Los vídeos del regreso a Holanda desde las Filipinas

Esta serie de vídeos que complementan la historia del viaje comenzó en Viajando de Manila a Corón en vídeo y si lo que quieres es leer el relato del viaje entonces tendrás que saltar a Cruzando China camino de Manila

No me puedo creer que me haya tomado hasta el diez de octubre acabar el repaso de los (cutre) vídeos que hice en las vacaciones en las Filipinas. Como siga degenerando, el año que viene empato un viaje de un año con el otro. Hoy llegamos al más espectacular, más dramático, más terrorífico y más brutal vídeo con movidas de aviones que se haya visto nunca jamás por el mejor blog sin premios en castellano. Este vídeo, que está compuesto de varios, ilustra lo que en su día narré en El regreso larguísimo casi eterno a casa, anotación que por supuesto os urjo a volver a leer, aunque tengo claro que la mayoría no lo hará por la desidia tan grande que hay en el universo y hasta en el mundo.

El vídeo no comienza despegando de Manila, ni aterrizando en China o despegando en China y aterrizando en China ni volviendo a despegar en China por segunda vez sino en el momento del aterrizaje en Frankfurt. La razón es que los chinos no permiten el uso EN ABSOLUTO de cualquier dispositivo electrónico en los treinta minutos que siguen al despegue o preceden al aterrizaje y conociendo como se la gastan, si te pillan, es probable que no regreses nunca jamás del país. Al llegar a Frankfurt, ya con la seguridad de estar en Europa, pude grabar como tomamos tierra. Después viene una secuencia que aún me hace temblar. Primero vemos el avión de KLM corriendo por la pista con alegría y cosa buena y disfrutamos con una escena entrañable en la que un Airus A380, la cosa esa enorme que es como un bloque de las casas baratas en la Isleta se acerca, pasa por delante y hasta lo vemos despegar. Una cosa bella y que te emociona hasta las lágrimas de cocodrilo. También se puede ver en este segmento un avión de Vueling, de esos en los que dejan tirados a los pasajeros que siguen allí, cultivando verduritas esperando que algún día les permitan volver, ya que todos sabemos de buena tinta que la lealtad con los pasajeros no está en la sangre de esa aerolínea con sede en truscoluña. Una vez en el aire, el aterrizaje es en una bellísima y verde y llena de agua Holanda, acercándome al aeropuerto por el lado sur de la ciudad de Amsterdam, por el villorrio conocido como Amstelveen. La música, no podía ser otra que la canción Happy Ending de MIKA. El vídeo, si por razones que no puedo creer no os aparece por ahí debajo, está también aquí:

Y eso ha sido todo, un viaje documentado con texto, con fotos y con vídeos. Y después se preguntan algunos por qué elegí el camino de no tener premios ni enmarronarme la lengua lamiendo culos, un blog es para disfrutarlo escribiendo y compartiendo y no para agigantar tu ego, algo que no necesito porque todo el mundo sabe que el mío es casi tan grande como un guisante.

El regreso larguísimo casi eterno a casa

El relato comenzó en Cruzando China camino de Manila

Mi último día de la segunda visita a las islas Filipinas era básicamente una jornada de espera hasta el comienzo de las veinticuatro horas de vuelos y esperas. Me levanté tarde, bajé a desayunar y apalabré con la recepción que en lugar de dejar la habitación antes de las doce lo haría sobre la una de la tarde. Después hice la bolsa con todo el mango seco y los recuerdos y la volví a hacer para que todo encajara mejor. Fuera, en la pequeña mochila, quedaron la cámara con su funda, el iPad y los cargadores. Pasé la mañana relajado en la habitación, escribiendo, mandando correos y preparándome para lo que estaba por venir. Sobre la una de la tarde bajé a la recepción mientras dejaba al chamo encargado de planta revisando la habitación y usaba el programa Grab para pedir un coche con conductor para llevarme al aeropuerto por cuatro dólares. Me mandaban la matrícula del vehículo y todavía le estaba deseando todo lo mejor … siempre … a la recepcionista cuando el coche llegaba. Entré y la siguiente media hora la pasé en el eterno atasco de tráfico que hay alrededor del aeropuerto de Manila, el peor comunicado por carretera del universo conocido. El avión salía de la Terminal 1, la destinada a la mayor parte de los vuelos internacionales y a la que solo se puede acceder con billete y tras pasar un control de seguridad en la misma puerta, con lo que la gente que va a despedir a otros les tiene que decir adiós allí mismo. Entré y es una enorme sala rectangular, con tres de los lados llenos de máquinas para facturar y solo un par de decenas de sillas en el medio para los cientos de personas que esperábamos y por supuesto, no se sabía en donde era la facturación de mi vuelo, así que me tiré en el suelo como todos los demás. Lo del concepto de los aeropuertos en las Filipinas se lo tienen que currar un rato porque lo tienen muy inmaduro. En un momento determinado me di un garbeo y veo un chamo poniendo las señales de China Southern en un sitio, así que me acerqué allí y me puse en la cola, en la que ya había seis pasajeros. Rizando el rizo del esperpento, en una sala con por lo menos cien mostradores de facturación, eligieron una esquina para todos los vuelos que salían esa tarde y así asegurarse el caos más absoluto. Al lado de los cuatro mostradores de nuestro vuelo había otro que iba a Singapur y en el otro lado de la esquina un vuelo de China Airlines que debía ser un avión con más capacidad que las guaguas de la línea 20 en la Isleta porque allí había miles y miles de julays y cada vez que entraba un viejo ancestral, lo ponían en una silla de rueda y lo colaban con lo que acabaron con una línea de diez sillas de ruedas que bloqueaba a todas las colas de los vuelos de las otras compañías. En eso que un chiquillo pequeño aparece de la nada gritando, alguien se lo entrega a uno de los de seguridad y él se marchó a buscar a los padres que no habían notado la pérdida de uno de sus treinta y seis retoños. Iba con todo el temor en el cuerpo pero la chica que estaba en facturación me dijo que mi bolsa, con sus nueve kilos, iba facturada hasta AMSTERDAM pero yo solo tenía tarjetas de embarque para los dos primeros aviones y el último me lo darían cuando llegase a ese aeropuerto. Pasé el control de inseguridad de risa absoluta y una vez en la zona insegura, fui a las tres o cuatro tiendas que había allí y me gasté los poco más de diez leuros que me quedaban en pesos filipinos. Después bajé a la sala de embarque y según descendías las escaleras, unos chamos te miraban los bolsos de mano y te decían que antes de entrar en el avión te tenías que tomar los líquidos. El avión llegó en hora y el embarque empezó más o menos a tiempo, solo que con cinco viejos en silla de rueda que andaban perfectamente, la cosa se retrasó un poco. Finalmente entramos al avión, cerraron la puerta pero el piloto nos dijo que teníamos que esperar quince minutos por congestión aérea en el aeropuerto de Manila. Llegado el momento, puso los motores en marcha y comenzó las maniobras. El primer vuelo era de dos horitas y media hasta Guangzhou, en China. Cuando pasaron con la comida las opciones eran arroz con pescado o pasta con cerdo y solo le quedaban dos raciones de la pasta, así que me sugirió que pillara el pescado y le dije que como no lo como, si no me quería dar la pasta, no comía y no pasaba nada pero la mujer se traumatizó y me dio su penúltima ración de pasta con cerdo, el cual estaba duro como piedra y no lo pude comer. El resto del vuelo transcurrió sin incidencias y llegábamos con hora y media para hacer la conexión al siguiente vuelo, que nos llevaba hasta Frankfurt, en Alemania. Llegamos al gigantesco aeropuerto de Guangzhou y perdimos un cuarto de hora aparcando y cuando se paró el avión, estábamos en el quinto pino. Nos habían dicho antes de aterrizar que la puerta de embarque para mi vuelo era la 205 pero mi tarjeta decía la A11. Al salir del avión, una pava china esperaba a pie de escalera con un cartel que indicaba Frankfurt 331. Me identifiqué como pasajero de ese avión, me encontró en su lista y me puso una pegatina en la camisa que decía 331. Bajaron otros pasajeros y nos fue poniendo pegatinas a todos. Éramos unos diez y pensábamos que nos llevarían directos al avión cuando la pollaboba nos dice que nos metamos en la guagua con el resto. Nosotros flipamos y le hacemos caso y la guagua nos lleva hasta la terminal de llegadas en un viaje que tardó más de diez minutos. Una vez allí pensamos que nos iba a llevar a la nueva puerta pero nos da las tarjetas de llegada a China y nos dice que tenemos que pasar el control de pasaportes para entrar en China. Algunos la miraban flipando pero como uno ya se conoce el tergal que se gastan por allí, rellené la mía y pasé el control de pasaportes y me pusieron un nuevo visado de veinticuatro horas en China. Después SALIMOS del aeropuerto y una vez en la calle, subimos a la zona de facturación y salidas y VOLVIMOS A ENTRAR en el aeropuerto, con lo que estuve nuevamente en China. Nos puso en la cola para control de pasaportes de los VIP pero había tanta gente que tardamos una media hora. Para cuando todos la habíamos cruzado, allí delante había un julay con un cartel que decía ÚLTIMA LLAMADA CS 331 FRANKFURT y la puerta A11. Salimos todos corriendo como locos hacia esa puerta y al llegar hay dos chinos histéricos que nos toman las tarjetas de embarque pero no hay vehículo para llevarnos al avión, con lo que esperamos cinco minutos hasta que aparece una guagua para nosotros y después diez minutos de recorrido en el aeropuerto para llevarnos más o menos al mismo lugar en el que aterrizamos, solo que junto a un edificio en el que había pasarelas y una tenía un 205. Salimos en la pista y desde allí subimos y entramos al avión, petadísimo de chinos y algunos extranjeros. Fuimos los últimos en entrar. Las azafatas chapurreaban muy malamente el inglés y me dio la impresión que la tía dijo que el vuelo duraba como una hora, algo que no me cuadraba. En el avión no nos ponían ni mantita, lo que me dio que pensar que las líneas aéreas estas chinas son rastreras que no veas. Despegamos, media hora esperando para poder usar el iPad porque está prohibido y la azafata me veía y cuando finalmente se puede, dicen como que van a dar un servicio de comida en cinco minutos y después hay que sentarse para aterrizar. Cuando la tía me da mi bolsa de manices le pregunto y me confirma que estamos ya aterrizando. Esto no estaba en mi billete y yo no tenía ni puta idea de lo que estaba sucediendo allí. Tomamos tierra con un aterrizaje épico en el que el piloto casi consiguió reventar el tren de aterrizaje del avión y nos dicen que todos tenemos que salir del avión para pasar control de pasaporte. No necesitaba ni las gafas TresDé para alucinar en seis dimensiones pero cogí mis cosas y me pongo en la fila. En la pasarela decían en Chino e inglés que si ibas a Frankfurt te pusieras en la cola de la izquierda y el resto en la de la derecha. Al parecer aquel vuelo era una parada programada en un aeropuerto que después, tras guardar las coordenadas, averigué que era el de Changsha Huanghua International Airport. Éramos unos ochenta extranjeros y tuvimos que rellenar una tarjeta de salida del país, pasar un nuevo control de pasaporte y después esperar una hora en una sala de espera hasta que nos dijeron que regresáramos al avión. De las casi trescientas personas, los chinos habían desaparecido y solo quedábamos los cerca de ochenta extranjeros, con lo que todo el mundo pudo pillar al menos dos asientos y muchos se cogieron la fila del medio entera. Ahí sí que la azafata dijo o intentó decir que el vuelo era de once horas y media y despegamos. Nos dieron la cena y todos nos buscamos la posición para dormir. Me sorprendió de la aerolínea China Southern lo poco curtidas que están las azafatas, lo antipáticas que son y lo mala que es la comida. El vuelo comenzó con un festival de turbulencias que no paró por lo menos en las seis primeras horas de vuelo con lo que dormimos despertándonos de cuando en cuando por los saltos que daba el avión y los cambios de velocidad que hacía. Para cuando me desperté y ya no podía seguir durmiendo estábamos justo encima de Moscú. Después me dediqué a ver episodios de mis series favoritas hasta que nos dieron un cutre-desayuno y nos obligaron a apagarlo todo para la media hora final. Aterrizamos más o menos en hora en Frankfurt y al salir del avión, pregunté a una pava y me dijo que tenía que pasar el control de pasaporte y después ir a la zona del aeropuerto para vuelos comunitarios. Lo hice, encontré una máquina para imprimir mi tarjeta de embarque y tenía que esperar casi cuatro horas así que encontré una butaca decente en un rincón tranquilo del aeropuerto y me puse a esperar. A mi lado, una de las parejas que venía conmigo desde las Filipinas eran unos holandeses que hacían la misma ruta que yo. A la hora que debían, anunciaron el embarque para nuestro último vuelo, en este caso con KLM. El avión era un Embraer, no muy grande pero petado hasta la bandera. Entramos en hora, cerraron las puertas y el piloto nos dijo que teníamos que esperar unos minutos hasta que le dejaban encender los motores. Después nos pusimos en movimiento y yo estaba grabando el vídeo del despegue, el cual tengo. Delante de nosotros, veo un Airbus A380, el mega-jumbo ese enorme y lo grabo ponerse en pista y despegar. Pasan otros aviones y nos llega el turno. El piloto dice que despegamos, comenzamos a correr por la pista y de repente, el tío frena en seco. Te da un mal rollo que no veas y te temes todo lo peor, siempre. Nadie dice nada, pasan casi dos minutos y de repente el tío arranca y coge carrerilla y despega. Cuando estamos en el aire, coge el micrófono pero no para hacerse un karaoke y nos cuenta que tuvo que abortar el despegue porque un avión en otra pista estaba descentrado y el ala de la misma ocupaba el espacio de nuestra pista, con lo que existía riesgo de colisión. Según el piloto, tanto la torre de control como él vieron el problema y por eso se abortó el despegue. También dijo que era algo raro pero rarísimo como encontrar un país llamado truscoluña que jamás fue nación y que era la primera vez en su vida que le sucedía y que esperaba que fuera la última. En el avión nos dieron un aperitivo y tardamos unos cincuenta minutos en llegar a Amsterdam, a MI CASA, o prácticamente. Después de aterrizar, salimos y fui hacia la cinta de recogida de equipaje. Allí éramos tres, la pareja holandesa que venía desde Manila y un servidor. Nos preguntamos si nuestras maletas llegarían y ninguno teníamos fe. En la pantalla informaban que el equipaje tardaría unos quince minutos en llegar así que esperamos contándonos nuestros respectivos viajes. Finalmente, la cinta se pone a moverse y tras una eternidad, sale un bolo y el chamo grita emocionado que es el suyo, en segundo lugar aparece mi bolsa y en tercer lugar, la maleta de la chama y la cinta se para. Ese fue todo el equipaje facturado en aquel avión y aunque parece increíble, nuestras tres maletas fueron de Manila a Guangzhou, de allí a Changsha, desde ese lugar a Frankfurt y finalmente saltaron a Amsterdam y lograron hacer todo eso sin perderse. Los tres flipamos en colores. Salí para ir a la estación de tren subterránea que hay en el aeropuerto y me monté en el siguiente tren que salía hacia Utrecht y una vez en la estación central de mi ciudad pillé una guagua para ir a mi casa, a donde vine llegando unas veintiocho horas después de salir del hotel en Manila y fue entrar en mi casa, encender el ordenador de la oficina y ponerme a trabajar media jornada mientras mi lavadora se aseguraba que todo la ropa no tenía ningún tipo de bicho con un lavado a sesenta grados y así más o menos fue como acabó mi segundo y fabuloso a la par que fantástico viaje a las Filipinas, mi país favorito del sureste de Asia, algo que puedo afirmar y afirmo después de haberlos visitado todos salvo Laos, que no tiene playa y no me interesa lo más mínimo.

El Deutsches Museum y regresando a casa

El relato comenzó en Regresando a Munich

El último día en Munich comenzó a las nueve de la mañana haciéndonos el segundo Virtuditas, aunque si tenemos en cuenta que nos acostamos casi a las tres y tras tomar una cantidad de alcohol dantesca, tiene mérito. Desayunamos, dejamos las mochilas en el hotel y nos lanzamos a la calle. Mi amigo me pidió que no andáramos mucho porque no tenía el cuerpo para esos trotes y nos lo tomamos a la ligera, o sea, pasear por el centro y tan pronto fueron las once, ir a un bar a beber. Después regresamos al bar de los fans del FC Bayern München y allí a la chita callando, me bajé un litro de cerveza y mi amigo litro y medio. En el bar solo estaba el dueño/camarero y un grupo como de rumanos que jugaban sin parar en una tragaperra. El hombre nos confirmó que hay muchísimos más frikis que van allí con frecuencia y charlamos un rato con él. También le preguntamos por los sirios ya que ambos nos acordábamos de aquellos reportajes en la tele y la prensa con cienes y cienes de presuntos terroristas-musulmanes y no vimos uno solo en todo el fin de semana. Nos dijo que según pasó la fiebre mediática los mandaron tan lejos de la ciudad como pudieron y se aseguraron de que no puedan encontrar su camino a la misma. Sobre la una y media de la tarde mi colega regresaba a su casa en tren así que pasamos por la estación y nos despedimos, jurándonos por Snupi y hasta por las bragas más sucias de Mafalda que el año que viene nuestros caminos se cruzarán en Berlín. A mí me quedaban unas horas y quería visitar el Deutsches Museum, que al parecer es uno de los mayores museos de Alemania.

Munich desde el Deutsches Museum

Este museo, al parecer, es el más grande del mundo y del universo conocido en lo relativo a ciencia y tecnología. El museo está en una isla en el río Isar, que es el que pasa por la ciudad y del que yo jamás había oído hablar por culpa de mi ignorancia superlativa. Este río desemboca en el Danubio. Entre las cosas flipantes que tiene el museo está la sección de minería, con una mina hecha por debajo del museo por la que caminas. Tremendo pasote. También tienen una reproducción de las Cuevas de Altamira con lo que ya me puedo ahorrar el viaje a la original, si es que se puede entrar por allí.

Submarino en el Deutsches Museum

En el vídeo anterior, camino junto a un submarino que han abierto como si fuera una lata de sardinas para que los seres humanos privilegiados como yo puedan verlo. Cerca del final del vídeo, en la punta de delante del trasto está el trono, el retrete para los jiñotes. El vídeo está reproducido al doble de la velocidad a la que fue grabado.

Munich desde la azotea del Deutsches Museum

En la primera foto de esta anotación, que es un panorama, ya se puede ver la ciudad desde una terraza en la azotea del museo y en el vídeo que precede a este texto, tenemos más de lo mismo pero en movimiento. Además se puede ver el fabuloso día, con sol y nubes, aunque en lo relativo a temperatura, estábamos a unos seis grados.

Cray 1

En la sección dedicada a la historia de los ordenadores tenían un Cray 1. Por supuesto, a vosotros los seres inferiores esta palabra con número no os dice nada pero os puedo asegurar que a todos mis amigos cejijuntos y a un servidor nos la pone morcillona al instante. En años pasados seguramente mejores, hablar del Cray 1 era soñar en ovejas eléctricas. Esa máquina se usó para hacer los efectos especiales de Tron y yo todavía la veo y lloro de emoción. Para poner en perspectiva el trasto, decir que un iFone 5s como el de mi madre tiene una potencia unas mil veces superior con lo que mi madre se podría montar una película muchísimo más fabulosa y ni siquiera tendría que usar el teléfono para los efectos especiales todo el tiempo, los podría hacer en los intermedios de los programas de gritos de Telajinco que tanto le molan. Si no llega a ser porque había un montón de gente en el museo, me toco allí mismo y le dejo mi ofrenda al Dios de los bitios y octetos.

Estuve en el museo casi tres horas antes de ir al aeropuerto, en el que me quedó tiempo para cenar y en lugar de cerveza, optar por algo más mundano como las bebidas azucaradas. El avión volaba casi a las nueve de la noche y al llegar al aeropuerto tenía un problema muy específico. El hotel en el que nos quedamos estaba bien y era super-céntrico pero en lo relativo a las paredes, optaron por el papel de cebolla y podías oír perfectamente lo que sucedía en las otras siete habitaciones de la planta. Eso me echaba un montón para atrás con el JIÑOTE, el mayor acto de creación que puede hacer un humano y por eso, desde que llegué a Múnich el viernes, estaba de sequía. El domingo por la noche, el peso y la presión eran tremendas y según pasé el control de inseguridad, me busqué un baño para pujar y traer al mundo a mi pequeño gran germano. Tenía tanta mierda dentro que estaba como estreñido y por más que lo intenté, no salió ni la cabecita, así que me puse a andar por la terminal durante media hora para que cogiera la posición correcta, volví a un baño y cuando ya me iba a rendir, se produjo el gran milagro y tupí el retrete, con lo que me mantuve en el baño hasta que no había una multitud por allí para que no asocien mi cara con la del pedazo de regalo que dejé en el retrete.

Esta parte del viaje era la más crítica ya que a partir de las diez y media de la noche, solo hay dos trenes más en dirección a mi casa desde Eindhoven, uno a las once y el último a las once y media, y la hora de aterrizaje prevista en Eindhoven era a las diez de la noche, con lo que si acumulábamos una hora de retraso, ni de coña hago la conexión. Por suerte, la aerolínea era transavia y no vueling, compañía que considera una ofensa imperdonable con sus clientes el no añadir al menos una hora de retraso a sus vuelos. El avión llegó diez minutos antes de tiempo y salimos en hora, aterrizando en Eindhoven a las diez menos cinco. Pillé la guagua a la estación y llegué allí con seis minutos para la conexión con el tren de las diez y media. Al llegar a Utrecht no tenía una bicicleta en la estación como es habitual y por leyes del capullo de Murphy, perdía la conexión de guagua y tenía que esperar quince minutos por la siguiente más el tiempo que tarda en ir a mi casa así que cambié el plan, fui en tren hasta la estación que está a un kilómetro y pico de mi casa e hice el último tramo andando y viene llegando a ese lugar hipotecado que llamo hogar más o menos a la hora que debería haber salido la guagua desde la estación central de Utrecht. Así fue este increíble y alcohólico fin de semana en el que comí solo carne de cochino y tomé tantos litros de cerveza que no tengo dedos suficientes para contarlos.

La próxima parada en mi gira continua por el mundo será en Gran Canaria.

Paseando, comiendo y bebiendo por Munich

El relato comenzó en Regresando a Munich

El sábado nos levantamos a las nueve de la mañana haciendo un Virtuditas total ya que ambos conocíamos la ciudad. Pese a que temía que la resaca sería épica y legendaria, estaba más o menos fresco, algo que hay que agradecer a las excelentes cervezas alemanas. Después del desayuno nos lanzamos a la calle y caminamos sin rumbo fijo por el centro de la ciudad. Curioseamos en St. Michael Kirche para ver si identificábamos al presunto tocador de niños y charlando despreocupadamente llegamos frente al Neues Rathaus:

Frente al Neues Rathaus en Munich

Dimos un par de vueltas por la zona haciendo tiempo, visitamos el punto de información turística y esperamos a que fueran las once de la mañana para ver el carillón en marcha, algo que solo sucede el sábado y el domingo a las once y las doce. En el fabuloso y fantástico vídeo anterior se puede ver a la gente esperando y el edificio. Ese vídeo lo hice con la micro-nano cámara de cincuenta leuros que me compré para llevarme a Asia y meter debajo del fondo marino del agua del mar, aunque últimamente va conmigo a todos lados y es muy apañada.

Glockenspiel del Neues Rathaus en Munich

Lo que sucedió después fue lo que se puede ver en el vídeo anterior y en este caso tenemos el terrorífico sonido original. La coña esa dura como tres o cuatro minutos en total, es un desespero y por eso el vídeo está requete-cortado y editado para ver que se oye algo y se mueven cosas, primero en un piso de la torre y después en el otro. En este caso, usé mi cámara de fotos con ese objetivo que consigue todos los meses ser la foto más popular del mes en mi flickr e hice el vídeo con la misma aunque con el peso de la cámara y el objetivo, pronto me cansé.

Resultó que lo que los alemanes hacen después de eso es empezar a beber y a comer y en la misma plaza está el Donisl, famoso por sus salchichas blancas que hay que comer antes del mediodía o eso marcaba la tradición antes de que se inventaran las neveras y los conservantes.

Weisswurst

Nos jincamos cada uno dos salchichas de esas con un pretzel y una mostaza dulce que estaba del quince y hasta del dieciséis y que la próxima vez que hagan la semana alemana en el Lidl, como la vendan voy a aprovisionar para sobrevivir seis meses por lo menos.

Callejeamos un montón visitando lugares en los que ya había estado la vez anterior, riéndonos de la gente y disfrutando de la ciudad en temporada baja. Mi amigo nunca había visitado la Asamkirche así que se la enseñé y flipó en colores y tres o cuatro dimensiones. Estuvimos en un mercado y en un montón de lugares y finalmente fuimos en metro a la zona olímpica.

Olympiapark Mu?nchen

Allí subimos al pirulí olímpico y tenemos otro documento único para alucinar. En el vídeo hay dos segmentos. Al principio tenemos la vista desde el pirulí, llamado Olympiaturm, se puede ver debajo uno de los estadios olímpicos y el parque y a lo lejos la ciudad. Después y por medios mágicos, el punto de vista cambia y estamos en la parte más alta del parque, también mirando hacia el estadio y la ciudad. Es en esa segunda parte cuando me acerco a un julay que hace fotos y que resulta ser mi amigo alemán con lo que hay un documento estremecedor y terrorífico de un alemán en su medio ambiente natural.

Olympiaturm

Desde el nivel del suelo le hice una foto al Olympiaturm para que quede constancia del lugar al que subimos, por suerte en ascensor a una velocidad de siete metros por segundo.

BMW en Munich

Desde el Olympiaturm también hice la foto anterior del complejo de la BeMeTa o la compañía BMW para aquellos que no fueron privilegiados con su nacimiento en las Canarias. Los más asiduos recordarán las fotos que hice del edificio en el relato de mi primer viaje a la zona.

Caminamos un montón por la zona y cuando nos cansamos, regresamos al centro y fuimos directos al Hofbräuhaus en la segunda y espero que no la última visita en mi vida. Por supuesto, en un sitio así, uno va a privar:

Hofbräu Original

Como quien no quiere la cosa nos bajamos dos litros de cerveza y ni recuerdo la de veces que fui a mear. Optamos por no comer porque había un partido de fútbol que mi amigo quería ver y puesto que conocíamos un bar de fans, queríamos verlo allí.

Hofbra?uhaus Mu?nchen

Claro, este es el mejor blog sin premios en castellano y por eso tenemos cosillas como el vídeo anterior, estremecedora escena cuando dejábamos el local con el sonido original y en el que se puede ver una de las múltiples salas del Hofbräuhaus petadísima de gente y algunos hasta me saludan. Cuando entramos había una banda típica tocando algo que al parecer era música pero no se me ocurrió grabarlo y cuando nos fuimos ya hacía como una hora que habían acabado. la camarera que nos atendió se merece su propia categoría y blog propio pero no le hice foto, algo que lamentaré los próximos diez o quince minutos. Tenía lo que solo se puede definir como dos tetas como dos carretas y una especie de corsé que se las ponía a la altura de la mandíbula. Ella además usaba el corsé y las tetas para llevar las facturas y con los dos brazotes que portaba, llevaba sin que se le cambara la peluca hasta doce cervezas de un litro con su vaso pesadísimo de un solo tirón. Esa te arrea un moquetazo y te empotra contra una pared de hormigón y ni suda. Vamos, a ver si hay presunto tocador de mierda que tiene los cojones para ir a la chavala y rozarla.

Viendo un partido del FC Bayern Mu?nchen en un bar de fans en Munich

Dije que fuimos a ver el fútbol y por supuesto, hay un documento que podría ser parte de una película de terror y que por si no os aparece, el vídeo está aquí. Son dos segmentos encadenados con el sonido ambiente grabados durante el partido. Había un montón de frikis espectaculares en el local y el alcohol circulaba en cantidades escandalosas. Está claro que Mahoma o el capullo de su Dios entra en el bar y ambos caen muertos al instante del disgusto tan grande que se llevan. Desconozco lo que bebí pero vamos, añade otros dos litros a la cuenta, quizás dos y medio.

Al acabar el partido y vaciar las vejigas, fuimos a cenar y seguir bebiendo al Weisses Bräuhaus, uno en el que no había estado la vez anterior y que forma parte del grupo de cervecerías con tienda propia en el Oktoberfest.

Schneider Weisse

Estaba lleno hasta la bandera y en la puerta controlaban la capacidad y como en todas las cervecerías de la ciudad, compartes mesa y nos acoplaron en una en la que en un extremo había una pareja de mediana edad y una joven y por el otro lado otra pareja ya más pasadita. Para no perder el ritmo inmediatamente comencé a beber Schneider Weisse, una auténtica delicia.

Portion Schweinshaxe en la Weisses Bräuhaus

Para cenar elegí una Portion Schweinshaxe que era un trozo enorme de carne de cochino con hueso y todo y bañada en salsa y con una bola que parece una papa pero que es como gelatinosa. Cuando uno lleva los litros de cerveza que yo llevaba, lo de hacer la foto es un milagro y que a nadie le extrañe que no saliera enfocada. Ni siquiera el julandrón presidente de la empresa de la manzana mordida hace fotos enfocadas con su dispositivo mágico y maravilloso y yo lo que tengo es un teléfono güindous de cien leuros para los pobres.

Después de encochinarme en la Weisses Bräuhaus

Para que ni mi madre ni otras lenguarazas que comentan por aquí digan nada, mi cerebro en modo automático fue capaz de disparar la cámara para tener constancia de que lo único que quedó en el plato fueron los cubiertos y el hueso. Resultó que la pareja con la joven eran de la misma zona que mi amigo, de los alrededores del lago Constanza y conocían a uno de sus compañeros de trabajo así que terminamos hablando y bebiendo con ellos hasta la medianoche. Desde allí regresamos como buenamente pudimos al hotel, con mi amigo muchísimo más pasado que yo y seguimos hasta casi las dos y media de la mañana bebiendo en el bar del hotel. Probablemente he batido mi récord de ingestión de alcohol en un periodo de veinticuatro horas y dudo mucho que supere esa marca en toda mi vida. Mi amigo estaba mucho peor que yo.

El relato termina en El Deutsches Museum y regresando a casa