Mi amigo Ken y Yo

Este fin de semana estuve en Ámsterdam. La verdad es que me leo y flipo yo sólo. Suena tan natural, tan de andar por casa. Todos mis amigos andan mirándose el ombligo, hablando de mierdas de temas tediosos hasta el infinito, dándole vueltas a sus traumas infantiles y Yo mientras tanto, de copas por Ámsterdam, la capital de los Países Bajos, la Venecia del Norte de Europa. Me siento raro. Una de estas semanas me dedicaré a traducir y copiar cosas de Boing Boing o cualquier otra de esas bitácoras como hacen los más grandes para sentirme normal.

Lo dejamos en el momento en el que me iba a Ámsterdam de paseo. Como uno es intelectual, me llevo el cubo de Rubik y me dedico a hacerlo en el tren, que la gente te mira y siente admiración y eso hincha el orgullo que no veas. En mi mochila llevaba la nueva máquina de afeitar del turco, un prodigio de la tecnología que sólo le costó doscientos veintinueve euros. Huelga decir que es el modelo más avanzado y más caro producido por Philips. Cuando llegué a casa del susodicho nos pusimos a revisar el trasto y fascinarnos por sus supuestas innovaciones. La verdad que es muy difícil ver a donde va todo el dinero porque por fuera tiene la misma pinta que la mía de veintinueve euros con noventa y nueve céntimos y que conste que también es Philips. Así que leemos que tiene un microprocesador, que tiene unos estertores proseculares y tal y tal que te producen unos latigazos de placer en el momento del afeitado similares a los que se pueden obtener cuando le pones el miembro en estado de erección delante a un perro para que te lo lama, o algo parecido. Como siempre hay quien lo intenta todo, os aviso que hacer el experimento con un bulldog, un doberman o un pastor alemán puede tener funestas consecuencias, así que de probarlo, coger un perro con más de diez años y ya sin dientes.

Cuando nos aburrimos de mirar la dichosa máquina de afeitar nos preparamos para ir de copas. El turco no estaba por la labor de ver cine, pero yo ya sabía que lo convencería. Lo primero es lo primero así que fuimos a la hamburguesería a saludar a las sucesoras de Samanta. Aquello ya no es lo mismo sin la zorra asquerosa recientemente despedida por quejas de algunos clientes sin escrúpulos. En su lugar han puesto un hindú al que no entendemos cuando habla y que se refiere continuamente a nosotros como Señor, lo cual me suena a choteo. Después de la pitanza, compramos las entradas y nos marchamos a tomarnos unas cervecillas a un sitio llamado de Duivel, justo en la esquina del cine. Para aquellos que tengan pensado venir algún día a este país, que sepáis que la calle Reguliersdwarsstraat es un poco como la Fuerza de Star Wars. Si vais para un lado todo son restaurantes, bares de copas y sitios del lado bueno de la fuerza, pero si decidís tomar el otro camino, entraréis de lleno en el reverso tenebroso y sólo veréis banderas del arcoiris y mariquitas por doquier. Como español me veo en la obligación de recordaros que la presunción de culpabilidad es algo inherente a nuestra sangre, así que quien es visto en ese lado tenebroso es inmediatamente colocado en el grupo de la otra acera y ya puede jurar lo que quiera que no lo cambiaremos de bando en décadas. Imaginad la lista de los morosos de los bancos. Es igual, pero con la pérdida de aceite.

El lugar en el que entramos está en la esquina del lado bueno, justo en el límite. Nos sentamos en la barra, como hacemos otras veces y los camareros comenzaron a ignorarnos de una forma ostentosa. Después de diez minutos uno se empieza a hacer preguntas. No es normal, allí siempre nos atienden al momento y ahora los teníamos a todos arrinconados al fondo del bar y no se acercaban ni de coña. Los camareros tienen el pelo y el aspecto de punkies, la grasa de un cerdo y aspecto de no haber superado la integración social tras haber salido de la cárcel. Para nuestra hombría es un sitio adecuado y propio de hombres hechos y derechos como nosotros. Siempre tienen fútbol en la tele y cuando pasan tías por la calle les gritan groserías, también conocidas como piropos. Sin embargo el sábado parecían aterrorizados y nos miraban con pánico desde el fondo.

Me eché un vistazo y todo parecía normal. Vaquero Levi’s 501 auténtico comprado en los Estados Unidos, camiseta Zprinfield, playeras Nique y chamarra We. Lo típico para parecer el típico varón descuidado de clase media, vamos, un quirkyalone de mierda de esos. Miré a mi amigo y entonces lo vi claro. El hijoputa iba vestido color pistacho. Hasta ese momento no me había fijado. Es lo que tiene la amistad, que te ciega. Le señalé sus ropajes y le pregunté que por qué nos hacía eso. El ni se inmutó. Me informó que su chaqueta era de Zucia & Chabacana y que sólo le había costado trescientos euros. La camisa y el cinturón fueron ciento cincuenta más y los zapatos a juego comprados en otra tienda chic habían costado la friolera de doscientos euros.

Que vergüenza más grande. Un tío rubio, limpio, vestido con una chamarra color pistacho, con camisa y cinturón a juego, con pantalones vaqueros exclusivos de marca y con unos zapatos de puta pena pero con diseño y que valen una pasta, o es tonto del culo o es un pijo de mierda o es maricón. Así se habían asustado todos en el bar. Lo tomaron por lo último y pensaron que había comenzado la invasión de los de la otra acera. Es que parecía el mismísimo Ken, el novio julandrón de la barbi-túrica. Que pena de chiquillo. Lo que es tener dinero y no saber en qué gastárselo. Ya se lo he dicho en varias ocasiones. O aprende a comprarse ropa en tiendas normales o no se casará nunca, porque con esas pintas de metrosexual de mierda no va a llegar a nada. Que no se puede ir por la vida vestido de pistacho.

Tuve que ir al fondo del local y explicarle a los camareros que era el mismo turco de siempre solo que su madre lo había vestido así. Salieron con las cruces por fuera de las camisas y entre maldiciones nos pusieron las cervezas. Después de la película lo obligué a ir a su casa y cambiarse, que no está el horno para bollos de esa calaña.

5 opiniones en “Mi amigo Ken y Yo”

  1. Con el aprecio que le tengo al turco jamás lo traicionaría de esa forma. ?l ya sabe que escribo sobre su sacrosanta persona y el cabrón tiene un blog en turco en el qeu seguro que me pone a caldo de pota, pero nunca me ha dejado verlo. El otro día estuve rastreando uno de sus portátiles buscando la URL, pero tiene cuatro en casa y el que está más a mano no es el bueno. Seguiré intentándolo.

  2. CAMINAN ENTRE NOSOTROS

    Después de comer, me he metido en un bar a por el obligado café con hielo que me permite acabar el trabajo diario en una oficina SIN aire acondicionado.
    Desde el interior refrigrado he divisado a un par de tipos en la terraza del establecimiento pertrechados con sus gafas de sol semifachion, sus teléfonos móviles con cámara, fax y fotocopiadora, la gomina abundante en el pelo y sendos atuendos (polo y camisa) coloridos con tonos verde clarito-chicle de clorofila (a dos tonos del pistacho) y naranja-salmónido con reminiscencias de chaleco reflectante. Por las pintas seguro que eran de Tony-Pullmyfinger o similares.
    ¿Es esta una señal de que la moda viene asín? ¿Nos quedaremos ciegos al salir a la calle? ¿Vuelve el Acid-house? Nos conviene saberlo

  3. Lo de la gomina se les perdona, que yo en mi faceta del Pelos ando a base de kilos de gomina. Cuando me agarre el peluquero la semana que viene, van a necesitar un contenedor para tirar todo lo que me tienen que quitar.

  4. El viernes tuve que ir a Madrid y he de decir que, al menos por la zona de la Avda América, pude contemplar un desfile de nikis color fosforito.
    Como vas a deshacerte de tu alter ego “el Pelos” a Canarias (pasarela de la moda estival internacional), te ruego que estés ojo avizor para ver si es ésto lo que nos espera este verano azul.

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