Las llamas del amor

Estando con los colegas practicando el sano y superficial deporte de la bebida social, o lo que solemos denominar como ?de copas?? vivimos una situación de alto riesgo el otro día. Nos encontrábamos en el que sin lugar a dudas es mi pub favorito de la ciudad, tomando unas cervecillas y disfrutando de la vista con esas hembras maduras y abundantes en carnes que merodean por ese local. Gracias a ellas, el recinto se mantiene moderadamente vacío y es posible conseguir mesa, lo cual lo convierte en un excelente lugar si de lo que se trata es de beber y charlar, puesto que no tenemos interrupciones visuales dignas de mención y además de pagar, conseguimos asiento, que uno ya no tiene edad para hacer el totorota con el vaso en la mano de pie, como solíamos hacer en nuestra perdida adolescencia.

A veces, sobre todo en viernes o en sábados por la noche, alguna de las viejas se emborracha y nos ataca, tratando de agarrarnos para sacarnos a bailar. Súbitamente te ves con toda esa carne que se te viene encima, medio sudorosa, te trinca con esas garras habituadas a no dejar escapar la presa que sujetan y te lanza al medio del local, en donde se restriega contigo hasta que consigues escapar y cabizbajo vuelves a tu sitio, sabiendo que todo el mundo se está riendo a tu costa y que has sido humillado públicamente. Como uno es de natural inteligente, siempre me pongo en alguna silla que impida el fácil acceso y hasta ahora no he sido pillado, pero puedo confirmar que algún amigote mío ha caído ya en las redes de esas mujeronas y hubo que lavar su honor y su orgullo con mucha adulación, que uno queda muy tocado después de vivir una experiencia semejante.

Esta última vez que estuvimos hubo algún tipo de conjunción sideral y el bar estaba lleno de chochas. Todo chavalas sudando sexo por todos los poros. Casi todas eran rubias, como corresponde a la sangre del país, sobre todo aquí en Hilversum, que no tenemos turistas y se puede ver a los autóctonos en su salsa. A la llamada de las hembras siempre acuden los machos, así que teníamos unos cuantos chulos de disco paseando por allí controlando el ganado. Uno de ellos, que parecía conocerlas a todas, parecía estar bastante activo. Era el típico pollardón de instituto americano, con cazadora de jugador de béisbol, gafitas de sol y todos los extras. Espero que no dudéis ni por un instante del color rubio de su pelo. Llevaba una de esas camisetas que duran malamente una temporada, con diseño estúpido y motivos repelentes, pero que seguro que pagó una pasta por ella. El chico se sentó en una mesa junto a la nuestra a dorarle la pildora a una de las neerlandesas. Le cuchicheaba al oído y se movía como un péndulo tratando de entrarle, aunque ella era igual de diestra esquivándolo. El tipo era persistente. Seguía dale que te pego, tratando de alcanzar el fruto de su pasión. Después de un rato largo, parecía estar a punto de conseguirlo, o al menos ella ya se había rendido y no lo evitaba como anteriormente. Aquello parecía estar a punto de acabar. En las mesas, además de la vela encendida de rigor, obligatoria en todos los bares y restaurantes holandeses, había unos ramos de flores secas, un motivo floral bastante curioso que supongo fue una loca idea de alguna de las luchadoras de sumo. El chico, con tanto viene y va, acabó por poner el jarrón con las flores junto a la vela y las flores se prendieron fuego. Prestamente lo apagó y nadie salvo un servidor pareció darse cuenta. Como no parecía haber escarmentado, avisé a mis colegas de que si me veían salir corriendo me siguieran sin preguntar. Mi amigo el chino, cabezón donde los haya y con una capacidad infinita para sacar de quicio a un santo, comenzó con sus mil millones de preguntas sobre el asunto: ¿Por qué? ¿Cuándo? ¿Hacia donde? ¿Cómo? ¿Con quién? ¿Para qué? … Lo mandé a callar y le dije que se podía pudrir en el infierno si quería. Estábamos por la quinta o la sexta pregunta del chino cuando el chaval decidió eliminar el objeto de riesgo de su mesa y movió el jarrón a la mesa de al lado, con tan buena mano que lo puso justo al lado de la vela y retornó su atención al objeto de su deseo. ?l no lo podía ver, pero la chica si fue testigo presencial, como un servidor, del tremendo incendio que provocó. Las llamas consumieron el ramo en segundos, que se convirtió en una antorcha olímpica. El fuego casi alcanzó el techo. El barman, saltó la barra y se lanzó como loco a coger el jarrón y sacarlo a la calle, mientras la gente se callaba súbitamente y algunas comenzaron a gritar. El pollaboba que lo provocó se quedó quieto, helado al ver lo que había hecho. El chino decidió no preguntar más y se preparó para la huida. La chica, alzó la mano y le arreó un tremendo bofetón al pirómano. En la calle podíamos ver a través de las cristaleras como el camarero luchaba por apagar el fuego, cosa que finalmente consiguió, cuando le llegaron refuerzos con una jarra de agua. Cuando volvieron los recibimos con un fuerte aplauso, que sofocó un poco al hombre. Si no le damos ese apoyo moral, el tío entra y se lía a piñas con el alelado que casi nos achicharra a todos.

El local había quedado apestando a quemado y con una neblina producida por el humo. Inmediatamente sentimos las máquinas de aire acondicionado arrancar para mover el aire. La hembra que había estado en el escenario principal se levantó y dejó plantado en la mesa al hombre que casi deja esta bitácora sin propietario. Yo propuse también la evacuación inmediata de todo el personal, que seguro que con el pestazo que había allí dentro, la ropa nos huele a quemado si nos quedamos. Nos marchamos a otro local, en el que lo primero que hicimos fue apagar la vela que había en nuestra mesa …