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Tercer Día. Kuala Lumpur – 3

El relato de este viaje comenzó en Camino a Kuala Lumpur y Tienes un índice con todos los capítulos en Viaje a Malasia del 2009: Índice con toda la historia.

Mi último día completo en Kuala Lumpur comenzó con un madrugón de escándalo. A las siete menos cuarto me levantaba y con las pestañas aún pegadas me metía en la ducha para tratar de reactivar mi cuerpo. A las siete y diez estaba sentado en la cafetería del hotel desayunando, escuchando el molesto rumor de los gritos de los chinos, que cuando se juntan cuatro parecen incapaces de hablar sin gritarse unos a otros. Tuve que acelerar el proceso de masticación de la comida y con la barriga petada salí corriendo hacia las torres Petronas. Llegué pasadas las siete y media y al bajar al sótano, lugar en el que se encuentra la ventanilla en la que dan las entradas para subir a la pasarela que comunica ambos edificios, me encontré la sala ya llena de gente que como yo se había sacrificado por ver el espectáculo. Me pusieron en la cola y durante la siguiente hora me dediqué a escuchar un audiobook para no caer dormido. En la fila resaltábamos los europeos pero la verdadera sensación eran los hindúes y chinos. Ambos bandos se mueven en masas con múltiplos de diez y en el caso de los chinos no dejan de sacar fotos en ningún momento. Hacen la foto de la escalera mecánica cuando bajan, la de la cola con vista general, la cola más de cerca, las personas delante y detrás de ellos en la cola, ellos en la cola, la cola vista levantando la cámara, la reja de la ventanilla cerrada, los de seguridad controlando que nadie se pase de listo, la cola cuando se mueve y cuando se vuelve a mover, el momento en que la reja de la ventanilla se empieza a abrir y cuando está totalmente abierta y así hasta que os canséis. Yo pa’ mi que no le ponen memoria a la cámara y es solo para aparentar. Antes de llegar a la ventanilla te entrevista un empleado que te pregunta tu nacionalidad y el número de gente que viene contigo. Teóricamente solo dan una entrada por persona pero al parecer, si llevas los pasaportes de otros, los miran y te las dan.

Cuando por fin me tocó el turno eran casi las nueve de la mañana (las ventanillas abrieron a las ocho y media) y en una pantalla decían que estaban dando entradas para las dos y media de la tarde. El que me atendió, me escaneó con sus ojos de arriba abajo y al ver que era occidental metió mano de un montoncito especial que tenían apartado y me dio una entrada para las once de la mañana. Después de todo, los colonizadores seguimos teniendo algunos privilegios y no están nada mal. Como tenía que matar dos horas, me fui al parque detrás de las torres e hice unas pocos fotos más y después me senté al solito a observar a la gente. Unas japonesas se hacían fotos como para llenar un libro aparentando ser modelos o chicas de alterne. Las pobres deben haber crecido convencidas en el poder inmenso de la belleza interior porque de chasis iban bien escasas. A las diez de la mañana habría el Suri KLCC y aproveché para irme de compras. Me puse a rastrear tiendas y al final conseguí dos polos muy baratos de la marca Diesel en una especie de grandes almacenes que al parecer son japoneses. Sin darme cuenta se me pasó el tiempo y a las once menos cuarto me acerqué al lugar en el que había que entrar para ponerme a esperar pero de nuevo, el tipo me miró, vio que era Europeo y pasó un kilo del horario de la entrada y me metió con el grupo anterior. Nos dieron unas gafas 3D y nos introdujeron en una sala para ver una película sobre la construcción y la historia de las torres gemelas Petronas. La película es aburridísima y el 3D patético. Supongo que la rodaron en ese formato para joder a los chinos, que no pudieron grabarla al completo como pretendían muchos. Al salir nos dividieron en dos grupos y el mío fue el primero en subir. En el ascensor había otros cinco españoles, hablando entre ellos. Eran catalanes y de todo lo que veían, en Cataluña lo hay más grande y mejor. Yo me reía por lo bajini sin decir ni pío. Si ellos supieran que en Gran Canaria hay un edificio tan grande tan grande que lo llamaron la torre del Coño porque todo el que lo veía miraba hacia arriba y decía: ¡CO?O!

Nos subieron hasta el piso cuarenta y uno o cuarenta y dos que es donde está el puente entre los edificios y por fin pudimos ver la vista desde allí. La verdad que después de todo lo que tuve que pasar me decepcionó un poco, no es nada espectacular y no te quedas con la boca abierta. Ahora comprendo por qué mi amigo el Rubio me decía que no valía la pena. Después de unos diez minutos haciendo fotos y mirando nos echaron. Regresé al hotel y estaba tan cansado que me tiré en la cama y me eché una siesta mañanera de dos horas. Cuando me desperté estuve tentado de bajar a la piscina y quedarme allí el resto del día pero recapacité y decidí no desaprovechar mi estancia allí. Me senté e hice una lista de las cosas que quería ver y con ella salí a la calle. En esta ocasión no llevaba mis botas Lowa sino mis cutre-playeras Moisés que te permiten cruzar los mares y los charcos y por primera vez llevaba a mis espaldas la mochila de la cámara, ya que hasta ese momento había salido con una Lowepro pequeña que me regaló el Moreno.

Primero tomé el monorrail hasta la estación de Maharajalela, al sur del barrio chino. Desde allí caminé hasta el templo de Sri Maha Mariamman, el hindú que me había saltado el día anterior. Como hay que dejar los zapatos en la calle y ya vi Slumdog Millionaire no quería entrar sabiendo que mis botas estaban fuera. Con las Moises me da igual, están más muertas que vivas. Aún así, pagué veinte céntimos a un pordiosero para que las cuidara. Entré descalzo, sintiendo escalofríos de pánico por las enfermedades que puedo encontrar allí. Ya comenté que por fuera la torre tan famosa del templo estaba cubierta de chamizo. Por dentro no anda mucho mejor, está hecho una mierda y fue una gran decepción. Mis cinco minutos allí no valieron para nada, salvo quizás para pillar alguna enfermedad que ni quiero ni necesito. Desde allí pasé por el Mercado Central y en el mismo le compré a mi madre una chuchería, un platito de recuerdo para poner en la pared del patio de su casa, que es particular. Tiene una colección con decenas de platos y si no se lo llevo, me amarga mis próximas vacaciones en Gran Canaria.

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Segundo día. Kuala Lumpur – 2

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Una vez terminado el paseo volví a la parada y esperamos unos quince minutos hasta que llegó el transporte. Allí conocí a unos brasileños que iban acompañados por un chileno y que el lunes seguirían camino hacia Java, lugar en el que pasarían diez días. La siguiente parada era en el Palacio Real, el Istana Negara y el guía nos dijo que esperarían cinco minutos para que hiciésemos fotos así que corrimos y disparamos sobre las rejas del edificio y los soldados de la puerta, unos pobres desgraciados demasiado vestidos para el calor que hace y que han de permanecer impertérritos mientras la gente se fotografía con ellos. El Palacio carece del glamour de los europeos. En realidad era la residencia de un hindú, construida para dar cobijo a su prole y se la vendieron al estado en 1959 y después pasó a ser la residencia oficial del Sultán.

Desde allí seguimos la ruta y me bajé en el Museo Nacional, un edificio muy folclórico. La entrada tenía un precio de risa, 2 RM o menos de medio euro. La verdad que se nota que los portugueses, holandeses y británicos arramblaron con todo lo que pudieron de este país porque tesoros hay más bien pocos. Al salir, como estábamos en la zona de los parques de la ciudad, me arriesgué de nuevo a caminar y traté de encontrar algo llamado el Monumento Nacional. El lugar es como un laberinto y pronto me perdí entre carreteras pequeñas que serpenteaban sin orden ni concierto. Unos musulmanes se pararon a preguntarme si yo sabía en dónde estaba el parque de las flores y les comenté que ni idea. Cuando di con el dichoso monumento, lo estaban restaurando o algo parecido y no había absolutamente nada que ver. Los guardias de seguridad que me indicaron el camino me lo podían haber dicho y ahorrado la sudada, que a esas horas seguíamos a más de treinta grados. Encontré un parque de pájaros muy interesante, cubierto con una inmensa red y que supuestamente es el más grande del mundo de este tipo y que decidí dejar para mi último día antes de volver a los Países Bajos y mientras esperaba el autobús aparecieron de nuevo los brasileños y el chileno y estuvimos hablando un rato. En el mismo lugar y detrás de nosotros, un montón de monos nos provocaban para que les tiráramos plátanos. Llegaban coches de cuando en cuando y desde las ventanas los chiquillos lo hacían para deleite de los mismos y de los monos.

Una vez en el autobús, me salté algunas paradas y me volví a bajar junto a la Catedral de Santa María para comenzar la caminata en el barrio hindú. El lugar se llama la Plaza Merdeka y es una enorme explanada en la que se jugaba al cricket en la época colonial británica. En la misma hay un enorme poste del que cuelga una bandera gigantesca de Malasia y allí fue cuando el 31 de agosto de 1957 se izó por primera vez para celebrar el nacimiento del país. En uno de los lados hay un edificio de estilo Tudor que es el Royal Selangor Club una especie de club en el que están apuntados todos los que son algo en el país y en donde se respira un ambiente de gran decadencia. Hay un par de museos pero aquel día uno no abría y el otro decía que habían movido la colección al Museo Nacional, el cual acababa de visitar. Después de pasear a lo largo de toda la plaza y hartarme a hacerle fotos al edificio de Session & Magistrates Courts (algo así como el Palacio de Justicia), diseñado por AB Hubbock y muy espectacular, por cierto llegué hasta una estación de tren y me sumergí en la Pequeña India. Cágate y méate por las patas pa’bajo. Fue un instante. En un momento estaba en un lado del tercer mundo y al siguiente estaba dentro de una película de Bollywood, con música hindú a todo meter, olores a curries y otras cosas que ni identificaba y una muchedumbre masificada que se movían como un bloque. Era una especie de mercadillo que se organiza los sábados por la tarde, algo llamado Pasar malam. Habían puestos de comidas que jamás creí posible y venta de todo tipo de morralla, todo con la música hindú a todo meter y la gente gritando en plan verduleras. El sitio agobiaba por la atmósfera y por los hindúes, que por alguna razón me dan mala espina y no me inspiran confianza (y la película Slumdog Millionaire no ha hecho mucho para mejorar esa sensación). Compré una botella de agua en un puesto. Valía 1.5 RM y le di al hijoputa hindú dos, un tío piojoso y sucio como él solo. El cabrón, me dio la botella, cogió el dinero y se puso a hacerse el loco mirando para otro lado y así no devolverme los cincuenta céntimos (o como quiera que se llamen). Le eché un mal de ojo y seguí porque no quería que me pusiera las manos encima.

Entre la multitud se movían tullidos y tíos con unas enfermedades asquerosas que se lanzaban sobre ti para que les dieras limosna y te sobaban todos. Vi venir a uno de ellos hacia mi y cuando hizo el ataque me eché a un lado limpiamente y casi se da una hostia. Me lanzó una mirada envenenada que se encontró con mis ojos mirándolo directamente a los suyos con más odio del que él transmitía y además con asco elevado a la undécima potencia. A partir de ahí presté más atención y después de dos calles ya me tocaban los huevos tanta chusma y gentuza y tanta suciedad porque en algunos rincones olía a cloaca que no veas. Mi objetivo era buscar el cine y hotel Coliseum, aparentemente muy famosos y con gran historia. No logré dar con el sitio. En la calle en la que estaba había una tienda enorme llamada Euro Moda que por supuesto solo vendía las cosas esas que se ponen las hindúes y que tenía la música a volúmenes de verbena de pueblo, con un montón de tipos por la calle con carteles haciéndoles propaganda. Los edificios tenían un aspecto colonial muy bonito pero el lugar en sí es muy agobiante. Después pasé junto a unos grandes almacenes que aparentemente son muy famosos entre los turistas llamados Sogo pero lo dejé para otro día y seguí el camino saliendo poco a poco del barrio hindú, el cual no me terminó de gustar. Paré en un sitio recomendado en mi guía, el Buharry, con nombre que en español suena a tío que le gusta que se la endiñen y me tomé un plato de comida con algún tipo de curry y langostinos acompañados por un batido de chocolate llenísimo de hielo y que estaba divino. Un poco más arriba en la calle estaba el monorrail y aproveché para ir de vuelta al hotel porque ya estaba cansado.

Me fui de cabeza a la piscina, descansé allí una hora y pico y después arrastré el portátil hasta el centro comercial Suria KLCC en las torres Petronas. Me compré otro batido en el Starbucks y me enganché a internet para llamar a casa y responder los correos. Paseé por los alrededores de las torres de noche y como en mi guía recomendaban un antro para comer por allí decidí hacerles caso y por sabelotodo elegí una especie de atajo que me llevaba junto a unos edificios de ruido infernal que son las torres de refrigeración de las torres Petronas. Acabé en un callejón oscuro e inseguro y opté por dar media vuelta, regresar a la calle principal (todo eso arrastrando el portátil) e ir al sitio por el camino convencional. Se llama Nasi Kandar Pelita, está cerquísima de la zona turística pero ahí no llegan los turistas y los locales comen y se ponen ciegos. Me pedí un plato con fideos y unos langostinos dopadísimos como ciclistas que estaban riquísimos y aunque me sablearon por ser extranjero, la comida me costó menos de cinco euros (y los locales pagan todos como dos euros de media).

Regresé al hotel caminando, ya que a esas alturas ya controlaba la zona muy bien y así acabó mi segundo día en Malasia.

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Segundo día. Kuala Lumpur – 1

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Mi primera mañana en Malasia me desperté bastante relajado y después de un montón de horas de sueño. El primer drama fue al afeitarme. Entre los sacrificios que hice para no venir con mucho equipaje estuvieron el dejar atrás mi cepillo de dientes Philips Sonicare y la máquina de afeitar de mega-diseño además de mi férula dental, que después de todo lo que me han traumatizado algunos con el agua de estas tierras decidí dejarla atrás por no tener que lavarla con agua de botella. La última vez que me afeité con Gillette fue en el año 2000 e incluso entonces no era muy bueno con ese sistema tan básico y prehistórico. De alguna forma me las apañé para cortarme el lóbulo de una oreja mientras me afeitaba, en un momento de despiste moviendo la mano de una zona a otra. Sangraba como un cerdo degollado y opté por ponerme un trocito de papel higiénico con pasta de dientes y así anduve todo el día, sin importarme las miradas de la gente.

Bajé a desayunar al restaurante del hotel y estaba de bote en bote. Como el resto de los clientes, me puse tibio a comida. Lo único que se echaba de menos es la carne de cerdo. Tenían una especie de beicon de vaca que ni es lo mismo ni es igual. Lo mismo se puede decir de unas salchichas con una pinta chunga que creo que son de pollo pero tienen mal color. El restaurante tiene el concepto de cocina abierta y en su interior los ayudantes del chef preparaban huevos fritos, revueltos y tortillas. Pedí unos huevos revueltos a uno que tenía pinta de no tener más de doce años, aunque como siempre he sido muy malo para calcular las edades de los asiáticos, igual es de veintiocho, tiene mujer y cuatro hijos. Lo que es seguro es que no llevaba mucho tiempo haciendo ese trabajo porque los huevos fritos que pidió una mujer antes que yo se le atragantaron y parecía incapaz de poder sacarlos de la sartén.

Con la barriga bien llena pasé por la habitación a recoger mi cámara y poner el resto en la caja fuerte. Me traje mi vieja bolsita Lowepro en la que malamente cabe la EOS 50D con el 24-70mm a punto de reventar y decidí que para ir por ciudad esa sería lo mejor. Fue una decisión muy acertada. Con el bochorno, llevar algo a la espalda es horrible. Pillé una de las botellas de agua que el hotel nos dejaba en la habitación, mi guía de viajes y salí a la calle. Eran pasadas las ocho y media y el golpe de calor casi me tumba. Caminé la distancia hasta las torres gemelas Petronas y para cuando llegué estaba sudadísimo. Busqué el mostrador en donde dan las entradas para visitar la pasarela pero ya se habían acabado, pese a que solo quince minutos antes habían comenzado el reparto. Opté por seguir haciendo fotos en los alrededores del edificio y completar las que tenía de la noche anterior.

Desde allí quería ir a la Menara KL, una torre de comunicaciones enorme con buenas vistas de la ciudad pero no tenía ni idea de cual era el camino y me apetecía caminar así que volví al hotel y allí me lo explicaron.Siempre que pueden los malasios evitan caminar y con las temperaturas y el clima que tienen, las calles parecen haber sido reparadas después de algún bombardeo. Están llenas de baches y parcheadas y los semáforos no tienen ninguna piedad de los peatones, te dejan esperando hasta el fin de los días y para cuando se ponen en verde, has de cruzar esquivando a los motoristas que ignoran completamente la señal de tráfico y siempre parecen a punto de matarte.

Según llegaba a la torre Menara KL me pasó un autobús rojo de esos para visitar la ciudad que te permite subirte y bajarte en cualquier lado y sobre la marcha decidí que era una buena opción. La torre está en una colina y desde la entrada te llevan en una furgoneta con aire acondicionado a la máxima potencia. Aunque mis guías de viaje hablaban de veinte RM (Ringitt) por la entrada, cobraban 38 RM, unos ocho euros y supuestamente incluían otras tres atracciones. Si solo querías subir a la torre no te lo permitían, has de comprar el paquete completo. Me dieron un cuestionario de satisfacción del cliente y me molesté en rellenarlo y despacharme a gusto con ellos. La Menara KL tiene unos cuatrocientos veintiún metros de altura, es la quinta más alta del mundo (en el grupo de torres de comunicaciones) y como suele ser habitual, hay un mirador y un restaurante. El ascensor te lleva a velocidad de vértigo y arriba te dan un audiotour que te dice lo que ves. Hice un montón de fotos aunque como está acristalada, muchas seguro que las tendré que desechar. Pregunté si había otro mirador, uno abierto, pero me dijeron que no. Yo he estado en la CN Tower de Toronto que sigue siendo la torre de comunicaciones más alta del mundo y en esa además de la planta acristalada puedes ir a otra en la que a través de un enrejado podías sacar la cámara y hacer fotos.

Al acabar bajé y entré en una especie de mini-zoológico que era una de las otras atracciones. De lástima. También tenían un parque “de invierno” que era más bien una feria de pueblo, pero de las malas y un simulador de Formula 1 pero sobre ese estaba escrito que en lugar de subirte a un coche y sentir la excitación de la velocidad lo habían cambiado por paseo en burro alrededor de la torre y efectivamente, fuera había varios tipos con burros esperando que nos acercáramos. Pasé ampliamente. Fui a la parada del hop-on hop-off y cuando llegó compré el billete. 38 RM por uso ilimitado durante un día. A diferencia de otras ciudades en las que lo he usado, aquí la frecuencia es cada treinta a cuarenta minutos. Dejé pasar varias paradas mientras hacía fotos desde la parte superior y me bajé en el Mercado Central, en plena Chinatown.

En ese punto quería hacer la caminata recomendada por mi guía Lonely Planets de Chinatown. Comencé en el mercado, un edificio muy exótico por fuera y en el que dentro estaba atorrado de puestos vendiendo recuerdos, camisetas y maletas falsificadas. Me llamó mucho la atención un lugar en el que tienen unos acuarios grandes llenos de peces y pagas por meter tus pies en su interior y que los peces te coman la piel a mordiscos. Supuestamente es sanísimo y todo lo que queráis pero daba un asco increíble y allí solo metían las pezuñas los chinos, que son los que aún no han descubierto la medicina moderna y siguen anclados en sus técnicas de hace tres mil años. Con mis retinas recuperándose aún de esa visión, salí a la calle e intenté picar algo en el Restoran Yusoof Dan Zakhir pero yo quería algo ligero y ellos querían endiñarme un plato entero así que pasé. Un poco más arriba estuve en Medan Pesar, lugar en el que se encontraba originalmente el mercado y del que ahora solo queda una torre pequeña con un reloj que se construyó para conmemorar la coronación del rey Jorge VI de Inglaterra. A los lados de esa explanada las casas son muy exóticas, pintadas en colores vivos, muy al estilo de la Isleta en Gran Canaria pero sin verduleras y noveleras en las ventanas. Seguí caminando e hice fotos de la mezquita Masjid Jamek pero no entré porque estaban en la hora de la siesta. Lo siguiente que vi fue el templo Sze Ya, un templo Taoísta que fue construido en 1864 siguiendo las instrucciones de Yap Ah Loy (si lo leéis rápido suena como el operador turístico alemán). Al parecer, el hombre este es el medio fundador de Kuala Lumpur. Su interior muy exótico y en la puerta unos cuantos pobres y miserables que dan más asco que lástima pero que al menos no te molestan. Desde ese templo seguí y entré en otro templo taoísta, el Guandi pero no era tan bonito e incluso los pobres de la puerta eran más hediondos que los del otro. Casi enfrente se supone que está la joya de los templos hindúes, un templo torre de 22 metros llamado templo de Sri Maha Mariamman que supuestamente es como una torre, espectacular. Lo que yo vi fue una estructura cubierta de chamizo, que más bien parecía estar a punto de venirse abajo. Llegué a la puerta y allí hay que dejar los zapatos y si quieres estar seguro de recuperarlos, mejor pagar al gandul que los cuida. A mí que un tipo que parecía más cerca de la muerte que de la vida ponga sus manos sobre mis botas Lowa no me atraía demasiado pero lo que ya terminó de decidirme fue el pordiosero con alguna enfermedad horrorosa en la piel que se había apalancado en la entrada bloqueándola y al que había que darle dinero para entrar o saltar sobre él. Decidí dejarlo para otra ocasión porque por muy chachis que sean los dioses hindúes, no se merecen esa mierda en la puerta de sus templos y ni la chusma rumana que rodeaba la catedral de Santiago de Compostela cuando la visité por última vez en el 2004 podían compararse con aquellos dos.

Seguí hacia JIn San Guna, un mercado cubierto en el que avanzaba aterrorizado entre patas, ojos y otras partes de animales mientras me voceaban chinos y yo me recitaba un mantra para ignorarlos y al final del mismo desemboqué en el mercado de Petaling, la calle más famosa de este barrio, un mercado en el que se puede comprar de todo FALSIFICADO. Te veías a los guiris pasando con sus falsos Armani, sus falsos Gucci, sus camisetas de marca falsa y los mercaderes trataban de llevarte hacia sus puestos para ofrecerte relojes, bolsos, trajes, gafas y lo que se tercie. Muchos de los extranjeros estaban como en éxtasis, alucinando con el lugar y tirando el dinero. Por allí cerca hay también varios RESTORAN, palabra que cada vez que la leo me recuerda a las verduleras de la Isleta, el barrio en el que me crié y que la decían mucho. Mi teoría es que alguna de ellas consiguió colocar un hijo en esas tierras de traductor y este se encargó de esparcirla por Malasia.

Para terminar el paseo por el barrio visité dos templos chinos más, el Chan She Shu Yuen y el Guan Yin, ambos cerca de la estación del monorail y con los mendigos tradicionales en la puerta. El segundo de ellos es ahora más bien una oficina en contra de la discriminación de las minorías china e hindú en el país.

Como esto se está extendiendo demasiado, lo termino por hoy aquí y mañana continuamos con la historia. El relato continúa en Segundo día. Kuala Lumpur – 2

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Primer día. Visitando las torres Petronas

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Después de refrescarme en la piscina no me apetecía hacer mucho pero como las torres gemelas Petronas están a cinco minutos andando del hotel y desde la piscina las veía tan imponentes, decidí ir a hacerles fotos de noche. Me duché, me vestí, me cubrí del producto ese radioactivo que me protege de los mosquitos pero me mata envenenándome lentamente y bajé a la recepción a preguntar por el camino. Me lo explicaron y no parecía demasiado complicado. Salí por la parte trasera del hotel, crucé la calle, avancé unos doscientos metros por otra, volví a cruzar y después de andar un poco más estaba en la entrada del Suria KLCC, un enorme centro comercial entre las dos torres. Hice fotos desde ambos lados y cuando me aburrí eché un vistazo a las tiendas aunque la verdad que los precios no tienen gran diferencia con los que se pueden encontrar en los Países Bajos, al menos en las tiendas oficiales. El sitio estaba abarrotado de turistas y locales y en aquel sitio puedes encontrar desde un Zara o Mango hasta un Tiffany’s o una tienda de Gucci.

Cuando me aburrí del paseo busqué algún antro para comer entre los múltiples restaurantes disponibles. Vi uno lleno de locales que ofrecía comida malaya de la que no tenía ni idea así que decidí probar. Aunque había un montón de gente esperando, el colega que asignaba mesa los ninguneó totalmente y me pasó y me ubicó en un sitio cerca de la cocina. Me dieron la carta y elegí una especie de menú con tres cosas de las que nunca había oído hablar y para beber pedí una lata de Coca Cola por aquello de mi aprensión al agua local, adquirida después de las historias de diarreas que me han contado todos mis amigos. Pasé del vaso con hielo y al poco me trajeron la comida. Cerca de mí habían dos tíos comiendo, con pinta de terroristas musulmanes y los cabroncillos hicieron un simpa. En un momento determinado, uno se levantó y fue como hacia el baño mientras el otro salía en dirección contraria diez segundos más tarde y usaron distintas puertas para marcharse. Para cuando los empleados se dieron cuenta ya era muy tarde y el que estaba de encargado les gritó todo lo que quiso y más.

Por mi posición yo veía lo que hacían los camareros y alucinaba en colores con la higiene. Uno de ellos, cuando servía postres, cogía las cucharas mojadas de una bandeja de cubiertos y con los dedos pulgar e índice las secaba al pasar la cuchara entre ellos. Después la ponía en el plato y salía tan contento. Otro usaba el dedo para limpiar las latas aunque se le pasó una y se la devolvieron por sucia, así que le pasó el susodicho y la volvió a mandar a la mesa. Las bebidas que no eran de lata se aguaban por sistema y les añadían algún tipo de sirope para darles más sabor.

Repetí una de las cosas que me pusieron y después me pedí un postre a boleo que resultó ser una especie de arroz con leche y algo más que no terminó de convencerme.

Después de comer busqué la salida para volver a mi hotel peor con el cansancio y que ahora era de noche andaba un poco despistado así que pregunté a una de las chicas de información y esta me aconsejó que fuera en taxi porque la zona es muy insegura. El taxista me metió una clavada equivalente a cuatro euros por un viaje que debería haber sido más corto pero que él para justificar la pasta me dio un rodeo del copón. Al parecer lo de los taxis que se niegan a usar el cacharro para medir el trayecto y prefieren parasitar turistas es uno de los problemas de por aquí. Tampoco creo que nos importe demasiado, con lo que valen los viajes no hay más problemas.

Al llegar al hotel, pensaba que tendría problemas en dormirme por la diferencia horaria pero caí muerto y me dormí prácticamente al instante. Supongo que el cansancio del viaje me pasó factura. Así pasaron mis primeras nueve horas en Malasia.

Puedes seguir con la historia en Segundo día. Kuala Lumpur – 1