primerito de los días, comencé a hacer ejercicio diario usando un programa en mi iPad. Todos los días es el mismo drama, no lo quiero hacer, pero entonces me pregunto a mí mismo si quiero ser obeso como algunos de los comentaristas que no vamos a mentar y como la respuesta es no, pues me pongo a ello. Al principio, allá cuando estaba en el primer nivel, con un ciclo de doce ejercicios de treinta segundos y hasta quince segundos de descanso entre ellos, acababa baldao. Tenía la fuerza en los brazos de un recién nacido, algo que se esperaba si tenemos en cuenta que yo solo uso los dedos para teclear. Con los otros ejercicios iba un poco mejor, pero también me quemaba. Fueron pasando los días, las semanas y me fui viendo mejor y el programa, en base a lo que yo ponía al acabar la sesión, me fue poniendo ejercicios más difíciles y subiéndome de nivel, hasta que llegué al quinto nivel, que es lo máximo para ellos. Ya desde el tercer nivel, me metían tres ciclos, cada uno con doce ejercicios de medio minuto y según iba mejorando, reducían el tiempo de recuperación entre ejercicios de quince a diez segundos y finalmente a cinco. Ahora, en el punto en el que me encuentro, estoy con tres ciclos y cinco segundos entre ejercicios y los ejercicios son todos de nivel fuerte o supremamente-fuerte.

    En aquellos tiempos lejanos de marzo, si me tocaba un ejercicio de flexiones, que los hay siempre, era prácticamente incapaz de hacerlas y ahora, me meten uno detrás de otro y yo me río del programa.

    Una cosilla que he descubierto cuando hago gimnasia es que el contenido de mi cabezón, eso que llaman cerebro, no rige muy bien, igual por la falta de aire y al principio me agobiaba que no veas. Trataba de contar los ejercicios, es decir, doce si hay un ciclo y me perdía, de repente no sabía si ya había hecho seis o no, es como si la información se borrara de la cabeza. Según fui avanzando de nivel e incrementaron el número de ciclos, la cosa empeoró, ahora tenía por ejemplo dos ciclos de doce y en el segundo no tenía ni puta idea de cuántos faltaban. Tras pruebas de todo tipo, descubrí que si vinculo el recuento a un ejercicio me acuerdo mucho más. Así, cada ciclo de doce está dividido a su vez en tres tandas de cuatro ejercicios, con el primero enfocado a subir el ritmo del corazón, el segundo trabaja los músculos inferiores, el tercero es siempre con los músculos superiores, mayormente flexiones y el cuarto es un ejercicio para recuperar, así que si cuento ese último, tengo una idea de por donde voy. Con tres ciclos y cada uno de ellos con tres tandas, solo tengo que contar de uno a nueve y lo hago en el fácil y lo increíble es que funciona, que se me acabaron los problemas, ahora llego al cuarto ejercicio y hago una cuenta perfecta de uno a tres en el primer ciclo, de cuatro a seis en el segundo y de siete a nueve en el tercero. Para que quede menos claro, decir que el segundo y el tercer ciclo son idénticos al primero.

    Hoy, al darle mi opinión sobre lo que me pareció le dije al programa que lo que me mandó no fue duro, fue más bien aceptable, así que o me lo complica más o ya estoy llegando al punto en el que tengo que cambiar a otro programa más sofisticado.

    Y cada segundo día, esto se complementa con los seis kilómetros corriendo y en los que no corro, camino.

  • Otra cascada en el río Mae Taman

    10 de junio de 2020

    Otro tramo del río con una pequeña cascada aunque en este solo nos paramos para hacer foto y no nos bañamos. El chamo de la foto sirve para ver el tamaño de la cascada, o más bien, cascadilla. Pasamos por allí en la temporada seca, según nos dijo el guía, cuando es la temporada de lluvias, la historia se ve muy distinta y el volumen de agua bajando es varias veces mayor.

  • La cita esa semestral

    9 de junio de 2020

    Ayer tenía una cita con el dentista que estaba prevista desde noviembre del año pasado. Un montón de gente que conozco tuvieron sus citas canceladas durante los casi dos meses que los dentistas no podían trabajar o las han retrasado porque les daba miedo. Yo soy más de la opinión que la probabilidad de pillar el virus es mil veces mayor yendo a un restaurante y sentándote al lado de una familia de becerros iletrados que no respetan nada que yendo a la consulta de un profesional. Antes de acudir me mandaron un correo con un cuestionario con las preguntas esas chorras que tienes que responder a todas que no y que confirman que estás sano y que son parte de nuestra vida ahora, las mismas que me hacen cada vez que reservo una entrada para el cine. También aconsejaban no llegar muy pronto, justo momentos antes de tu hora. Esta era la primera vez que voy desde mi casa al dentista en años, quizás en una década, ya que lo normal es que al regresar de Hilversum, pare una estación antes, en Utrecht Overvecht y desde allí camino al dentista, que está a unos quince minutos. Quería probar el programa que instalé para las rutas de bicicleta con los mapas ya en el teléfono y según ese programa, tardaría diecinueve minutos, que en realidad fue alguno más por un problema que provoqué yo mismo. El programa, llamado mapfactor navigator, tiene también navegación asistida por voz y me descargué la de español, que es de una pava, aunque creo que se le puede poner que use la voz generada por ordenador de GooglEVIL. Me gusta porque en lugar de soltarte la retahíla del nombre de la calle holandesa mal pronunciado, te dice simplemente si tienes que ir a la izquierda, a la derecha, seguir de frente o similares. El problema fue que después de instalarlo, cuando me pedía la autorización para los permisos, respondí al de usar la posición del GPS solo cuando lo estoy usando y parece ser que cuando el teléfono va con la pantalla apagada, eso no cuenta, así que cada rato dejaba de darme indicaciones y me tenía que parar y encender el teléfono para mirar la pantalla. Por descontado, los permisos para aplicaciones están bien escondidos dentro del Androitotorota y hasta que no volví a mi casa no lo pude arreglar. Aún así, llegué y me sobraron quince minutos, que esperé en la calle. A mi hora, entré y el dentista tenía no solo una mascarilla, también un parabrisas de esos como de moto en la cara y los guantes. Yo no vi a nadie salir así que no debía tener ningún cliente antes que yo y me senté como siempre en esa silla que da pesadillas y que a mí me pone nervioso y lo primero que hace siempre es revisarme los dientes antes de limpiarlos, que también lo hace él porque yo lo prefiero al especialista que solo limpia. El hombre primero flipó con mi barba, que ha provocado dos corrientes entre mis amigos, están los que piensan que es como la del capitán Haddock, el chamo aquel que salía en los comics de Tin Tín y otros la ponen más como la barba de Brutus, el de Popeye. En cualquier caso, es espectacular y la cara cuando la vio lo confirma. Le pongo sus aceititos y todo para que luzca maravillosa. Cuando termina de revisarme los dientes siempre pone cara de disgusto. Yo pienso que lleva años esperando a encontrar algo para poder atacarlo pero es que lo cierto es que sigo con los dientes originales, los que salieron después de los otros de leche y que no tengo ningún empaste, ningún reparo, son el conjunto original y el único trabajo que reciben es el de limpiarlos dos veces al año. Le reproché que ponga esa cara, que no es culpa mía si mi dentadura es fabulosa y fantástica como el Elegido. Después hizo la limpieza, que a mí me pone muy tenso, con ese gancho con el que arranca cosas entre los dientes y esa especie de taladro que no me mola nada, nada. Llevo ya un año que me tomo en serio lo del hilo dental y lo uso prácticamente a diario, con cinco comodines como máximo por mes aunque raramente uso más de dos y tras lavarme los dientes uso el enjuague bucal y aunque al principio pensaba que no valía la pena tanto esfuerzo, la primera vez que me vio después de empezar la rutina me dijo que estaba mejorando mucho y la segunda vez, en noviembre del año pasado, el chamo lo flipó. Cuando terminó, hice una nueva cita para noviembre de este año y en lugar de volver a mi casa, fui al centro de la ciudad para pasarme por el cine, que entre semana casi no hay gente y están poniendo un montón de películas que ya vi pero que no me importa repetir. Desde el domingo comencé a usar un aparcamiento de bicicletas nuevo, que abrió en marzo tras el encierro y que está en la plaza Neude, una rodeada de cafés por tres lados y en el cuarto estaba la antigua oficina de correos de la ciudad y en el mismo edificio, la central telefónica desde la que se distribuían las líneas de los teléfonos fijos para la ciudad y que ahora parece haber emigrado a otro lado y en el edificio hay un supermercado, una mega-librería, un bar fastuoso y en el sótano un aparcamiento gratuito y vigilado (durante veinticuatro horas, a partir del segundo día se pagan cincuenta céntimos de leuro) de bicicletas con una capacidad para más de setecientas, con lo que me viene perfecto para ir al cine de la zona. Tras la peli, recogí mi bici y regresé a casa pedaleando junto al Oudegracht, que siempre me maravilla.

  • Cascada en el río Mae Taman

    9 de junio de 2020

    El segundo día de caminata en la jungla lo hicimos en gran parte siguiendo el descenso del río Mae Taman, en el que hay varias pequeñas cascadas y en el que te puedes bañar. Aquí se aprecia mejor lo densa que es la vegetación y podemos ver al chamo médico canadiense saltando al agua y a las dos chochas arriba pensándoselo. En este caso, yo pasé de saltar que mis oídos se resienten mucho con las entradas brutales en el agua y no quería arriesgarme. Creo que me bañé en la piscina que se forma tras la cascada. Los mosquitos no salen en la foto pero estaban ahí. A los canadienses me los volví a tropezar un par de semanas más tarde en Koh Tao. Con el golpe de Estado de los generales, tanto mi viaje como el suyo se vieron trastocados y finalmente acabamos en las zonas más turísticas y seguras y como Koh Tao es un poblacho, nos cruzamos por la calle.

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