Dando caña

El nuevo jefe que me endiñaron hace ahora más o menos un año ha terminado por descubrir que cuando se trata de manipular a todos sus otros empleados y despellejarlos rápidamente, yo soy la máquina perfecta, ya que combino en proporciones exactas y balanceadas la manipulación y el abuso. Básicamente y poco a poco, me han aupado al puesto de policía para-militar y abusadora del régimen y gracias a eso, hay un montón de actividades que tras las hordas de despidos se habían ido al garete y que yo no solo he reparado, las he afinado hasta que suenen como un violín del chamo aquel que se los curraba que no veas. Los gerentes de producto me escuchan como un puñado de totorotas al Flautista de truscoluña, que no es nación y hacen lo que yo les ordeno, quejándose y lloriqueando como mariconas viejas, pero lo hacen y si alguno se intenta zafar, como el único amarillo que tenemos, le cae tal manta de palos y piedras que termina por captar el concepto. Esta semana el que salió del tiesto fue uno del reino DESunido y no me extrañaría nada si se pide una baja médica de dos años y usa ese tiempo para rezar y pedir que me boten de la empresa. En lugar de ensañarme con él, que era fácil y no tenía mérito alguno, solucioné su problema tocando cuerdas en otros departamentos, bocas agradecidas que gustan de comer magdalenas o de recibir un tarro de mi legendaria mermelada de moras, que técnicamente no es soborno ya que según los cursos obligatorios sobre el tema que tenemos que seguir cada año y que en mi caso es cada seis meses, el soborno está definido como una actividad entre un empleado y un cliente, un proveedor o alguna autoridad de un país, con lo que cualquier transacción interna, es compañerismo y nada más que compañerismo y si yo estoy tan petado del susodicho como Obelix de poción mágica, es mi problema y solo mi problema. Así que dos colegas solucionaron el problema, que fue la zanahoria que le mostré al inglés y después no le arreé con el palo, no, modifiqué las acciones del proceso que falló para que esto no vuelva a ocurrir, acto que lo afecta a él y a otros catorce gerentes más, informé a toda la empresa que a partir de ahora hay tolerancia cero con las cagadas de esta basca y conseguí que tres vicepresidentes que casualmente estaban en la lista de personas a las que informé me dieran la bendición para modificar una tarea que, confirmado por mi jefa anterior, no pudimos cambiar en casi diez años de intentos por la tozudez de esa chusma y gentuza que son los gerentes. Cuando salí de la oficina, catorce julays estaban lanzando cuchillos, dardos, flechas y piedras, todos envenenados, al capullo que los ha hundido. La cantidad de trabajo adicional que me supondrá a mi esta nueva forma de trabajar está tan cerca del cero más absoluto que resulta imposible ver la diferencia pero las cagadas de ellos ahora se verán más claramente que una superluna.

Siguiendo con el trabajo, desde hace meses les he estado diciendo a uno de los equipos de desarrollo que cuando se trata de diseñar la interfaz de usuarios, yo soy un genio porque Dios me hizo asín y no lo puedo evitar ni queriendo, pero no mi habían hecho caso hasta que su jefe se fue de vacaciones dos semanas. En su ausencia, manipulé a sus arquitectos levemente y comencé un bombardeo incesante de ideas para mejorar la interfaz, ideas por supuesto espectaculares pero que tenían miedo de aceptarlas porque iban contra todo lo que les habían dicho. Finalmente su jefe regresó el martes, justo el día que uno de ellos, quizás no completamente usando todas sus facultades mentales, cambió la interfaz de uno de los tres entornos que tienen y puso una con un tercio de mis propuestas, por aquello de demostrarme lo equivocado que estaba. Pobre iluso. Su jefe lo vio y de entrada, como un toro, de que no. Hoy mis cambios se habían propagado a los otros dos entornos y ahora me han pedido que los ayude con la próxima fase, algo que haré como un trabajillo secundario porque técnicamente yo trabajo para el mismo vicepresidente pero en otra rama del organigrama que no se cruza con esa, pero no creo que haya nadie en su sano juicio que se atreva a poner una coma si se entera.

7 respuesta a “Dando caña”

  1. hubo festivos, hice puentes, cogí días… ya sabes, cositas. Ya sé que me echais de menos, sobre todo tú aunque te hagas el duro.

  2. No tengo ni idea de cuando se cae esa o casi cualquier otra aplicación, si tuviesen que vivir de mí, iban a pasar más hambre quepaqué…

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