Dias de mucho cine

Los últimos dos domingos la rutina ha sido la misma. Irme a Amsterdam en donde me encuentro con Waiting, sacamos de las cartucheras nuestras tarjetas mágicas y nos pasamos la tarde disfrutando de una sesión triple de cine sazonada con cafés y pasteles que tomamos en las cafeterías de los alrededores. En esas maratones pasamos del drama a la comedia, de la ciencia ficción a la animación y todo ello sin que se nos cambe la peluca.

Por culpa de las vacaciones el transporte público está bajo mínimos y particularmente en domingo la frecuencia de los autobuses y tranvías es mucho menor. Ayer salí con tiempo de mi casa a lomos de una de mis bicicletas de segunda mano de dudosa procedencia, una de las que no he bautizado aunque cuando la busco siempre la llamo al grito de Liefde. Quería llegar a Amsterdam relajado y pasear a lo largo del Damrak y Kalverstraat de camino al cine. Mi Liefde corría con su traqueteo habitual, haciendo unos ruidos extraños que yo no escucho por ir enganchado a mi iPod en el que repito una y otra vez el musical Tarzán en Holandés. Cerca de la estación de Utrecht, al pasar junto al edificio de los juzgados se oyó un tiro y la gente se tiró al suelo. Una gran conmoción nos sacudió a todos y me detuve inmediatamente, sobre todo cuando me di cuenta que el tiro lo había producido una de las ruedas de mi bicicleta al pincharse. Me hice el lolailo y seguí caminando con la bicicleta como si nada hubiera pasado. Al llegar a la estación aparqué la bici pero ya era demasiado tarde, había perdido el tren y tuve que esperar un cuarto de hora para tomar el siguiente. Con el tren en movimiento y en dirección a Amsterdam, teníamos en el interior una banda de rumanos tocando música y presionando a la gente para que soltara guita y el tren se detuvo en el medio de la nada para permitir a la policía subirse y capturar a esa gentuza. El resultado fue que mi tiempo adicional se esfumó y tuve que tomar el tranvía para llegar a tiempo al cine.

Al volver a mi casa por fin pude pasear por Amsterdam y pararme en el DAM para disfrutar con el movimiento de multitudes que siempre hay allí. En Utrecht, tomé un autobús que me llevaba por otra ruta y me dejaba a unos diez minutos de mi casa y mientras paseaba por un canal iluminado por media luna y en el que una familia de patos avanzaba en formación delta me encontré con unas chicas que me preguntaron por como llegar a una calle. Les expliqué la forma de hacerlo y se fueron tras darme las gracias. En ese momento me di cuenta que era la primera vez que alguien solicitaba mi ayuda para orientarse en la ciudad de Utrecht y yo podía ayudar. En mis años en Hilversum sentía que la ciudad era mi hogar porque podía explicar este tipo de cosas. Desde ayer, Utrecht es oficialmente MI HOGAR, la ciudad de la que no necesito pensar las cosas porque llevo ese conocimiento grabado en mi subconsciente.

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