Viajando a Manila

El relato comenzó en El comienzo de otro gran viaje

Como ha sucedido en un montón de viajes, Kuala Lumpur es el lugar perfecto para conectar con cas todos los países del entorno, mayormente gracias a Air Asia, línea aérea de bajo costo y que ha ganado un montón de años el premio a la mejor del universo, aunque imagino que después del avión que se les cayó el otro día no se lo darán en al menos dos años. Como cuando compré el billete no tenía nada claro lo que quería, elegí entrar al país por el norte. Ahora, sabiendo lo que sé, habría ido directo a Cebu o Kalibo, pero bueno, hasta los seres infinitamente superiores como yo pueden tropezar en una laja. Mi avión salía a las nueve, el desayuno del hotel a las siete y por tanto, me lo perdí y a las seis de la mañana caminaba a la estación de tren, la cual está a unos cinco minutos. Desde allí tomé el siguiente KLIA Express, que a esa hora son cada quince minutos. En media hora llegamos al aeropuerto y aproveché para desayunar. Air Asia vuela desde la nueva terminal, la KLIA2, la cual todos recordamos que inauguré el año pasado. El lugar ha cambiado un montón, con todos los negocios en pleno funcionamiento. Pasé el control preventivo de seguridad, crucé el Sky Bridge que ya hemos visto hasta en vídeos y bajo el que pasan los aviones, pasé el control de seguridad y me acerqué a la puerta desde la que salía mi avión. En ningún momento nadie controló mi mochila así que nunca llegaron a saber que llevaba un kilo más de los permitidos. Una de las cosas que me fascina de la compañía anteriormente mencionada es su puntualidad y a la hora prevista se produjo el embarque y la salida. El vuelo es de unas tres horas y media, aunque mirando en el mapa del mundo todos estos sitios parece que están uno al lado del otro, lo cierto es que hay kilómetros entre ellos. 

Desde el avión, pasamos por encima de cientos o quizás miles de islotes y atolones, lo cual nos recuerda que el Pacífico es totalmente distinto al Atlántico, mar de pocas islas y de menos islotes. En el medio del océano, aparecen anillos de arena rubia preciosos desde el aire. En un par de momentos hubo aviso de turbulencias pero no se llegaron a producir. Yo debo ser uno de los julays más agraciados por la suerte. Todos los años me hago una jartá de vuelos y nunca me pillan esos meneos terribles que muchos mentan aterrorizados y con lágrimas de cocodrilo en los ojos. Esperemos que la cosa siga así. El aeropuerto de destino es el de Clark, famosa base aérea estadounidense y que ahora se usa también para vuelos civiles con el aeropuerto rebautizado como Diosdado Macapagal International Airport. El nombre es muy pachanguero pero el aeropuerto es minúsculo. Salí del avión, pasé el control de pasaporte prácticamente sin decir ni pío. Pensaba que me pedirían prueba de la existencia del billete de salida y me preguntarían cosas o al menos eso le ha sucedido a otra gente pero lo que es a mí, cuando vieron que no tengo un iPhone como mis amigos ricos sino que soy uno de los del pueblo, me estamparon el pasaporte y seguí camino. En la puerta, taxistas gritando que no veas. Saqué dinero en un cajero, me fui al cutre bar de llegadas y me compré una botella de agua y un refresco. Pregunté y me dijeron que tenía que esperar por la guagua. 

Veinte minutos más tarde apareció una pero como nadie decía nada, le pregunté a los polis y me dijeron que era la mía, de la compañía Philtranco y que te lleva a la parte sur de la ciudad de Manila. Según mi libro, el billete vale 11 dólares. En la realidad, costaba seis leuros. Yo fui la única persona que se subió y pensé que aquello debía ser un negocio ruinoso. El resto de los pasajeros se montaron en jeepneys, una especie de evolución agitanada de los jeeps americanos estirados como el chicle y con toda la parte de atrás para que la gente se siente sin espacio alguno entre ellos  y viajar. Por fuera los hay muy pachangueros, tuneados al máximo Todas esa gente iba a una estación de guaguas cercana desde la que podían tomar guaguas a Manila. Resultó que nosotros también íbamos hacia allí y yo ya estaba dentro. La guagua se llenó hasta la bandera, después subieron vendedores de huevos de codorniz o algún otro tipo de pájaro, de chicharrones, de manices y de un montón de cosas más y el cobrador los echó, cerraron las puertas y salimos. El viaje fue de unas dos horas y media para hacer unos setenta y cinco kilómetros. El tráfico en Manila es terrible. De repente se cerraron los cielos y llovió lo qe no está escrito, se volvió a abrir y salió de nuevo el sol, se subieron algunos más pero mayormente la gente según entramos en la ciudad se iba bajando, sempre en paradas con nombres españoles como Cubao, Muñoz, Ortigas (sí, sin hache de lerdo), Bonifacio, Guadalupe, Buendia, Ayala, Magallanes, Libertad y similares. Cuando llegamos a la zona de la estación EDSA, me bajé y agradecí a todos los dioses del universo la existencia de los mapas de HERE en mi Güindous Fone. Desde allí hasta el hotel era un kilómetro y medio y la idea era ir en taxi pero finalmente, decidí aventurarme y fui andando, cruzando un mercado fascinante, viendo niños sin padres por las calles, mendigos y de todo, aparte de un tráfico estruendoso y una contaminación épica. Llegué a mi hotel, el Tune Aseana y tomé posesión de mi habitación sobre las cuatro y media de la tarde. Después me di un garbeo por la zona, me compré una tarjeta SIM de prepago y activé mi contrato de treinta días y 750 megas por seis leuros y medio y volví a agradecer a los dioses mi teléfono de pobre, ya que no tienen tarjetas nano para los ricos, con lo que los dueños de teléfonos amanzanados tienen que cortar la tarjeta si es que tienen una tijera o joderse. Me di un paseo por la zona del hotel pero estaba cansado de tanto meneo, el jetlag me tenía desquiciado y opté por cenar por allí, acostarme temprano, levantarme temprano y explorar Manila  por la mañana del día siguiente. Durante toda la noche, el tráfico no paró, los camiones no dejaron de tocar sus pitas, la getne igual y terminé poniéndome los tapones en los oídos. No quiero ni pensara como tuvo que ser para la gente que dormía en las plantas inferiores, yo estaba en la décima, la más alta del hotel. 

Así fue como añadí un nuevo país a la lista de aquellos por los que he pasado. 

El relato continúa en Callejeando por Manila y el salto a Puerto Princesa

Regreso a Holanda en año nuevo

Hay muchas maneras de pasar el primero de año y en mi caso, si no es en la playa, es en un avión regresando a Holanda o después de haber hecho lo primero, pues lo segundo. Este año, al volar con liberia, salía a las once de la mañana desde Gran Canaria y me tocaba estar en tránsito básicamente todo el día. Tenía que ir al aeropuerto sobre las nueve de la mañana y mi madre me dijo que a esa hora no hacía falta llamar previamente para pedir un taxi, así que no me preocupé y no lo hice y a las ocho, me levanté, duché, desayuné, hice mi maleta, la cual era básicamente veintiún kilos y medio de comida y cuando mi madre llama a su empresa de radio-taxi favorita en Telde, hilo musical durante minutos. Resultó que no tenían un solo taxi en la calle. Encontré otra empresa mirando en Internet, llamé y tras un minuto respondieron y dijeron que el taxi llegaba en unos diez. Apareció antes y el hombre me contó que en ese momento solo tenían tres taxis en la calle y estaban saturados. Me llevó al aeropuerto a toda prisa para aprovechar la ola de carreras y después de dejarme allí facturé mi trolley y pasé el control de seguridad en el aeropuerto de Gran Canaria, el cual está en la nueva y enésima extensión del aeropuerto que por supuesto no hacía falta pero que sirve para llenar las cuentas corruptas de políticos, arquitectos y mangantes habituales. Aún más vergonzoso es que el control de seguridad es el mismo que tenían en los años cincuenta, en los años veinte e incluso antes de la invención de la aviación comercial. Si en lugar de mangar el dinero o pagar a un arquitecto estrella hubiesen enviado un becario a Schiphol, podrían haber copiado un sistema espectacular y asombroso. A nadie le ha de extrañar que ningún aeropuerto español es elegido por los pasajeros como el mejor de Europa, obviamente, no somos lerdos y no votamos para inflar aún más el ego de arquitectos divos y preferimos los espacios pensados por y para los viajeros, que casualmente son los seres humanos que pasan por un aeropuerto.

liberia es-pres

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El avión llegó a su hora y pese al nuevo nombre, es más de lo mismo, básicamente, una versión empobrecida y ordinaria de otras compañías de bajo costo. Un retardado ha inventado el acceso por grupos que consigue colapsar toda la aeronave y hacer del embarque una pesadilla, así que nos tocó vivir esa pequeña película de terror. Yo iba sentado en la parte delantera y contaba con eso como ventaja por si llegábamos apurados ya que mi tiempo de conexión era de tres cuartos de hora. Como estaba totalmente determinado a evitar dormirme, me puse a ver mis episodios de mis series favoritas y a jugar con los dos jueguillos que me entretienen en estos días, Pet Rescue y God of LIght. Iba sentado en pasillo y al lado mío tenía una pareja que iban hacia Granada y que creo que eran estudiantes universitarios, ella era de esas que en otra vida han sido babosa o lapa y básicamente estuvo dos horas y pico sobre el cuerpo de su maromo, agarradita para que no se le escape. La lerda no había volado mucho y él le soltaba unas trolas camufladas como conocimiento avanzado con las que me partía de risa, mientras ella lo miraba como si fuera la mismísima Santísima Trinidad.

Tras el aterrizaje tardamos unos diez minutos en llegar a la terminal ya que la T4 está en el más allá. Todo el mundo sabe lo que pienso de esa mierda del copón pero como el blog es mío, lo repito. Yo arrancaría los brazos, las piernas, la lengua y los ojos al joputa que la diseñó y después lo ponía a trabajar en una bolera. Nos dejaron en el extremo de la terminal y mi avión salía exactamente en el otro extremo. Tiempo de recorrido según los carteles hasta el comienzo de las puertas K de CACA, nueve minutos. Añade los treinta que necesitas para cruzar los bloqueos ocasionados por la gente que quiere entrar en sus aviones ya que el arquitecto se pensaba que estaba construyendo un templo para el tocamiento de niños y no un recinto para mover rápida y eficientemente viajeros y tendrás que crucé de punta a punta arreando codazos y pisotones. A una que yo me sé y que le encanta y que tiene perfil en el CaraCuloLibro debería crear un grupo en el mismo llamado LaPutaMierdaDeLaT4 y seguro que consigue millones de amiguitos. Volví a flipar con los precios de la comida y la bebida en esa bazofia de aeropuerto. Si lo comparas con Schiphol, el nivel de vida de los holandeses es soberanamente inferior a los españoles ya que lo de pagar ocho y nueve leuros por un bocadillo en Holanda no se ve y en Madrid esos son los malos, con una loncha anoréxica de queso caducado y un pan duro que le han quitado a los pobres de algún hogar de acogida para revenderlo allí. Por suerte yo llevaba mi comidita ya que todavía me acuerdo de aquella vez que pedí un cortado en ese aeropuerto y estuve dos días con diarrea.

El embarque en el segundo vuelo fue igual de caótico y en esta ocasión yo formaba parte del contingente del grupo 2 y tenía asiento de ventana. El avión se separó de su cordón umbilical en hora pero después pasamos casi un cuarto de hora en pista esperando por el despegue.

Yendo hacia el norte pasamos cerca de los Pirineos, cubiertos de nieve y espléndidos. Si no puedes ver el vídeo anterior, prueba aquí. Yo seguí con mis series y mis juegos, aunque la segunda compresión después de la primera descompresión es siempre brutal y me entran unas ganas de soltar gas y matar a todo el pasaje y si tenemos en cuenta que mi madre me encochinó el día anterior con lentejas, pues ya os podréis imaginar. Cuando nos acercábamos a Amsterdam vi que íbamos sobre el mar y me temí todo lo peor, siempre y por desgracia acerté. Aterrizamos en la malvada Polderbaan, esa pista que está a ocho kilómetros del aeropuerto y que hace que aterrices y tengas que circular a velocidades de pena por pistas durante veinte minutos, cruzando sobre autopistas y aprovechando para leer tu correo y mandar mensajes, algo que obviamente no hacemos ya que no se puede activar la emisión del teléfono hasta que se abre la puerta y por descontado, todos esos sonidos de mensajes que oye todo el mundo son ficticios y realizados por algún bromista.

Los aviones del grupo liberia y Buelin aterrizan en el más allá, a veinte minutos andando del aeropuerto, en la terminal de pobres y zarrapastrosos y la esperanza era que en esa larga caminata, saliera mi maleta, pero no, aún tuve que esperar otra hora más y así básicamente pasé mi primera hora tras regresar a Holanda, caminando y codeándome con la tropa por un puesto ya que en la misma cinta sueltan todas las maletas de cuatro o cinco vuelos, todos de las compañías de cierto grupo al que pertenecen las dos mentadas al comienzo de este párrafo.

Con mi maleta ya en mi posesión, fui hasta el vestíbulo del aeropuerto, bajé a la estación de tren subterránea y me monté en el que me llevaba a Utrecht. En el viaje aproveché para hacer mis ejercicios diarios de italiano en Duolingo y así mantener mi racha de cincuenta y cuatro días sin dejar de hacerlos. Al llegar a Utrecht fui en guagua hasta mi casa y según entré en la misma, puse en marcha la calefacción y transvasé la comida al congelador, la nevera y la despensa, según los productos. Y así pasé el día de año nuevo, viajando, si contamos todas las horas invertidas, desde que me levanté hasta que entré en mi casa, fueron once horas y media.

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Otro de esos saltos gigantescos

Toda gran aventura que comienza con un gran viaje requiere un gran salto. En todas mis visitas al suroeste de Asia salvo en una ocasión, Kuala Lumpur fue el punto de entrada elegido y en este ocasión se ha vuelto a convertir en la puerta que traspaso antes de visitar algún otro país. Me gusta porque es una ciudad moderna y porque desde su aeropuerto hay más conexiones con los países circundantes con AirAsia que desde ningún otro y no os engañéis, si queréis viajar barato por el suroeste de Asia, AirAsia es una de las alternativas más seguras, tanto porque tienen una flota gigantesca como porque sus aviones ni siquiera están vetados en Europa, como le pasa a algunos de sus competidores.

El billete a Kuala Lumpur lo compré desde el verano del año pasado y de esa forma me ahorré un montón de pasta. Después, no fue hasta febrero de este año en que decidí cual sería mi destino. En el tramo final, Filipinas competía con Tailandia y con Malasia (la parte de Sabah) y me acabé decantando por Tailandia por el tifón filipino y las noticias sobre asesinatos de turistas e inseguridad en el otro lado. Una vez elegido el lugar, quedaba montar un esqueleto básico y para ello, opté por entrar por el norte del país y desde allí ir bajando hasta cerca de Bangkok. En esta ocasión no iré a las islas más al sur y me quedaré por el norte. Finalmente, para los últimos días opté por ir a Singapore y así ver la ciudad estado de una vez, que el año pasado estuve a punto de hacerlo y al final lo deseché y después lo lamenté.

Con todo decidido y los billetes para los vuelos comprados (uno con AirAsia y dos con Tiger Air, la línea de bajo costo propiedad de Singapore Airlines), pasó el tiempo y el viernes me tocaba volar.

Salí de mi casa sobre las tres de la tarde, una vez acabé de trabajar y fui en tren a Schiphol. Allí facturé mi mochila de cuarenta litros con siete mil trescientos gramos, es decir, he logrado reducir en una barbaridad el peso de lo que me llevo. Tras la facturación, pasé el control de pasaportes y me acerqué a la zona en la que debía esperar el avión. Me puse en una de las mesas con conexiones eléctricas para mantener mis dispositivos mágicos y maravillosos bien llenos de jugo de la vida y ahí esperé. Lo voy a volver a repetir por si algún día algún comemielda en el poder lo lee. Conseguir que los pasajeros voten a un aeropuerto como el mejor de Europa no se logra contratando al arquitecto más maricón o famoso para que haga unas nuevas pirámides de Egipto. No tienes ni que hacer un edificio bonito. Puede ser horrible, horripilante y horroroso. Lo único que has de hacer es dotarlo con las cosas que necesitan los viajeros, con un buen y rápido sistema de control de seguridad, con salas de embarque amplias y cómodas, con baños en su interior y en donde haya abundante espacio para sentarse, con un sistema simple y sencillo que hasta un lerdo truscolán puede entender sin perderse y con muchas tiendas, muchos bares y lo más importante, con muchísimos lugares en los que sentarte a descansar o a esperar y en donde hayan puntos de electricidad a mansalva porque en el siglo XXI (equis-equis-palito), las cosas más imprescindibles en nuestra vida necesitan recargar sus baterías con cierta frecuencia. Schiphol lo tiene todo y por eso es el mejor aeropuerto de Europa.

Como el vuelo era a un destino fuera de la Unión Europea, los controles de equipaje eran en la misma puerta de embarque, algo a lo que se tendrán que acostumbrar los truscolanes en su momento, ya que no ser ciudadanos de la Unión tiene esas cosas. En el avión, yo había seleccionado un asiento casi al final del mismo, ya que estaba seguro de que así no se sentaría nadie a mi lado y así fue.

Embarcamos y despegamos en hora. Turkish Airline fue la mejor aerolínea europea en el 2013 y el premio se lo dieron por algo. El espacio entre filas es espectacular. Hasta una persona con muñones en vez de piernas lo nota. Además, tienen un espectacular sistema de audio y vídeo y según despegan pasan las azafatas regalando dulces y dándote el menú para que elijas tu plato principal. La cena fue de rescándalo y en menos que nada llegué a Estambul. Esta vez el aeropuerto era el de Ataturk y por eso, el avión dio una vuelta por encima de la ciudad e identifiqué el chabolo de mi amigo el Turco desde el aire, los centros comerciales a los que vamos al cine y muchos otros lugares. Cualquiera diría que he pasado por Estambul con frecuencia … coño, si creo que esta es la octava o la novena vez que paso por allí …

En el aeropuerto, como tenía el tripazo lleno, busqué un baño y me eché una jiñada turca y así vacié la recámara de aire porque a mí volar me infla como a un pez tamborín. En el retrete parecía que estaba ensayando alguien de la sección de viento de una filarmónica. Mi segundo vuelo salía a la una de la mañana, hora turca y el embarque comenzó casi una hora antes. Fue muy rápido y de nuevo elegí un asiento casi al final de avión, también porque si hay algo que se es que la parte delantera está petada y en la trasera, con suerte no se sienta nadie a tu lado y tienes dos asientos como así fue. A mi alrededor, las cosillas que iba a necesitar. El flotador para el cuello, el antifaz para dormir, el iPad y una vez me quité los zapatos y me acomodé tapándome con la manta que te dan, estaba listo.

El primer avión era un Airbus A321 y el segundo un A330. Tras despegar, nos volvieron a dar dulces y también una cajita de metal fastuosa que en su interior lleva unos calcetines largos y cómodos, un antifaz, tapones para los oídos, crema hidratante para los labios y un cepillo de dientes con un poco de pasta. Estos detallitos son muy de agradecer y los terroristas musulmanes malayos que iban en el vuelo lo guardaron para regalar. Se me ha olvidado comentar que tuve un momento de pánico mientras esperaba porque el vuelo tenía código compartido con Malaysia Airlines. Pensé que igual era uno de sus aviones y con mi suerte y todos los males de ojo que me han deseado últimamente, pilotaba el primo-hermano del julay que desapareció el otro avión y éste repetía la hazaña. Cuando vi a la tripulación venir y comprobé que ninguno era asiático y todos parecían terroristas musulmanes pero de las cercanías de Europa, respiré tranquilo.

Fui al baño para vaciarme de líquidos y al poco nos dieron la cena, apabullante. Me encochiné nuevamente y cuando acabé me puse la almohada del cuello, el antifaz y así sin más caí muerto. Dormí entre seis y siete horas con un par de minutos despierto de cuando en cuando. Casi que prefiero estos viajes larguísimos, yo en los aviones duermo como un bellaco truscolán. Aterrizamos en Kuala Lumpur sobre las cinco de la tarde hora local. Yo me conozco el aeropuerto así que salí y fui directo al tren que te lleva desde la terminal satélite a la principal y después pasé el control de pasaportes, recogí mi maleta, bajé a la estación de tren y compré mi billete para Kuala Lumpur. Tuve que esperar diez minutos por el tren y tras media hora en el mismo llegamos a la ciudad.

En todos mis viajes anteriores (salvo una noche cuando fui a Taman Negara), elijo el triángulo de oro para quedarme pero esta vez pasé, la zona la tengo muy vista y lo único que quería era algo cerca de la estación de tren. Encontré un hotel muy barato y que estaba muy bien y fue salir del tren y en menos de cinco minutos estaba en mi habitación. Tras una purriada de años, han inaugurado un centro comercial enorme junto a la estación de tren y conectado con la misma y con el Monorrail. Más tarde fui por allí y encontré un sitio para cenar antes de retirarme a la habitación. Conseguí dormirme a las once y dormir de un tirón hasta las siete de la mañana. Así acabó la primera etapa de mi salto a Asia. Al día siguiente seguía camino y por la mañana iba a ser un poco de turismo por la zona antigua de Kuala Lumpur.

El relato continúa en De Kuala Lumpur a Chiang Mai

Otro fin de semana en Málaga

El año pasado mi primera escapada fue a Benalmádena para ver a la familia de mi amigo Sergio y este año repito solo que en esta ocasión hubo más suerte y coincidió con una visita de Sergio, con lo que asesiné varios pájarracos de un solo tiro. Todo el Sanedrín sabe que llevo unos veinte años yendo a Málaga a visitar a Sergio y su familia y a estas alturas ya hasta me consideran uno de los suyos. También sabemos todos que salvo por el año pasado, jamás he hecho turismo en la zona, ya que voy a ver a mis amigos y nos centramos en ese tipo de actividades. Cuando en algún momento de noviembre comenzamos a negociar la visita, existía la posibilidad de llegar el jueves por la noche y marcharme el domingo o simplemente ir de viernes a domingo. Evelyne, comentarista casual de esta bitácora y que sucede que es la hermana de Sergio me había sugerido la primera opción pero el dedo que debía completar la reserva se quiso de negar y finalmente elegí la segunda opción.

El viernes por la mañana me levantaba como siempre a las seis y pico y un poco antes de las siete ya estaba conectado a mi empresa desde mi casa y comenzaba a trabajar, haciendo eso que llaman trabajar desde casa. La razón era que al terminar la jornada saldría escopeteado para el aeropuerto y ganaba tiempo evitando los traslados. Entre las primeras cosas que hice fue mirar la página de Ryanair y al hacerlo me enteré que el día anterior había existido una huelga de controladores en Francia e Italia y entre los vuelos cancelados estaban los que iban a Málaga desde Eindhoven. Después hay julays que dudan de la manera en la que mi Ángel de la Guarda procura que no hayan demasiados sustos en mi vida, algo que está muy documentado en estos últimos once años y que por ejemplo quedó reflejado en Mi Ángel de la Guarda y Yo, Salvado por mi Ángel de la Guarda o incluso en Anda coño que mi Ángel de la Guarda es lo más y estos son solo los primero que encuentro sin hacer demasiado esfuerzo para buscar. De haber elegido la primera opción me habría quedado tirado y seguro que del disgusto envejezco al menos quince minutos y para nosotros los seres obviamente superiores que no incrementamos la edad eso no es nada bueno. Trabajé sin pausa y a las tres de la tarde salía escopeteado de mi casa, con la mochila prácticamente vacía ya que solo llevaba dos mudas de ropa, un cepillo de dientes, el iPad, el cargador y los cables y doce magdalenas preparadas con la variante de la receta del 2014, esa que substituye la leche por suero de mantequilla y a la que le añado media cucharadita de mi fabulosa mermelada de uvas de mi jardín o TRU-Blad, que es el nombre por el que la regalo a colegas, amigos y familiares. Fui en la Lapoya a la estación y después de aparcarla me acerqué al Leonidas a comprar chocolate para regalar. Con eso ya llené la pequeña mochila de treinta litros que elegí para esta escapada. Tomé el tren a Eindhoven y desde la estación la guagua número 401 que te lleva al aeropuerto.

Después de que lo renovaron, el aeropuerto de Eindhoven es de esos que están catalogados como de puro lujo María. No usaron un julandrón de renombre con ansias de Diva operística para poner cristaleras grandes y todo lo demás sino que optaron por crear un espacio eficiente y funcional para esos seres humanos que pasan por allí unas pocas horas cuando viajan, algo que aunque parezca increíble es el objetivo fundamental de un aeropuerto. Pasé el control de seguridd y mira tú como es la vida de misteriosa, resulta que Ryanair es la única compañía de billetes baratos en el universo que te permite llevar tu mochila y un segundo bulto, una cosa nunca vista en el bajo costo. El avión llegó veinte minutos antes de la hora prevista y salimos con cinco minutos de antelación. Como yo fui de los primeros en entrar, me senté en la punta de atrás para así poder salir de los primeros. El viaje no tuvo incidencias y llegamos a Málaga con veinte minutos de antelación. Al ir a aparcar, pensé que iba jodido y nos iban a poner con una pasarela pero no, hubo suerte y nos hicieron caminar por la pista. El aeropuerto de Málaga lo diseñó el mismo que complicó la tumba de Tutankamon y como siempre, me perdí buscando la salida o más bien, me la pasé porque las flechas te dicen que camines hacia adelante y la puerta está escondida en un lateral. Evelyne me esperaba en la zona de salidas y así comenzó el fin de semana del que no hablaré demasiado pero que tuvo un montón de comida.

El domingo por la mañana y aprovechando el precioso día que había me fui a caminar con la esposa de mi amigo Sergio por la avenida junto al mar, en dirección hacia Fuengirola. La única foto de este viaje que veréis (aparte de algunas de comida en ese otro lugar que todos sabéis) es la siguiente:

Fuengirola desde Benalmádena

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El domingo nos fuimos a las afueras de Málaga para almorzar en familia, con una multitud de diecisiete julays. El lugar es el Ventorrillo Santa Clara y nos encochinamos. Salí de allí en avanzado estado de gestación y a las seis y media me dejaban en el aeropuerto, en donde fui directo a la puerta de embarque. El regreso era con Vueling, compañía que evito como a los piojos porque suelen ser mucho más careros, o digámoslo claramente, no son de bajo costo para viajar o al menos no como yo lo hago. Los sesenta leuros que me costó el regreso es lo mismo que estoy pagando por un ida y vuelta a Riga, o a Estocolmo o a Bolonia regresando por Verona y mucho más de lo que pagué a Easyjet el año pasado para un ida y vuelta a Milán o a Roma y un ida y vuelta a Turin. La razón para ir con ellos fue únicamente de horario, ya que salían por la tarde/noche y así aprovechaba el día.

La señora ya muy mayor que se encargaba del embarque tenía delirios y pese a los ciento dieciseis años se jincó un tampón por el ojo del culo y la descentró muchísimo y nos dijo por micrófono que la gente que se sentaba entre las filas 15 a la última se tenían que poner en una fila a la izquierda del mostrador, los de la 1 a la 14 en otra a la derecha del mostrador y se lió todo porque al parecer lo que pretendía decir (esto es puramente teórico y quizás no sea cierto) era que quería una única fila con los que se sentaban atrás y el resto debía esperar, ya que cuando fue a los de la fila de la derecha les dijo que qué coño hacían allí si eran de los que se sentaban en la parte delantera. Cuando el holandés trató de explicarle que eso mismo era lo que había dicho en inglés, la mujer le empetó que ella no dijo eso y él estaba equivocadísimo, de la misma manera que Truscoluña es país desde mil millones de años antes de la creación del mundo y ha estado sometido a la esclavitud y el expolio de España. Todos nos tuvimos que cambiar de fila por culpa de la pollaboba y al menos ahorraron en calefacción ya que todo el mundo entró cagándose en la puta que jiñó a esa subnormal. El avión iba medianamente vacío y gracias a eso y no a la ineptitud de la colega salimos a tiempo. Al llegar a Holanda aterrizamos en el Polderbaan, o sea, en el más allá y tras veinte minutos llegamos a la zona de Schiphol reservada para los del grupo OneWorld y que está en las puertas de Bélgica, en el lugar más alejado de la salida del aeropuerto, con lo que tuve otros veinte minutos de paseíllo hasta llegar a la estación del aeropuerto y allí tomé el tren para Utrecht. En mi ciudad, busqué mi bicicleta y regresé a casa, llegando casi a medianoche. Y así fue el primer viajillo de este año.