Dos dramas totales y el final feliz de uno de ellos

Hasta un miope se tiene que haber dado cuenta que estos días no doy abasto. Esta semana es como una inmensa mancha de tinta negra en mi universo que lo ensucia todo. Una de las razones más peculiares por las que no estoy escribiendo la anotación nocturna tiene que ver con el hecho de estar escribiendo las anotaciones de las Navidades ya que la conexión de Internet de mis padres se ha escoñado, los de ONO son unos hijosdelagranputa y mucho me temo que pasaré diez días en Gran Canaria como vivía la gente en la Edad Media, sin poder acceder a mi bitácora. Añade las clases de italiano, los deberes, las citas pre-navideñas y tenemos una tormenta perfecta. Ayer por ejemplo llegué a mi casa a la una de la mañana y técnicamente borracho.

Viajemos atrás en el tiempo hasta el jueves de la semana pasada. Como todos los jueves, tenía clase de patinaje de velocidad sobre hielo ya que como es sabido y conocido, soy la gran esperanza del África y me estoy preparando para cuando la República Platanera del Noroeste de África sea un país con su propia moneda y lengua, el aplatanado, idioma construido a partir del legendario ?ooooooossss. No sé como lo hago pero casi siempre salgo de mi casa tarde. En esta ocasión la culpa la tiene la mucama, que me esconde los patines y me provoca unas subidas de tensión terribles. Cuando por fin los localicé, cogí el gorro y los guantes, una cerveza Erdinger para regalársela a mi más-mejor-amigo, cuatro magdalenas y salí a escape a coger la bici. Ese día le había comprado unas alforjas nuevas a la Mili o Vanili y por supuesto se me había olvidado ponérselas y a dos grados bajo cero, es una actividad algo dura porque te duelen los dedos.

Crucé Utrecht en bici, esquivando a toda la chusma y la gentuza que pululaba por el centro de la ciudad y llegué tardísimo a la Vechtsebanen. El aparcamiento de bicicletas estaba petadísimo y solo encontré un rincón muy incómodo y detrás de una señal de tráfico que te impedia poner la bici y amarrarla. Hice malabarismos hasta que lo logré y como ya era tardísimo, salí corriendo hacia el interior del recinto. El Rubio siempre llega tarde pero esta vez ya me estaba esperando y tenía una taquilla para poner nuestras cosas. Además, llevaba mi objetivo 24-70mm f/2.8, el cual le había prestado y me lo devolvía para llevármelo a Roma.

Me puse los patines, corrí hacia la pista, hice mis tres vueltas de calentamiento y cuando voy hacia nuestro grupo no está nuestra maravillosa y preciosa profesora. La había sustituido una chama modosita que nos dijo que la ninfa endiosada se había escoñado patinando y se dio una hostia del copón que la había puesto en dique seco. Ella la sustituía. No hay color. Fue como cambiar del Porsche Cayenne de mi amigo el Turco a un Fiat Cinquecento. La clase perdió toda la gracia cuando la profesora es bajita y tiene un culo gigantesco que es injusto y que debería estar penalizado por la asociación de patinadores internacional. Con ese poto tan grande, el centro del equilibrio de esa mujer no oscilaba y así todo le parece fácil pero para nosotros no lo es. En lugar de trabajar nuestro estilo, se empeñó en incrementar nuestra velocidad con los típicos ejercicios bajando el centro de gravedad, despatarrándonos, dando el pasito hacia delante, haciendo el golpe de cadera y moviendo las manos como si fuéramos bailarines de claqué. Por suerte uno ya está muy curtido en el tema y me defiendo muy bien así que me dediqué a intentar corregir un vicio que he cogido y que hace que mueva las manos más que un molino de viento. Lo hago para hacer pequeñas correcciones de mi centro gravitatorio ya que al ser bulímico-anoréxico y no pesar más de sesenta y cuatro kilos, un peo mal tirado de cualquiera de las gordas que están en la pista me puede desequilibrar y quiero mantener mi ficha de caídas bien limpia.

Con esta mujer dimos más vueltas de lo acostumbrado y nos dejó quemadísimos. Tras la clase, el Rubio y un servidor decidimos quedarnos un rato más pero estábamos tan cansados que no duramos más de quince minutos en la pista y optamos por irnos al bar a tomar una cervecita y de paso disfrutar con la visión de las chochas del patinaje artístico, visión que solo te la estropean los julandros que pululan a su alrededor.

Cuando íbamos a salir, alguna neurona en mi cabeza entró en modo de pánico y comencé a buscar con una alarma que se iba incrementando poco a poco la llave de la bicicleta. No la tenía en el bolsillo de la chaqueta, ni en el interior, ni en el bolsillo que tiene en la manga izquierda, ni en el bolsillo del chándal ni en dentro de mi bolsa para monedas ni en el otro bolsillo o en la bolsa en la que llevaba las magdalenas o los patines. Lo revisé todo una y otra vez, lo volví a revisar, hice una cuarta ronda y de repente supe que había perdido la bici. Preguntamos en el bar y nadie había encontrado una llave. Después preguntamos en la recepción y en donde los objetos perdidos y nada. Fuimos a la bicicleta, revisamos los alrededores, miramos bien y no la vimos. Le quité a la bicicleta las alforjas, me llevé las luces y asumí todo lo peor ?? siempre.

El Rubio me alcanzó a mi casa mientras yo me daba golpes en el pecho y me lamentaba por la pérdida de esa bicicleta que compré por veinticinco leuros hace más de siete años y a la que le tengo un montón de cariño. Rebusqué en los rincones sospechosos de mi casa pero no encontré la llave de repuesto y esa noche me acosté con el dolor por tan grande pérdida.

Al día siguiente me iba para Roma y llamé desde el trabajo a la pista de hielo pero me dijeron que no habían encontrado llave alguna ni nadie la había devuelto. Al venir a mi casa a recoger la mochila, la misma neurona que activó la alarma tuvo un momento de lucidez y me mandó al cuarto de las bicicletas a buscar en las cajas de herramientas. Allí no encontré nada pero cuando ya iba a desistir y marcharme, vi una llave en la repisa. No podía estar seguro pero algo me decía que esa era la copia.

Viajé a Roma, tuve un fin de semana increíble y al regresar el domingo había pensado en ir al cine de las siete ya que el tren paraba junto al estadio ArenA. Saber que tenía una llave en mi casa que podía ser la de la bicicleta me tenía inquieto y decidí regresar, coger la guagua e ir a la Vechtsebanen. Un domingo por la tarde noche se supone que está cerrada pero creo que había algún evento navideño de una empresa y allí había gente. Me bajé de la guagua temblando y asumiendo que mi bici ya no estaba allí y cuando la vi se me alegró el alma y si llego a ser la Pantoja del Norte, agito la melena, doy un zapateao y canto el Marinero de luces LED. Metí la llave en el orificio adecuado y ?? chás ?? se desbloqueó. No me corrí de puro gusto de milagro y porque había unos pocos grados que si no, allí mismo lefo.

Regresé a mi casa en bici y una vez estuvo a salvo, avisé al Rubio comunicándole la buena noticia. ?l, que me quiere una jartá, ya me había conseguido la bicicleta vieja de su mujer, la cual me va a regalar de cualquier forma para que yo tenga una de repuesto. Y así, los dos dramas del jueves se redujeron a uno, el de la pérdida de la profesora de patinaje por lesión, algo que no sabemos si acabará esta semana o tendremos que esperar al nuevo curso tras las navidades para verla.

Una respuesta a “Dos dramas totales y el final feliz de uno de ellos”

  1. Ahí sí que yo hubiera llorado. Te iba leyendo…y se me ha puesto un nudo en la garganta. Cuando he visto que la habías recuperado, casi doy un salto de alegría.

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