Listas de eso y aquello

Mi forma caótica de ser me obliga a prestar un montón de atención al orden cuando quiero que las cosas salgan bien y a crear listas en las que pongo todo lo que necesito, quiero o debo hacer y las sigo religiosamente para no llevarme más tarde un disgusto. Una de esas listas es la de las cosillas especiales, chorraditas que compro en mi tienda favorita de China y que después llevaré conmigo (o no) cuando me vaya a las Filipinas de vacaciones. Son cosillas tontas que cuando estás sobre el terreno descubres que son útiles. Una de ellas puede ser un conjunto de tubo y gafas por si voy a bucear por allí y así ahorrarme el asco y la repugnancia de usar los que te dan en las excursiones, chupados por una cantidad infinita de gente. Otra chorrada pueden ser las membranas para las manos para nadar, algo totalmente superfluo y que le vi a una China y que por un leuro y poco me he comprado. Si funciona, voy a ser como una sirena peluda en esas aguas y me moveré a velocidades vertiginosas. En otras ocasiones son cosillas útiles que descubres que han mejorado, como el adaptador universal de corriente. Tengo uno que es como un cilindro que se puede usar en cualquier rincón del universo pero ahora hay unos que además de eso, viene con dos puertos USB empotrados en el sistema, con lo que puedo cargar el telefonino y el bluetooth o el iPad aprovechando el sistema y ahorrarme un cargador. Otra cosilla que me he comprado es una especie de mango para mi cutre-cámara china, la que esta vez descenderá a los fondos del océano. El mango está lleno de aire y si se me cae, lo cual sucede con relativa frecuencia, en lugar de ir al fondo subirá a la superficie.

Aún me queda por decidir si vuelvo a ir sin equipaje facturado o si me arriesgo a que en el camino me pierdan los gallumbos y las camisetas. Tengo que mirar si lo puedo meter todo en ocho kilos o menos.

Otra de mis listas, esta laboral, tenía que ver con un trabajillo especial que me asignaron el lunes de esta semana. El presidente de la empresa quería que se hiciera algo y dejó caer mi nombre como el julay adecuado para el trabajillo. Se trataba de forzar la mano que echa las firmas y lograr que alguien en el país de los amarillos firme unos papeles y los valide en la embajada de un país. Tuvimos un episodio similar hace cosa de medio año y estuvieron dos meses discutiendo y bobiando hasta que finalmente se ejecutó la orden. Este es el tipo de reto en el que mi capacidad para saber qué güevos hay que apretar brilla como una estrella supernova. El lunes recibí la tarea y el martes ya tenía a gran parte de la multinacional alterada. Evité el camino educado y fui directamente con mensajes destructivos y con listas de correos que incluían jefillos y jefotes. El miércoles todo el mundo estaba acojonado y el jueves mis papeles eran firmados en dos países diferentes y ya están viajando hacia la tierra del sol naciente en la que el lunes, un alto ejecutivo de cierta multinacional, pasará su mañana visitando una embajada para entregarlos y probar que la tarea ha sido realizada. Esta mañana, le contaba mis hazañas a un colega mientras nos tomábamos un café a las ocho y media cuando viene un vice-presidente a darme la mano y me dice que están todos flipando con mis manejos, que nadie ofrecía un duro por la tarea, todos pensaban que iba a tardar meses en hacerse y que por culpa de ese tiempo tan largo perderíamos una oportunidad comercial considerable y ahora resulta que los de ventas están bien jodidos porque no hay obstáculo alguno para que puedan hacer la venta. Nuestro adorado presidente en persona me manda las más cálidas felicitaciones y ha prometido pasarse por mi sitio a darme una palmadita en la espalda.

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