Perdiendo ciento cincuenta minutos de mi vida irremisiblemente

Hoy llegaba al trabajo cerca de las nueve y media. Parece que las cosas se alinean solas y teniendo una cita con el médico prevista desde hace dos meses, uno de los vicepresidentes de mi empresa se le antojó poner una reunión por la tarde y precisamente hoy y por primera vez en el 2012 tendría que quedarme a trabajar hasta las cinco y media, así que llegar tarde encajaba perfectamente en mis planes.

Durante el día he hecho mucho más de lo que esperaban de mi pero mucho menos de lo que quería hacer. Por la mañana hacía algunas cosillas para nuestra compañía en Rusia, apañaba otras y asistía como mero espectador a una reunión en mi despacho en la que intercalaban comentarios porque hoy es el día. En realidad todo comenzó la semana pasada cuando en algún lugar de Europa, las ruedas comenzaron a girar. Se acerca el invierno y en la multinacional en la que yo trabajo es la época de limpiar la casa, adecentarla y por supuesto, echar gente. Yo ya no sé que hacer para que me metan en la puta lista de los cojones. En esta ocasión, me volveré a ofrecer voluntario para que me sacrifiquen. Después de diez años trabajando en una compañía que perdió el norte hace más de una década, me apetece buscar nuevos retos, sentir la excitación del fracaso, tratar de robar el éxito a otros y esas boberías que se dicen. Lo fácil es quedarnos en nuestra zona de confort y dejar que los vientos se lleven a otros pero con las nuevas leyes que están por aprobarse en los Países Bajos, esta será la última oportunidad de conseguir una buena bolsa llena de dinero si te echan, así que es el momento adecuado.

A las tres de la tarde entraba en la sala en la que se celebraba la reunión. La hacían en Holandés y habían previsto una duración de dos horas. Yo ya tenía más o menos información de lo que supuestamente iban a decir que había recopilado de otros compañeros. Comenzó y aquello era un masque, hablaban y hablaban y hablaban y nada de lo que decían me interesaba. Soltaban milongas sobre cambiois, sobre esto, sobre lo otro y en ningún momento cayó la bomba que yo esperaba. En alguna parte de la reunión dijeron que lo que allí se decía era solo para nuestros oídos y no debíamos contárselo a otros y yo flipaba porque todo lo que se dijo, lo sé hace meses. Mi jefa me miraba preocupada por si yo decidía parar aquella charada y poner a cada uno en su sitio pero tuvo suerte ya que esa no es mi guerra. Saqué mi teléfono y me puse a jugar al Flow Free en el que soy el puto amo. Tras dos horas y media, mi aburrimiento se estaba transformando en ira y mis mensajes a los colegas se tornaban más oscuros. El Rubio y el Moreno se descojonaban de mí por iMessage mientras yo me cagaba en la madre que parió al hijoputa que inventó el concepto de reunión. Cuando salimos, mi jefa se acercó a mí como quien no quiere la cosa para tantearme y preguntarme qué me había parecido. Me paré en seco, la miré durante al menos diez segundos sin decirle nada y le dije que a la reunión que han dicho que seguirá a ésta dentro de un mes va a ir su puta madre.

Pasado mañana, si mis fuentes no se equivocan, pre-anunciarán lo que yo quiero oír y después solo nos quedará por saber el número de cabezas que hay que cortar. Espero que la mía sea una de ellas.

3 opiniones en “Perdiendo ciento cincuenta minutos de mi vida irremisiblemente”

  1. Si a mí me echasen, no me haría tanta ilusión como a tí. Supongo que es en parte porque no me darían ni un duro, y en parte porque no me gusta estar en casa sentada sin trabajo…

  2. Las palabras: ?Reunión?? y ?Holandés??, juntitas, forman una pareja de risa en mi cerebro.
    ¡Suerte para lo que desees!; sea lo raro que sea…

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