Todos los viajes son diferentes

No siempre suceden cosas interesantes cuando uno viaja en avión. A veces la normalidad es la nota dominante. Mi retorno desde las Canarias parecía escrito con esta premisa. Crucé los controles de seguridad del aeropuerto como siempre, sin notar nada especial. Esperé a que avisaran para el embarque el cual se produjo media hora antes de lo previsto gracias a que el avión llegó temprano, algo que tampoco es extraño cuando son vuelos charter. Tuve la suerte habitual y tenía un asiento vacío a mi lado en el avión, ignoré a los otros pasajeros como suele suceder y me negué a hablarles y una vez me coloqué la almohada del cuello caí dormido, como siempre.

A medio vuelo me desperté. Estaban con lo de la venta a bordo de productos libres de impuestos y dos veces más caros que en tiendas normales. Hay gente que los compra lo cual me fascina. Alguien pidió algo que no tenían y el azafato corrió a buscarlo. Era el clásico trabajador de la raza del julandro con una pérdida de aceite que le hace fallar en las revisiones de la ITV y de esos que jugaron demasiado con la Barbie Túrica cuando eran pequeños. El chaval volvió a la carrera agitando las manos de esa forma que solo una locaza puede hacer. Gracias a lo ancho de su tubo de escape puede correr más rápido que la media y parecía volar por el pasillo. Cuando le faltaban unas cinco filas para llegar a donde yo estaba perdió el paso y lo vimos coger vuelo, trató de agarrarse de los asientos que tenía a sus lados pero su amaneramiento se lo impidió. Comenzó a descender gritando como un cerdo en el matadero y perdiendo toda la gracia. Su caída la vimos a cámara lenta. Sus gritos resonaban por todo el avión mientras iba descendiendo hasta que finalmente quedó totalmente extendido frente al carro que usan para vender y en una posición un tanto extraña. Las otras azafatas lo vieron y comenzaron a correr hacia donde se encontraba pero el carrito les bloqueaba el camino. En el avión, los pasajeros, o sea nosotros, comenzamos a descojonarnos a mandíbula abierta. El julay se movía en el suelo y trataba de levantarse quejándose por la hostia que se había dado.

Cuando se puso de pié le aplaudimos y vitoreamos a rabiar. El hombre salió quejándose para la parte delantera del avión mientras sus compañeras trataban de ayudarlo. No lo volvimos a ver en todo el vuelo. Ese no vuelve a correr como una loca por un avión.

Llegamos a Rotterdam con más de media hora de adelanto y todo salió rodado. Mi maleta fue la cuarta en salir, la guagua que me llevaba a la estación partió inmediatamente y no tuve que esperar por el tren. Toda una serie de golpes de buena suerte. Ahora me toca preparar el viaje a Turquía para la boda. Espero que sea una gran aventura.

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