Eso que llaman amistad

La semana pasada tuve un par de conversaciones recurrentes con el Rubio, el Moreno y el Niño. Trataban, como no podía ser de otra forma, de la amistad, ese concepto tan extraño que el Diccionario de la Real Academia Española define como afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato. Por supuesto que todos ellos conocen mi algoritmo de la amistad y lo que les fascina a todos ellos es que yo necesite algo así. Para los tres, la amistad es algo bastante estático, poderoso y permanente. Curiosamente, todos comparten algo en común: yo soy el último amigo que han hecho y que posiblemente hagan durante mucho tiempo. Ni siquiera saben como coño es que llegaron a ser amigos míos cuando pensaban que sus círculos ya estaban completos y cerrados. Uno podría pensar que hacer amigos es algo que funciona de la misma manera aquí o allá, en España o en Holanda, en Estados Unidos o en Rusia pero no es así. Cada cultura, cada sociedad tiene sus reglas y convenciones y las cosas parecen girar de manera distinta.

De la gente que llegó al mismo tiempo que yo a vivir y trabajar en los Países Bajos solo quedé yo, los demás se marcharon, muchos de ellos frustrados porque la gente era fría e impersonal. Recuerdo escuchar siempre el mismo lamento, la misma canción, la cual me sorprendía porque en esa época yo ya era amigo del Rubio y aunque tuve que hacer un esfuerzo, no lo vi como excesivo comparado con el de mantener “supuestas” amistades en las que yo debía realizar todo el trabajo y la gente esperaba cómodamente a que organizara, avisara y concretara todo tipo de interacción. El Rubio fue una campaña de tres semanas que acabó el segundo día. Nos tomó una borrachera para convertirnos en amigos y tres o cuatro más en la misma semana para pasar a ser hermanos de distintos padres. Me limité a escuchar lo que quería contar y mostrarle quién era, no hubo ningún otro truco, ni magia especial o estrategias complicadas. Pasamos dos semanas juntos en Nuremberg y cuando volvimos, lo primero que hizo fue invitarme a su casa para que conociera a su novia y futura esposa. Le tomó un par de años acostumbrarse a mi invasión de su espacio vital, que para eso la gente holandesa sí que es rara y tienden a orbitar unos alrededor de otros sin rozarse y yo siempre que lo veo le doy un abrazo, que para eso es mi mejor amigo.

Con el Moreno fue algo distinto porque en realidad nos conocimos a través del legendario Chino. Era su compañero de despacho y yo solía ir por allí a tomar café y hablar con el asiático, solo que como este era más bien de naturaleza asocial y pasaba un poco de la gente, al final terminaba de cháchara con el Moreno y en unos meses, iba a hablar con él y ningunear al Chino. Como seguimos en la misma empresa, todos los días caminamos juntos durante una hora, hablando y desenredando intríngulis y organizamos actividades lúdicas juntos, ya sea ir a hacer fotografías, a ver una exposición, a comer unas costillas o a caminar por los bosques. Al igual que le sucede al Rubio, yo soy un evento excepcional en su universo de amistades, no estoy vinculado de ninguna forma a su “pandilla” y ni siquiera muestro interés alguno por crear lazos, aunque de cuando en cuando nuestros caminos se cruzan y no tengo ningún problema en tratar con ellos.

El tercero de este trío, el Niño, me recuerda siempre que puede que la primera vez que me vio pensó que yo era el mayor friki que había visto en su vida. Mi jefa me obligó a ayudarlo porque era nuestro becario y yo fui de mala gana a su despacho a presentarme y hablar con él. Le di un discurso en plan película americana de terror para quitarle las ganas y hacer que se fuera pero a mitad del mismo ya se me había olvidado la razón por la que lo estaba dando y una semana más tarde había echado a la tortillera que compartía despacho conmigo y había adoptado al Niño en la oficina. Dos semanas más tarde ya conocía su vida al completo, era su biógrafo oficial y nos lo pasábamos bomba en el trabajo.

Podría contar más ejemplos, pero no merece la pena. La idea está clara. Hacer amigos es extremadamente sencillo o abrumadoramente difícil. Todo depende de ti. Perder amigos es igual de fácil. Basta con dejar de remar y las barcas toman caminos distintos. Mi lista de gente que ha dejado de estar en mis particulares “círculos de confianza” es aún más grande que la de amigos y aún así nunca me he preocupado porque no considero que sea un club cerrado y al que no pueden entrar nuevos miembros. Tampoco los busco activamente, si alguien se cruza en mi camino que merece la pena, seguro que saltará la chispa, siempre lo hace ?? al fin y al cabo, no es más que afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato.

5 respuesta a “Eso que llaman amistad”

  1. Ahora que lo pienso no tengo la menor idea de como nos hicimos [email protected] con l

    Es cierto que las amistades funcionan diferente en muchos países, la verdad es que no recuerdo ningún caso en particular de como me hice amigo con alguien en los distintos países en que he vivido, en realidad, es que no me enteré, hasta que un día me di cuenta de lo que sentíamos mutuamente.
    Es curioso ahora que lo pienso y me está dando que pensar. :))
    Salud

  2. Genín, por lo general yo sé quien va a ser mi amigo en los primeros sesenta segundos. Que después cuaje o no ya es otra cosa. Soy una especie de talibán en este tema. Y odio las cuchi-pandas, así que todos mis amigos/as son gente específica y no suelen tener mucho o nada en común salvo que me gusta el mismo tipo de gente (dentro de cierto rango).

  3. Es gracioso como varía el significado de una palabra en el contexto. Aquí le decimos “cuchipanda” a una comilona, normalmente con los colegas y sin horario. Y en este significado, he de reconocer que yo adoro las cuchipandas.

  4. Si son los colegas del trabajo, también las evito a menos que yo sea el que organice el evento y controle la asistencia. Con los amigos, como todos vienen de diferentes grupos, es raro que se crucen y casos como el domingo, con el Niño y Waiting en la misma mesa, no suceden muy a menudo.

  5. No, yo no tengo ni idea, ni me fijo en ese sentido, un buen día me doy cuenta de que somos amigos…
    Así de simple, bueno, como soy Geminis uno de los gemelos es muy simple y el otro muy complicado, y hasta se pelean entre ellos, yo los suelo dejar y me voy con el que gana…jajaja
    Coño, que pirao estoy!
    Salud

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