Copas con glamour

Este fin de semana salimos de copas el sábado. No estábamos para muchos ruidos y humos así que pensamos en algo tranquilo en donde poder sentarnos a beber y hablar unas horas. Nuestra primera opción, fue ese sitio que se ha hecho famoso por historias tan legendarias como el francés (que deberíais leerla si aún no lo habéis hecho). Consternados comprobamos que han cerrado por vacaciones. Nos planteamos el retirarnos ya que las otras opciones son más bullangueras, pero al final, hacemos de tripas corazón y decidimos buscar antro nuevo. Nos acordamos que al lado de uno de los cines hay un sitio oscuro y con buena pinta, siempre lleno de gente mayor y con billares. El chino se pensaba que yo picaría y echaríamos unas partidas. El pobre, algún día tendrá que aceptar que yo soy campeón en la PlayStation 2 y que si no es virtual, a mí el deporte no me interesa.

Nos teletransportamos al sitio en cuestión y efectivamente, estaba lleno de gente ya madura y un ambiente relajado, sin música estridente. Tienen una chimenea enorme y el fuego estaba encendido, con lo que nos pusimos en una mesa próxima al fuego y también cercana a dos viciosillas que no pegaban en aquel lugar y que por el tono conspiratorio posiblemente estaban disertando sobre las diferencias en grosor y tamaño de las venas de sus cipotes respectivos. Las aludidas se sintieron incómodas desde que nos vieron llegar y sólo las relajó el hecho de que hablamos en inglés. Siguieron con sus empenenamientos y nosotros nos dedicamos a lo nuestro.

Casi todo el chocherío del bar se concentraba en la barra. Todos eran maduritos y maduritas. Salvo las vecinas y nosotros, el resto eran 40+. La mayor parte estaban muy borrachos, con evidentes tambaleos. Cada vez que uno se marchaba al baño, concitaba la atención de todos los demás que esperábamos atentamente para ver si se caía y así comenzar con las risotadas. Unos se agarraban a lo que podían, con tan mala suerte que a veces no era otra cosa que las tetas de algunas de sus compañeras y estas reaccionaban violentamente. Es lo que tienen las holandesas que si les tocas una teta te arrean un hostión. De eso sabe mucho mi amigo el balcánico que está muy acostumbrado a recibir los palos. La verdad que aquello era muy entretenido. Uno tiene que buscar nuevas formas de entretenimiento y esta parecía bastante interesante.

En un momento dado comenzaron todos a llamar por teléfono. Fue como el principio del fin. Empezaron a pasar por caja y a equiparse para salir. Al poco llegó un chaval joven super emperchado. Entró y una de las maduras se le tiró al hombro. El chaval le abrió la puerta, salieron a la calle y allí había aparcado un pedazo de limusina. La colega entró y se marchó. Minutos más tarde apareció otro vehículo aún más grande que el primero y se repitió el proceso. Entró el conductor, encontró a su borracho pasajero y se lo llevó al coche, entre gritos y despedidas de los demás. Fue ahí cuando nos dimos cuenta que todos nos eran vagamente familiares. ¡teníamos enfrente a los presentadores y comentaristas más famosos de la tele holandesa! Por eso estaban tan morenitos, aunque con moreno de máquina de rayos uVa, que te da un tono naranja que me produce cierta aprensión. Traté de explicarle al chino quienes eran, pero con la cerveza el chino pierde mucha comprensión y me di por vencido. Me limité a pedirle que recordara las caras. Allí estaban casi todos los estrellones de la constelación televisiva neerlandesa, todos bastante pasaditos. Siguieron llegando limusinas en los siguientes minutos y al final nos quedamos en el bar solos. Las chavalas según se fueron todos se levantaron para irse. Eso también explicaba su tono conspiratorio. No hablaban de la capacidad de irrigación de los miembros de sus hombres sino que cuchicheaban sobre los famosos en el recinto. Aquellas eran dos mitómanas de esas.

Al rato de irse la tropa VIP comenzaron a llegar nuevos clientes, pero estos eran más normales, o por ser más precisos, más de la plebe. Cuando se quitaron los abrigos todos iban equipados con quimonos y camisetas chinas. Debían venir de algún tipo de fiesta temática, porque no es el tipo de ropa que uno ve habitualmente. Se partían de risa mirándose unos a otros. Al chino esta falta de respeto evidente hacia los usos textiles asiáticos le ofendió sobremanera, pero se tuvo que tragar su rabia y ahogarla en alcohol. A partir de ese momento le entró el nerviosismo y cuando se pone así no se le entiende lo que habla así que decidimos terminar las bebidas y volver a casa. El chino seguro que no quiere volver a aquel sitio pero para mí ha resultado muy interesante y lo incorporaré a mi tour de antros exóticos del poblacho en el que vivimos.