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Viaje a trompicones a Nápoles

No hay dos viajes iguales y eso lo puedo jurar sin tener que cruzar los dedos porque cada uno lleva su historia. El fin de semana pasado fui a Nápoles y la aventura comenzó desde el día antes. El jueves, el KNMI o Instituto de Meteorología Holandés había previsto un par de centímetros de nieve, sin certeza absoluta y como algo que podía suceder y la empresa ferroviaria montó un drama de cojones, activaron la programación de hiper-mega-emergencia y los trenes se convirtieron en pendulares con trayectos cortos para asegurar el servicio. Visto el plan, ese día estaba un poco inquieto y opté por contratar un taxi con precio fijo al aeropuerto. Por la tarde después de trabajar me fui al cine en Amersfoort, ciudad con un centro muy bonito pero de la que no hablamos para que no se nos llene de turistas y truscolanes haciendo de mimos y caminando descalzos y tras el cine y alrededor de las nueve de la noche, me fui a casa. A esa hora fue cuando nevó, veinte minutos y dos centímetros más o menos. La compañía del taxi me llamó y me dijeron que en vista del horrendo temporal, el precio acordado no era válido y si quería ir con ellos me cobrarían tres veces más. Los mandé a llenarse el orto con un cipote grande como pepino dopado y reajusté mi viaje usando el tren. En lugar de levantarme a las cuatro y media de la mañana y salir de mi casa a las cinco, me desperté media hora antes y tomé el tren de las cinco a Schiphol, el primero y que hace la ruta por Hilversum. Dormí cuatro horillas y al levantarme, seguí mi rutina habitual mañanera con desayuno de magdalenas incluido y dejé tanto la lavadora como el lavavajillas programados para currar unas horas más tarde ya que el viernes venía la mucama a limpiar mi casa.

Llegué sin problemas a la estación de Utrecht cabalgando sobre La Lapoya, la cual se quedó allí y me sobró tiempo incluso para comprarme un capuchino y tomármelo en el tren. Salimos en hora y llegamos en hora al aeropuerto. Después pasé el control de seguridad, el cual en Schiphol es sin lugar a dudas el más eficiente y amigable con los pasajeros de Europa y me fui a la puerta de embarque.

Sobre las siete menos cinco nos subimos todos al avión y a la hora prevista cerraron las puertas, nos desconectamos del túnel de acceso y no salimos. Un cuarto de hora más tarde el piloto nos dice que hay que esperar unos veinte minutos porque hay problemas con las máquinas que quitan la nieve de los aviones. El nuestro llevaba una carga considerable de nieve que se había transformado en hielo. Tras ponernos en pista, media hora más tarde, tardamos un montón porque la cola iba muy lenta y era una procesión parada de aviones hacia un lugar determinado del aeropuerto.

Cuando finalmente nos llegó la vez, el espectáculo era fascinante, con cuatro cañones por avión echando chorros de agua a presión y supongo que descongelante y limpiándolos. Este proceso, normalmente lo hacen en ciento ochenta segundos pero no sé si por exceso de nieve o por falta de práctica gracias al cambio climático que nos ha traído tanto otoño, se pegaban unos quince minutos por avión. Al ir sentado sobre el ala, el vídeo que he hecho es un documento espeluznante y que por supuesto solo podrás ver en el mejor blog sin premios en castellano y el único que no practica lo del COPIAR y PEGAR.

Despegamos con cien minutos de retraso. Holanda estaba cubierta de una capa blanca que se iba a derretir más tarde y por lo que me han contado, ese día fue un desastre total y los trenes se cancelaban por cientos, así que dentro de lo que cabe, la legendaria suerte del Elegido y mi particular Angel de la Guarda hicieron bien su trabajo. Llegamos a Nápoles sin más problemas salvo el retraso debido a hielo en las alas y poca maña para quitarlo y en esta ciudad llovía. Al salir del avión me compré un billete de guagua para el Alibus en la tabaquería del aeropuerto para ahorrarme el leuro de más que te cobran si lo compras en el vehículo.

Fui hasta la estación de tren y desde allí, tras pasar por la oficina de información al guiri para que me dieran mapas y me explicaran lo que hay que ver, fui en metro hasta la parada de Dante, la más cercana a la pensión en la que me quedaba, el B&B Tecla. Lo elegí porque después de mirar lugares alrededor de la estación, todo el mundo hablaba mal de la zona y de la cantidad ingente de chusma y gentuza que hay. Puedo confirmar y confirmo que jamás en esta o en pasadas vidas vi tanto malaje en una zona tan concreta. En Nápoles las leyes italianas parece que no están en vigor y la gente fumaba dentro de la estación, dentro del metro, dentro de locales y donde les salía de la punta del nabo. Entre esos y los que iban a afanarte la cartera, el lugar es de cuidado.

En la pensión me recibió una chica que hizo el Erasmus en Chicharrolandia o eso que los no entendidos conocen como Tenerife. Me explicó de todo y además me advirtió que ni de coña saliera a la calle con la cámara al hombro porque era julay muerto al instante sin prisa ni pausa. Por eso, opté por poner la bolsa de la cámara en la mochila que llevé (la legendaria de treinta litros) y de esa guisa salí. Como por la tarde iba a llover una jartá, elegí un plan que aliviara este problema y que comentaré otro día porque hoy no tengo ni tiempo ni ganas de seguir escribiendo y así como quien no quiere la cosa me las he apañado para superar las mil palabras solo con los previos.

Aprovecho este pequeño rincón también para enseñar y comentar mi genial creación para proteger la mochila de la cámara de la lluvia, ya que aunque tiene protección, no está completamente sellada contra el agua y se limita a absorberla y evitar que pase al interior. Lo que hice fue pillar una bolsa, hacerle dos aberturas superiores para pasar la correa y crear un condón camaril. El sistema lo probé y usé masivamente el domingo, que fue el día en el que podía andar sin tener que ocultar la cámara.

El relato continúa en El museo arqueológico y paseando por debajo de Nápoles

Por sulaco

Maximus Julayus

8 respuestas a «Viaje a trompicones a Nápoles»

El video de lo de quitar el hielo del avión a mi no me funciona, dice que no encuentra la página en el servidor ???

Yo vi hacer eso en París y era alucinante, pero si que se pegaban un rato por avión. Lo hacían desde una especie de camión de bomberos.

tenía el https duplicado. Estos usaban 4 cañones, dos para cada lado, dos iban desde delante al ala y los otros dos se encargaban del alerón trasero y la parte desde el medio hacia atrás.

Por lo que veo y recuerdo parece el mismo,tipo de maquina, pero allí solo usaban un cañon y se tomaban su tiempo, pero lo,hacían con en avión en el finger. Justo antes de embarcar la gente.

Es curioso que los mismos aviones no tengan un sistema para derretir lo que tengan, sea hielo, algo así como en el cristal trasero los coches, no me parece nada difícil, en fin, algún motivo tendrán para no hacerlo pero podrían necesitarlo en pleno vuelo si se cargan de hielo, a ver que coño hacen entonces… 🙁
Salud

Genin, los aviones cuando vuelan no acumulan hielo en las alas, las velocidad del avión las limpia, Cuando vuela solo acumula hielo en el borde de ataque y ahí si que tiene un sistema para eliminarlo.

Solo acumula hielo en las alas cuando está en tierra, por eso hay que eliminarlo antes del despegue con esas maquinas.

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