Planta 33 – capítulo duodécimo

Cuesta creerlo pero a este capítulo le preceden otros once y puesto que es un relato, no creo que sea muy buena idea el leerlo sin saber lo que sucedió anteriormente. Piensa que esto es como una madeja de hilo y por suerte solo tienes que tirar de Planta 33 – Capítulo primero para llegar al comienzo y al final de cada capítulo encontrarás el enlace al siguiente.

Después de comerse el helado se volvieron a poner en marcha. El cuerpo les pedía a gritos quedarse allí sentadas disfrutando al calorcito del local pero para eso no habían venido de visita a Roma. se abrigaron y volvieron a la calle. Cruzaron antiguos callejones y pese a que algún observador pudiera pensar que iban sin rumbo fijo, tenían muy claro cual era su objetivo. Al llegar al río Tíber lo bordearon y afrontaron con ganas el puente del Castillo de San Ángel. En la actualidad es un puente peatonal y algunos turistas se hacían las típicas fotos con la vista al fondo del castillo o del Vaticano. Se detuvieron y le pidieron a una pareja si les podía hacer una foto a ellas dos. Se abrazaron dejando a un lado el Vaticano, la plaza de San Pedro. La luz del día empezaba a perder intensidad pero aún no había problemas y la lluvia se había detenido. Recogieron su cámara y miraron la foto. Era perfecta. Siguieron el paseo y se asombraron con la majestuosidad del castillo, un edificio de forma extraña a la vera del río y que parecía unido al Vaticano por una muralla. En el pasado había sido residencia de Papas y lugar de defensa y aunque en la actualidad era uno de los museos nacionales, la muralla seguía allí para recordarnos su historia.

La avenida estaba flanqueada por hindúes que vendían trípodes a los turistas y que desplegaban sus cosas sobre una manta probablemente para poder salir corriendo más rápidamente si veían a la policía, ya que ellos debían pertenecer a las mafias que controlan este tipo de negocios. Un poco más adelante se pararon a contemplar la gloriosa vista de la entrada al Vaticano con esa soberbia columnata de Bernini. Aunque ya comenzaba a ser tarde la calle estaba bien concurrida. Fueron acercándose procurando sortear los vendedores callejeros que proliferaban por allí como por ningún otro sitio de la ciudad. Aquello ya debía ser territorio de la ciudad del Vaticano y los curas deben ser más condescendientes porque se apiñaban los vendedores en los lados de la acera, prácticamente todos ofreciendo lo mismo y gritándole a las chicas al pasar precios y piropos como forma para reclamar su atención. Ellas se dejaban querer, sonreían y seguían andando. En un momento determinado la Plaza de San Pedro se despliega con todo su encanto y al fondo se ve la Basílica de San Pedro, el corazón del catolicismo, el diminuto estado que al mismo tiempo es la sede de una de las religiones más poderosas del mundo. La plaza es grandiosa, con las dos fuentes a los lados y esas columnas que tocan el cielo. A la derecha podían ver los controles de seguridad y se acercaron. Era tarde y prácticamente no había gente entrando así que fue cosa de unos instantes. Al pasar bajo los arcos de seguridad estos pitaron pero los guardas no las obligaron a quitarse los abrigos, les indicaron que siguieran. Una mujer se quejaba porque no la dejaban pasar con su perro, el cual llevaba un abrigo y miraba indiferente sin saber que todos los problemas eran por su culpa. Como tenían algo de tiempo entraron primero en la basílica. Es un edificio enorme que muestra el poder de la Iglesia y de Dios. Se acercaron a la Piedad de Miguel Ángel y la miraron a través de los cristales que la protegen. Tanta belleza concentrada en una roca que fue moldeada por las manos de un genio. El altar, con su baldaquino fue otro de los puntos en los que se detuvieron a mirar, abobadas y despertó sus recuerdos de misas y otros eventos transmitidos por la tele, con toda la pompa de la curia vaticana y pensaron en la de Papas que habían oficiado misa en aquel lugar. Daba igual el sitio al que miraras, en todos lados había algo que merecía la pena ver. Un montón de curas y monjas las rodeaban, moviéndose de un lado a otro, parándose a persignarse y rezar frente a esta o aquella imagen.

Bajaron a ver las tumbas de los Papas y les sorprendió lo sencilla que era la de Juan Pablo II, el Papa con el que habían crecido y prácticamente el único que habían conocido. Estaba muy cerca de la tumba de San Pedro, el primer Papa y uno de los doce Apóstoles a los que Jesús envió por el mundo para difundir la buena nueva del Reino del Señor. Una monja rezaba frente a la tumba en silencio. Al salir retrocedieron de vuelta a la entrada y se acercaron a las taquillas para las entradas a la cúpula del Vaticano. Quedaban unos veinte minutos para cerrar y no había nadie haciendo cola. El sacerdote que estaba en ellas les dijo que tendrían que darse prisa y que al cerrar les informarían por megafonía para que bajaran. Les dio entradas para subir por las escaleras pero como no había nadie les dijo que usaran el ascensor. Le agradecieron el gesto. Avanzaron hasta el final de aquel patio y pulsaron el botón del ascensor. Llegó al poco y se subieron. Medio minuto más tarde estaban en la parte superior de la basílica y frente a ellas tenían la espléndida cúpula. El camino estaba bien señalizado y comenzaron la ascensión contando los pasos. Un cartel avisaba que toda aquella zona estaba controlada con cámaras de seguridad y que aquellos que destruyeran o ensuciaran serían expulsados. Justo al lado del cartel había un montón de grafittis de gente que no se daba por aludida. No había más nadie en el lugar y no se escuchaban otras voces. Fueron subiendo los más de trescientos escalones a su ritmo, parándose a coger aire y observando detenidamente el camino. En ocasiones las paredes se curvaban porque estaban andando entre dos cúpulas, pero no se hacía agobiante.

Al superar los doscientos cincuenta escalones sabían que estaban cerca y pronto fueron doscientos setenta y cinco, trescientos y así, cerca de las cinco de la tarde se asomaron a Roma, la ciudad Eterna, desde lo alto de la Basílica de San Pedro.

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