Ya comenté que cuando los culocochistas como ciertos comentaristas no están por la labor de subir al castillo de Liubliana usando el accesorio de su culo, pueden optar por un funicular que los desplaza verticalmente y les ahorra los cinco minutos de subida a pata. En la foto vemos el funicular, el castillo y la nieve que había en el lugar, que nosotros los seres humanos obviamente superiores que subimos a patita íbamos por un caminito con algo de nieve y hielo que lo hace aún más divertido porque si te resbalas, te escoñas por ahí pa’bajo.
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Cocino luego existo
Entre el sábado y ayer por la noche, además de aprovechar los 4 grados de temperatura por la tarde para descongelar el congelador poniendo las bandejas con la comida en el jardín, que ahora el invierno holandés ya ni llega al bajo cero pese a que no hay cambio climático, he tenido que coger las tres bandejas del congelador y recolocarlo todo una y otra vez para que entre la comida que produje, que fue un montón y ahoritita mismo, me es imposible cocinar en exceso porque mi congelador está al mil por mil de capacidad. El sábado hice una sopa de pollo con tortillas mexicanas en cocción lenta y de eso me salieron ocho porciones para congelar. El domingo antes de ir al cine hice burritos y aunque había planeado hacer ocho, acabé con diez y nueve fueron al congelador. Ayer hice pimientos rellenos con la olla a presión, que la máquina me tiene fascinado por lo flexible que es y tengo cuatro pimientos petados de relleno congelado y entre eso y lo que ya había en el mismo, he tenido que hacer ejercicios de la más avanzada ingeniería del posicionamiento para que todo quepa en el mismo, porque está petado. Tengo un listote de cosas que quiero cocinar pero no puedo, no hasta que me coma un montón de lo que acaparo, que parece que tengo el síndrome de diógenes del congelador y siempre lo veo vacío.
Y hablando de mi fabulosa y fastuosa a la par que maravillosa Crock Pot Express, la máquina me ha cambiado la vida y ahora siempre tengo ilusión y fantasía. En un solo cacharro tengo una olla mágica para cocinar a presión, que se puede programar POR MINUTOS y que adquiere la presión en un pis-pás. Además está la parte de cocción lenta, la sartén, la de cocción al vapor y hasta te hace, si quisieras, yogurt. No sé como pude vivir sin algo así en la cocina, lanzo todos los ingredientes dentro, la programo y me olvido y cuando me llama trinando como jilguero, tengo la comida preparadísima. Como además según acaba mantiene la comida caliente cuatro horas, me voy de belingo, o al cine, o a estirarme los güevos a ver si consigo que me lleguen a las rodillas, que es el sueño de todos nosotros desde pequeñitos y sé que en mi cocina la comida está esperando para jincarme un buen plato. Ya probé a hacer arroz blanco en cantidades industriales y fue un éxito y también he hecho un risotto sin tener que atrofiarme los biceps, que la pereza del risotto para mí es el rato larguísimo que hay que pasarse revolviendo eso. En la parte de cocción lenta, hice una receta de pollo que no tenía líquido ninguno, que lo juro por las bragas más sucias de Mafalda y estaba convencido que iba a ser un desastre y cuando abrí la máquina cuatro horas más tarde tenía un caldero lleno de líquido y un pollo que se deshacía si le gritas. Tengo en mi pocket una cantidad ingente de recetas para hacer en el cacharro y estoy considerando arrancarme los ojos para dejar de mirar, que cuando estoy aburrido, encuentro dieciocho más. Ayer mismamente, en lugar de mirar pornografía estaba surfeando la red y encontré que se pueden hacer unos panqueques gordísimos similares a los japoneses y después de quince minutos leyendo recetas y viendo los resultados de gente, me tuve que obligar a renunciar al mega-panqueque porque te sale tan grande que vale para alimentar ocho julays y eso no creo que se pueda congelar y yo me conozco, si hay que comérselo, me siento y seguro que se me abre el esfínter, que es la válvula de seguridad del estómago cuando se me haya llenado y mi cerebro siga en pleno frenesí de comérmelo todo.
En fin, que hoy como fuera para evitar mi cocina, que es un lugar muy peligroso.
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El castillo de Liubliana visto desde el río Ljubljanica
Cómo ha quedado demostrado, el castillo de Liubliana tiene más pinta de castillo cuando se mira desde lejos, desde la ciudad, que está a sus pies. Aquí estamos junto al río Ljubljanica y en lo alto de esa pequeña montaña el castillo luce magnífico. La ciudad tiene una buena cantidad de puentes cruzando el río.
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La guerrilla
Cuando al final del verano comenzaron las hostilidades, algo que ya mencioné como de pasada en Jardín, comida y movidas en el curro, parece que algunos en mi empresa subestimaron mi mala leche. Entramos en el quinto o sexto mes de esta guerra de guerrillas y los que juraron lealtad al bando contrario se han dado cuenta que habría sido mejor mantener la neutralidad. Yo ni perdono ni olvido y si puedo joderlos, lo hago y ahora reciben palo tras palo, uno a uno, despacito pero sin pausa y me da igual que hagan actos de constricción, si estás en el otro reverso, allí seguirás, para siempre. Todas las herramientas que controlo y que permiten a nuestra empresa funcionar, tienen ahora aquellos que están en gracia y que reciben todo tipo de atenciones para que sus solicitudes se hagan lo antes posible y después están los otros, los que ahora, cuando quieren algo, saben que será un ejercicio de sangre, sudor y lágrimas, en el que yo respeto escrupulosamente las reglas de la empresa y las uso contra ellos. Mi antigua jefa ahora sabe que su traición ha tenido un precio altísimo y todas las cosas que yo le permitía y que ella daba por supuestas ahora que no están, se reflejan en su cara, en donde le están saliendo granos a porrillo de la tensión tan grande a la que está sometida, ya que procuro que la lluvia de misiles sobre ella no se detenga y cuando cree que está al final del túnel, le meto dos kilómetros más de problemas. Aquí los indecisos han de declarar su lealtad y apechugar con las consecuencias.
Uno de los efectos colaterales de esta guerra es el impacto en los flujos de información. La manera de trabajar de algunos jefillos es usando rumores y propuestas que dejan caer en un punto para ver la reacción del populacho antes de decidir si lo harán. Ahora esos rumores y propuestas caen pero nadie los recoge, yo he cambiado la organización de una vertical en la que las cosas se mueven entre plantas a una horizontal en la que nadie sabe nada de lo que sucede en los otros reinos. Eso me permite esperar el momento oportuno para dar el palo adecuado. En estas guerrillas, todos sabemos que habrá una reorganización, está en el código genético de la empresa y yo ya tengo un montón de información sobre la misma pero como no la propago, o mejor dicho, como la altero y distribuyo quizás en una versión no aprobada, el pánico cunde y ya tenemos dos ratas que han saltado del otro barco, que definitivamente se está hundiendo. La pava que pensó que podría atropellarme y pasar por encima mío tan campechana ha descubierto que el valle ese de lágrimas que se menciona en ciertos libros está aquí, en la oficina, exactamente por donde ella camina y con cada paso que da, yo la obligo a retroceder unos cuantos. Ella no lo sabe todavía pero uno de sus aliados en su círculo de confianza no la va a traicionar pero se le va a ir, ya está decidido sacarlo de su entorno y ponerlo en el mío y ese palo, cuando suceda, será doble, porque él ni se lo espera ni lo quiere y la otra se lo tomará como la peor de las afrentas. Yo mientras tanto, a lo mío, a sembrarle de minas su camino. Y todo eso con la gente de la parte comercial peleando con ella en otra guerra en la que la munición con la que disparan se la suministro yo, que en este caso y sin que sirva de precedente, los ayudo.


