Retomando la rutina

El año pasado, por octubre, dejé de correr. Lo hacía religiosamente dos veces a la semana y hubo un momento en el que había entrado en una rutina de una vez cada setenta y dos horas y me daba igual si hacía viento, llovía, estábamos bajo cero o sobre treinta grados, yo iba a correr. Ni la oscuridad del invierno parecía ser capaz de detenerme. No es algo que haga porque me mola mazo, de hecho, lo odio, pero reconozco que de mayor no quiero acabar como Genín y Virtuditas y puestos a elegir deporte, ese se me da bien y no requiere de la interacción con ningún ser humano, algo que es condición indispensable para mi. En octubre, no se si fue después de regresar de Pisa o de Venecia, uno de esos dos domingos, fui a correr, después me duché, cené, seguí en mi casa con mi madre y por la noche fui al cine en bici y cuando estaba cerca del cine, noté un tirón brutal en uno de los gemelos, como un desgarre. Llegué al cine, subí cogeando a la sala, vi la película y al volver a casa el dolor seguía ahí pero en menor medida. Estuve meses con el dolor, el cual notaba especialmente cuando subía o bajaba escaleras. Después, alguno de mis amigos intelectuales, de esos que se han leído las instrucciones del paquete de rollos de papel higiénico y ya se creen académicos con doctorado cum fraude, como el presidente por accidente del gobierno de España, pues uno de esos me dijo que seguramente me pasó porque no hacía ejercicios de calentamiento. Después me dio la pereza, me iba de vacaciones a Asia y me dio aún más pereza, volví de las vacaciones y sabía que tenía que empezar pero entre que fui a Málaga y a Gran Canaria, llegué a julio encontrando siempre alguna buena excusa. Un día decidí salir y ver como estaba y me sorprendió porque corrí un par de kilómetros sin problemas, calentando previamente y posteriormente. Otro día de esa semana lo apuré a tres kilómetros y la segunda semana ya hacía los cuatro kilómetros a unos cinco minutos por kilómetro. Seguí en esa cantidad dos semanas más antes de regresar a los seis kilómetros, que es la distancia del circuito que hago y también la distancia que me gusta. Y aquí estamos. Lo que diferencia a esta temporada de la anterior es que ya no tengo la obsesión por la constancia. Si una semana llueve, o voy al cine, o tengo eventos sociales y solo puedo ir una vez, pues vale. Si se hace de noche más pronto y solo puedo correr cuatro kilómetros porque por mi ruta no hay calles iluminadas, pues hago cuatro y me voy a casa tan contento. Se me ha acabado el permitir a la actividad que me domine, ahora la hago cuando quiero o puedo y por los kilómetros que quiero o puedo. Hoy por ejemplo hice seis y no se si mi próxima ocasión será el viernes o el sábado. Lo que sí que no ha cambiado es mi odio por la actividad. No me gusta nada, pero tampoco me cuesta un esfuerzo excesivo el hacerla y una cosa que sí que me fascina es que cuando estás corriendo y te cruzas con otro chamo, siempre te saluda, como si formáramos parte de una hermandad sagrada, algo que me da risa porque si te cruzas con una pava, esas te ignoran que no veas, seguramente se creen que si te saludan lo considerarás como una invitación a empetársela hasta las raíces de los pelos de los güevos. Mejor las dejamos en su particular babia. Ahora que ya llevo unos meses, ya he comenzado a incrementar la velocidad y ya es raro que llegue a los cinco minutos por kilómetro y de suceder, es siempre en el primero, que parece que siempre me cuesta más.

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