Saltando islotes por el archipiélago Bacuit

El relato comenzó en El comienzo de otro gran viaje

Uno no viene al Nido para ver la ciudad sin calles asfaltadas y que parece el lejano oeste o flipar con la playa que tiene. Uno viene para apuntarse a una o varias excursiones y visitar el Archipiélago Bacuit, saltando entre algunas de las cuarenta y cinco que lo forman (yo los llamaría atolones o islotes, pero bueno, no soy un sub-intelectual de GafaPasta ;-))

Me recogían sobre las nueve menos cuarto así que pedí mi desayuno para las ocho y me lo trajeron a las ocho y media. Después de encochinarme con longanissa, arroz frito, café, zumo, mango y sandía, saqué mi mochila y mi arsenal acuífero de la habitación y lo dejé en un cuarto que tienen en el Lolo oyang, la cual sería mi pensión las siguientes dos noches. Me vinieron a recoger en motocicleta y como siempre, agarrado para no caerte con los baches ni los frenazos. He visto a gente que van como príncipes sin cogerse a nada y también los he visto caer. Fuimos a la agencia de viajes, desde allí andamos a la playa que estaba a veinte metros y el barco delante de nosotros. Éramos en total dieciséis julays, con dos suecos, dos franceses, dos británicos, el Elegido, uno de Zimbabwe (que seguramente he escrito mal) y el resto filipinos. Nos dieron un chaleco salvavidas a cada uno y hasta pretendían que nos los pusiéramos. Salimos y tardamos una media hora en llegar a la isla Miniloc. Allí fuimos en primer lugar al lago pequeño, al cual se llega nadando con las gafas y tubo. Muy emocionante y bonito pero el fondo no tiene nada interesante, creo que en algún lado leí que los pescadores, como no sabían que el turismo es un negocio mejor que la pesca, dinamitaban el lugar para pillar el pescado y acabaron con los corales y todo lo demás. 

La segunda parada en esa misma isla fue para ver el lago grande, tan grande que se puede entrar con el barco y hacer una gira por el mismo. A la salida, paramos en un lugar cercano para bucear y ver corales y peces. Como yo quería probar la innovación de la grabación de vídeos con mi funda a prueba de agua de dos leuros comprada en mi tienda china favorita, tardé algo más que los demás. Al parecer eso me salvó de cruzar por en medio de una banda de crías de agua-vivas que atacaron al resto. Yo de feliz haciendo mis vídeos despacito y aislado de los demás sin enterarme de nada. Al regresar al barco, uno de los marineros había capturado una tortuga y la sujetaba para que la gente la viera  por supuesto, tengo vídeo de ese cruel momento para la posteridad. 

Después fuimos a la isla de Shimizu, llamada así por los dos julays nipones que se mataron allí explorando una caverna submarina. Tras bucear un poco, almorzamos en el lugar y se produjo ese fenómeno antológico llamado el encochinamiento, que fue el resultado de poner en la mesa dos platos llenos de gambas, uno de calamares y una bandeja de mejillones. Creo que para cuando los filipinos se enteraron que había calamares, yo me había comido el setenta por ciento y como estaba del lado de los europedos y tampoco comían gambas o mejillones, sudé para bajar sus raciones, la mía y las de todos los demás. Acabé pujando como mula de parto y me tumbé en la proa mientras nos llevaban al lago secreto, el cual está totalmente escondido y se entra por una pequeña abertura entre las rocas. Como no tiene profundidad, pasé de llevar el telefonino naranja y fui con la cámara de hombres y pese a que el agua llegaba por los hombros, yo como un campeón con la cámara en el aire y fui el único que hizo unas fotos decentes en el lugar. En Asia siempre buscan parecidos en las rocas y allí tenían el pájaro, el cocodrilo y la última cena. Es un decir, yo solo veía rocas. 

Después tuvimos un viaje en barco de media hora que pasé tomando el sol para llegar a la playa de los Seven Commandos, llamada así por los siete comandos japoneses que vivieron allí como malamente pudieron después de que los dejaran abandonados sus tropas en la Segunda Guerra Mundial. La playa tiene arena blanca, palmeras y es muy agradable. Estuvimos allí algo más de una hora antes de regresar. 

Al volver, tomé posesión de mi nueva habitación (reconozco que me gustaba más la anterior), me duché y salí a comprarme más bollos y chucherías en la Midtown bakkery  y después cené un plato de pasta boloñesa en un sitio llamado V and V. La acompañé de una cerveza San Miguel, la marca más popular del país y que desconozco si está aún emparentada con la española, pero vamos, el logo es clavadito. 

Cuando se hizo de noche, los mosquitos aparecieron por millones y salí por patas a refugiarme. Desde las cuatro de la tarde no había luz en el Nido, algo que al parecer sucede continuamente y aquí nadie le da importancia. 

El relato continúa en Otra ronda de islotes en el archipiélago Bacuit

Por sulaco

Maximus Julayus

2 comentarios

  1. Casi lo pones bien, solo te faltó una b en Zimbabwe, yo lo escribí igual que tu, me picó la curiosidad y lo busqué en Google.
    Si no fuera porque huyo de las playas -de mas joven me encantaban- es un tipo de turismo que yo también hubiera hecho a tu edad, pero en aquellos tiempos lo hice en las tres Américas…
    Salud

  2. Todo perfecto hasta que hablaste de las hordas mosquiteras… mosquitos y ratas reducen considerablemente las posibilidades de elección de un país como destino turístico por mi parte. Pero por la excursión que describes, hasta me arriesgaba con kg de citronela y repelentes varios para poder hacerla, que envidia….

Los comentarios están cerrados.