Una tarde de otoño

De vez en cuando sucede que me quedo en blanco y no se me ocurre nada sobre lo que escribir. Es una sensación extraña. Creo recordar que esta mañana tuve una idea feliz pero igual que vino se fue dejando únicamente ese residuo latente en algún lugar de mi subconsciente que me hace sentir que estuvo ahí pero se ha marchado. Seguramente volverá y si no lo hace es que no era tan buena y no merece la pena.

Esta semana quería escribir historias, continuar las cosas que andan a medias y demás, pero al final no siempre suceden las cosas como queremos. El lunes acompañé a mis padres al aeropuerto y sucedió aquello que ya he contado, el martes volví al aeropuerto para acompañar a mis amigos holandeses y despedirlos. Se han ido de vacaciones por un mes a Australia. Odio las despedidas. Cuando viajo solo los aeropuertos no son más que lugares en los que doy un salto que me permite avanzar unos miles de kilómetros y aparecer en otro lado. Cuando tengo que llevar a alguien los aeropuertos son esos sitios en los que no sabes que hacer y donde tarde o temprano has de decir adiós, son recintos incómodos y que te dejan con mal cuerpo.

La marcha de mis padres y de mis amigos me ha dejado solo. No he pensado mucho sobre el tema porque ando muy ocupado en el trabajo, tratando de salvar lo insalvable. Cada día que pasa está más claro que estamos condenados, que la suerte de la división en la que trabajo está echada y su futuro es bien oscuro.

Cuando acabé de trabajar decidí escuchar música ligera en la vuelta a casa y pensar sobre lo que debería escribir hoy. No vino ninguna idea. Por más que lo intenté no se me ocurría nada. Mientras viajaba en el tren trataba de engarzar algo que mereciera la pena y no logré cuajar ninguna cosa. Llegué a mi casa y visto el plan me marché al cine. Hacía más de tres semanas que no iba. Hoy ha sido mi primera vez en el cine Camera/Studio de Utrecht. Es una sensación extraña cuando entras a un cine por primera vez. Ni el cine te conoce a ti ni tú lo conoces a él. Al principio ambos nos miramos recelosos. Me ha gustado bastante. La sala era espaciosa, el lugar idílico, junto al canal, cerca del Ayuntamiento y bajo la majestuosa mirada del Domtoren.

Tras la película, de la cual hablaré otro día, me monté en la bicicleta escuchando a Elliott Smith. Música triste para acompañar mi estado de ánimo. Decidí explorar las rutas alternativas y me perdí con la bicicleta. Mi sentido de la orientación es patético. Ni siquiera llevar un reloj con brújula digital me ayuda. Me pierdo con una facilidad pasmosa. Comencé a avanzar y cuando quise darme cuenta estaba en el medio de un lugar desconocido, a oscuras, solo y entonces se me vino todo encima. Después de unas semanas con un montón de gente a mi alrededor estaba finalmente solo, ?on my own??. La sensación de vacío comenzó a inundarlo todo, me sentía cada vez más hundido y cuando esto sucede lo mejor es dejarte llevar y disfrutar del momento, así que lloré mientras pedaleaba por avenidas desconocidas en las que no circulaban ni coches ni bicicletas. Crucé un campo enorme en el que las farolas que marcaban el camino parecían cortar la oscuridad y lanzaban su luz hacia el suelo aunque antes de llegar era absorbida por una capa de bruma que lo cubría.

Miro hacia el pavimento y veo que parte de las ruedas desaparece en dicha bruma. Es un momento mágico en el que las lágrimas se las lleva el viento. Estoy perdido en una ciudad que aún no conozco. El cielo está totalmente despejado y pese a que la contaminación lumínica de este país no te deja ver las estrellas, busco su ayuda y las encuentro. Están allá arriba, vigilando y parpadean saludándome. Son decenas de estrellas que parecen querer indicarme el camino, al igual que los haces de luz de las farolas o que la bruma. No estoy solo. Hay una red enorme a la que pertenezco y que parece protegerme y llevarme a buen puerto. Sigo adelante feliz porque llegaré a casa, no tengo que encontrar el camino porque estoy haciéndolo, quizás no sea el más óptimo pero es mi camino, el que me llevará a donde quiero ir. Siento la presencia de la gente a la que dije adiós esta semana. Siguen ahí, en algún lugar y aunque haya grandes distancias separándonos los siento junto a mí, acompañándome. El sonido de las guitarras me anima a pedalear más deprisa porque somos legión y queremos conquistar el mundo.

Llego a un lugar conocido desde una dirección diferente. En las semanas que llevo viviendo aquí me he preguntado en varias ocasiones por ese camino y ahora sé adonde lleva. Forma parte del camino de mi vida.

Antes de llegar a casa me cruzo con un ave enorme que está junto al canal. Son unas aves a las que no les gustan los seres humanos y que siempre nos rehuyen así que me sorprende encontrármela en mi camino y me paro. Ella me mira y en sus ojos veo el reconocimiento y siento que somos familia. Tras unos momentos continúo y cuando entro con la bicicleta en la parte trasera de mi casa me encuentro con un puercoespín que también me observa tranquilamente. Lo saludo y me parece algo natural. Al fin y al cabo es un vecino. Avanzo hacia mi casa con la prisa que da el saberte tan cerca y el haber vuelto a territorio conocido. Elliott Smith termina de cantar una canción cuando abro la puerta. He llegado a mi hogar y creo que ya sé lo que quiero escribir. Quizás no sea apoteósico, quizás no interese a nadie pero es lo que me apetece. Al fin y al cabo este es mi diario.

11 opiniones en “Una tarde de otoño”

  1. Hace ya unos meses que entro en este foro (cerca de medio año?). Hasta ahora, pensaba que me gustaban los textos por su humor. Ahora veo que no, que me gustan porque son cercanos. A mi me ha gustado mucho esta poesía

  2. Gracias bishop. No creo que sea poesía pero es más personal de lo habitual. Yo personalmente prefiero el cachondeo y similares pero si no sale, pues no sale. Desde que se estabilice mi trabajo seguro que vuelvo a las andadas.

  3. Después de pasarme la semana leyendo tus mariconadas me has pegado la infección. Estoy pensando en escribir una canción para las Kagarrias esas para que puedan relanzar su carrera.

  4. mmm… parece que al final te ha dado por comerte una “pizza”. Con el tema de los aeopuertos solo decirte que a mi me gustan bastante. Disfruto como un enano de cada experiencia. Es la historia de Icaro con final feliz (casi siempre). Quizas sea el hecho de haber vivido en una isla. Los aeropuertos son la antesala a lo desconocido. No importa cuanto hayas viajado. A mi me dispara la adrelina aunque solo vaya a recoger/despedir a alguien. Bueno, tampoco me tomes muy en serio. Al fin y al cabo vivo en una ciudad con cuatro aeropuertos y estoy escribiendo una novela sobre el tema (sigh).

  5. A mí desde que empezaron a cobrar unas tasas abusivas por pasar en ellos dos horas sin darte nada a cambio los veo como lugares en los que me siento obligado a jiñar para recuperar al menos algo de mi inversión.

  6. Lo del onanismo nunca lo había oído. Imagino que será en esos baños asquerosos porque el resto del aeropuerto suele estar lleno de cámaras.

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