El rincón secreto

El sábado por la mañana fui a correr antes de desayunar. Es una rutina que después de un año tengo muy elaborada y requiere poca o ninguna atención de las partes más complejas del cerebro ya que todo se ejecuta automáticamente. Sigo el circuito de seis kilómetros que ya he comentado por aquí y lo único que tengo que decidir es el sentido en el que lo hago. Ese día elegí la negativa, esa que en el regreso me supone una lucha más intensa contra los impulsos de mi cerebro para que lo deje. La culpa la tiene que en un punto determinado sé que aún me faltan dos mil metros y mi cerebro a partir de ese instante no para de enviar órdenes para parar. También en esa ruta, los dos primeros kilómetros me dejan en un lugar perfecto para el experimento que quería hacer y que era incrementar significativamente la velocidad en el tercero y ver si eso tenía un impacto brutal en los siguientes o me obligaría a parar. Entre el primer y el segundo kilómetro, antes de las nueve de la mañana, en la campiña, estaba solo con los pájaros que van de aquí para allá. En eso que veo una bicicleta a lo lejos que viene hacia mi. Raro, pero no extraordinario. Casi todo el mundo prefiere hacerse un Virtuditas ese día y las primeras horas del día son perfectas para regodearte en un mundo solitario. Seguí a mi bola, corriendo y poco a poco la distancia se reducía. En un cierto momento noto que la ciclista va con la postura de la hoja de parra, esa en la que pone la mano entre las piernas para proteger el potorro y que usan siempre que llevan faldas excesivamente cortas. Un poco antes de llegar a mi lado le sonó el teléfono y por supuesto hizo lo que se espera de una hembra e inmediatamente, lo agarró y con la mano que hacía de hoja de parra se lo llevó al oído para hablar con alguien. En ese instante el aire y la velocidad se combinaron y la falda se alzó y el tiempo redujo su velocidad como en ciertas películas. Allí donde reina la obscuridad apareció la luz y tomó posesión de los nuevos territorios. Con la claridad apareció la mancha negra y la distancia entre la ciclista y un servidor se reducía, mis ojos se centraban en el punto adecuado, que vuelvo a repetir por si alguno lo ha olvidado que ese punto no es el de los ojos que se cruza contigo, que yo no tengo ningún interés en mirar a la gente a los ojos, yo miro a los bajos esperando momentos como este que estaba sucediendo, esos en los que una pava decide salir sin funda protectora de su chocho y la bicicleta se alía con nosotros para mostrarnos la flor de su secreto, que en este caso era una flor peluda que no veas. Con mi visión periférica observé que ella comprendió que yo le estaba viendo el coño y al estar hablando no podía hacer nada a menos que soltara la otra mano del volante. Todos los músculos necesarios para mantener en su sitio y mover mi cabezote comenzaron a funcionar para no perder la línea directa con aquel nido y ella se cruzó conmigo siendo plenamente consciente que ahora yo también conozco el secreto y la flor del mismo.

Por descontado, si los lectores me hubiesen regalado en su día las gafas googlEvil esas que lo graban todo todo todo y lo ponen en las redes, toda esta escena sería ahora de dominio público pero como nunca me las quisísteis regalar, os tendréis que conformar con el texto, que marca el primer avistamiento de este año.

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