Qatar primera parte

Arabian Tour 2005

Esta historia arrancó en Comienzo del viaje y continúa en Arabia Saudita. Si has llegado aquí por caminos misteriosos, te sugiero que la leas desde el principio.

Mi siguiente parada era Doha, la capital de Qatar. El vuelo desde Damman es de escasamente media hora. Aproveché ese tiempo para intimar con mi compañera de asiento, una hindú que comía comida especial, uséase, comida hindú. La próxima vez yo también la voy a pedir, que le pusieron un arroz con curry que olía mejor que mi comida y al final le dieron un Chapati que ni os cuento. La mujer comía un poco molesta, porque yo babeaba a su lado. La tía se pasó toda la escala en Arabia acicalándose en el baño. Según me contó más tarde, vivía en los Estados Unidos con sus hijos y venía a ver a su marido, el cangril de Bombay, que trabaja ahora en Qatar. Previamente vivieron veinte años en Kuwait, hasta que un señor malo con bigote les metió el miedo en el cuerpo. Dicen que ese señor está ahora en prisión, pero también decían que su país tenía armas químicas y nucleares, así que permitidme que dude ya que la fuente de ambas noticias es la misma.

Por culpa de ser un vuelo tan corto, el aguilucho no cogió altura y aquello más que un viaje fue un paseo en batidora. Nos agitábamos que era cosa fina. La hindú intentó darse los últimos toques, pero desistió porque estaba claro que iba a terminar pintada como Sara Montiel.

Al aterrizar, nos avisaron que la única forma de salir del aeropuerto era mediante taxi. El edificio es muy bonito, pero no tiene ?fingers?? o pasarelas, así que los aviones aparcan y después llevan al pasaje mediante guaguas a la terminal. Cuando bajo me encuentro que hay como cinco cochazos de la muerte, con sus moros con chilaba blanca a su lado. Aparentemente si eres del país y tienes un poco de influencia, está permitido que te recojan a pie de escalera. Los moros gritaban los nombres de los que buscaban, pero no tuvieron mucha suerte. Cuando nos largaron en la terminal, comenzó la carrera para conseguir visado. La cosa no estaba muy clara y todos nos preguntábamos para ver si alguien lo tenía claro. Había uno que decía que salíamos sin más y otros que decían que teníamos que ir a una ventanilla que no tenía muy buena pinta. Como los europeos nos manteníamos agrupados en el medio de la sala, finalmente enviaron un emisario que nos informó del procedimiento a seguir. Teníamos que rellenar un impreso y pagar al policía por un visado instantáneo de tres semanas. Se podía pagar con tarjeta de crédito. Rellené el dichoso papel y me puse en la cola, justo detrás de un portugués que también venía a ver a papuchi. Cuando estábamos haciendo cola para recibir el infame sello en nuestros pasaportes llegó un avión procedente de Tailandia. Nunca pensé que pudiera entrar tanta gente en un Boeing 747. Aquellos eran como ochocientos. Todos eran clónicos. Tenían la misma pinta, cosa natural si pensamos que en los países asiáticos tienen muy desarrollado lo del fotocopiado. Los del aeropuerto los trataban a patadas, como auténtico ganado. Está claro que aquí los que visten chilaba blanca son los autóctonos, los principitos y los hindúes, filipinos, tailandeses, malayos e indonesios son los esclavos que lo mantienen todo en funcionamiento.

Bueno, después de pasar el control asumí que tengo que perder el pasaporte para conseguir uno nuevo o en mi próxima visita a Estados Unidos recibiré unas cuantas sesiones en Guantánamo. Justo al lado del sello del servicio de inmigración norteamericano tengo un maravilloso sello que dice que he visitado Qatar. Según se pasa dicho control hay una tienda libre de impuestos en la que parece que el tabaco es muy barato. Después te encuentras todas las maletas desperdigadas por el suelo sin orden ni concierto. Tuve que pedir ayuda a uno de los artífices de aquel desorden, que no encontró mi equipaje. Una mirada cuidadosa a mi resguardo me descubrió la segunda sorpresa que me tenía reservada la hijaputa que trastocó mi facturación pulsando botones a diestro y siniestro. Mi equipaje estaba facturado directamente hasta Omán. Justo cuando estaba cerrando la maleta en mi casa tuve un mal presentimiento y se me ocurrió echar unos calzoncillos y unos calcetines en mi mochila de mano. Ese detalle providencial me salvará de andar con los mismos gallumbos durante cuarenta y ocho horas. Como no tenía equipaje que rescatar, los porteadores que acosaban a la gente sin descanso no pudieron hacer nada conmigo. Curiosamente se pasa la aduana después de comprar en la tienda libre de impuestos. Me imagino que no te obligarán a pagarlos en ese instante, pero tampoco me fijé mucho. Se deja la terminal de llegadas volviendo a pasar un control de seguridad. Delante de mí, dos tías con burka negro a las que sólo se les veían los ojos y los pinreles. Empiezo a creer que esto de los burkas puede ser adictivo. Como no ves nada, todo hay que dejárselo a la imaginación y yo otra cosa no, pero imaginación tengo una poca. Miras los ojos de la tía, después le miras el dedo gordo y el resto con imaginación. Dedito coqueto, con uña pintada y cuidado, posible chocha del martes de sabor dulzón. Dedito obeso y descuidado, posible orco nada apetecible excepto para aquellos que se follan cualquier cosa. Dedito con unos cuantos pelos asociados, sabor sabrosón, una osita que abriga mucho en invierno. Dedito largo y estilizado, mala persona, posiblemente ruin y poco de fiar, que en las pelis animadas de Walt Disney siempre ponen a los malos con los dedos largos y delgados, que uno tiene mucho cine a sus espaldas y ya conoce las pautas.

Retornando al tema, tras pasar el último control de seguridad y poco menos que empalmado de los pensamientos calenturientos con tanto pinrel, salgo y me encuentro con una multitud que grita y mira hacia mí. Muchos de ellos agitan un papel con el nombre de un occidental. Algo terrorífico. Como los del hotel me han mandado transporte, los tengo que mirar y eso los exalta aún más. Voy con todos los pelos de punta hacia la puerta de salida y no veo mi nombre en ninguno de los papeles. Al final del todo, un guardia de seguridad nos protege de la marabunta. Hay un americano allí que me explica que él tampoco ha visto su nombre y debería haber alguien esperándolo. El hombre llevaba dos días viajando: Colombia ? Estados Unidos ? Ámsterdam ? Qatar. Llamo al hotel y me dicen que la persona que me debería recoger tendría que estar allí. Les explico que estoy acorralado junto al de seguridad y me informan que ellos se encargarán de todo, que no me preocupe de nada. Tras veinte minutos esperando, aparece el tipo. Le deseo suerte al americano y le ofrezco venirse a mi hotel.

El viaje desde el aeropuerto hasta el hotel fue intenso. El código de circulación parece ser bastante flexible. Los cambios de carril, la invasión de carriles en sentido contrario, el saltarse semáforos y no parar en stops parece ser práctica comúnmente aceptada. Iba con los pelos de punta, mientras aquel tipo se jugaba mi vida por la carretera. Parecen existir dos tipos de taxi. Los chachones, última generación, full extras que son los que usan los moros naturales del país y unos trastos cochambrosos de hace mil años, sin aire acondicionado que parecen ser el medio de transporte para los esclavos que tienen en el país. Otra cosa que noté es el uso intensivo de la pita. Todo el mundo conduce tocando la pita (o el claxon, para los más pulidos) todo el tiempo. Supongo que significará algo, pero dado lo corto de mis trayectos en el país, no pude deducir la pauta.

Llegué al hotel temblando como un pajarito. Entré en la habitación y me encerré a cal y canto, rendido. En total fueron doce horas desde que salí de mi casa hasta que entré en la habitación del hotel. Ni en mil millones de años adivinaríais lo que había en la habitación. En el baño tenían bidé, pero como los del pasado. No estas cosas nuevas que tienen el chorrillo que apuntaba a los bajos en la parte delantera, sino de los de tipo fuente. Me faltó tiempo para abrirlo y ver esa pequeña fuente desafiar la gravedad. La cisterna del retrete era un tanto peculiar. Me imagino que el agua es un elemento bastante escaso y lo ponen complicado. La cisterna funcionaba como una manivela a la que hay que dar repetidamente para que salga el agua. Así que le das una vez y sale un poquito, le vuelves a dar y lo mismo, le das por tercera vez y un chorrillo. Cuando le coges el ritmo y le das cuatro o cinco veces seguida con velocidad, entonces funciona como es debido.

Así llegue al final del día, entretenido entre la cisterna y el bidé.

El relato del viaje continúa en Qatar segunda parte