Victoria

Hoy al recoger el correo tras llegar a casa me he llevado el sorpresón del año. ¡Victoria! He ganado. He triunfado donde otros fracasaron. Me siento más radiante que los zapatos de charol de Judy Garland en The Wizard of Oz.

Es la primera victoria en este país, o quizás la segunda si contamos cuando conseguí que la gentuza de KPN me anularan la factura de mil quinientos euros que me endiñaron sin razón y que además de un sofoco y dos soponcios casi me produce una úlcera. Del disgusto tan grande que cogí ese día, estuve una semana escuchando únicamente música de Celine Dion, que siempre me ha hecho llorar a lágrima viva.

No tenía mucha fe en la victoria, y más cuando hasta Pepa ha sido robada por la perra de la reina de la laca, la soberana de estas tierras bajas en altitud. Tendréis que leeros la historia en su bitácora para comprenderlo. Tengo suerte que yo sólo juego a la Lotto y nunca he estado abonado, ya que prefiero el paseíllo al kiosco los sábados para sellar mi boleto. Al hilo del desaire que la reina de la laca nos ha hecho al treinta por ciento de la población del país, es decir, al treinta por ciento de católicos a los que decidió afrentar no yendo al funeral del Papa ni enviando siquiera al pollaboba retardado de su hijo mayor, decir que yo estoy devolviéndole la afrenta día a día. Lo primero que hice fue conseguirme postales con su careto de perra vieja y acabada. Una vez conseguidos, todas las mañanas antes de obrar lanzo su careto en el retrete y me cago en ella, sobre ella y en su puta madre, de la cual no pude conseguir postales pero a la que tengo en mente cuando jiño. Por supuesto que todo, con el respeto que tenemos los católicos por zorras asquerosas y zarrapastrosas como la puta vieja esa, que la veremos arder en el infierno con toda esa laca, que usarán su pelo de combustible para las calderas del averno. Así que cada mañana tengo mi momento reina de holanda, en el que gozo entregándole el fruto del día anterior en su puta cara, la mierda que se merece. El día que la palme la vieja chocha esta, lo celebraremos a lo grande los católicos del país. También decir que la iglesia neerlandesa ha comunicado a los feligreses que aunque los métodos anticonceptivos no están permitidos en nuestra fe, es perfectamente lícito y acorde con la doctrina el usar sellos con la cara de la puta vieja asquerosa esa, que se deben colocar en la punta de la polla para que en el momento del corrimiento los espermatozoides la vean y salgan escopeteados en dirección contraria, huyendo de semejante aborto.

Pero volvamos al orden del día y dejémonos de pequeños detalles anecdóticos. La cosa es que los ladrones del ayuntamiento de Hilversum me habían clavado un impuesto revolucionario de quinientos ochenta euros por vivir en la ciudad. Siempre ha sido cara la estancia en este poblacho, pero es que este año se habían pasado dos ratos y medio. Después de leer y releer el dichoso papel con mis dotes idiomáticas recién adquiridas, detecté algo raro. Lo hablé con mi asesor nacional, un compañero de trabajo que está muy puesto en las cosas de su tierra y me lo confirmó. Me estaban cobrando por vivir con una multitud en mi casa. Así que al día siguiente, aún con el pijama puesto, me planto en las oficinas municipales para presentar mi queja ante el abuso y la violación de mis derechos inconstitucionales que había tenido lugar. En mi contrato figura en letra clara que sólo yo y nada más que yo estoy autorizado a vivir en este cuchitril de treinta y cinco metros cuadrados, así que es imposible que me quieran cobrar por más personas, aunque entiendo que con la puta de la china metiendo medio continente asiático en su piso, el ayuntamiento pueda estar confundido. Les expliqué, que si querían buscar millones de personas, que fueran al piso de abajo y que fliparan con esa casa, que el camarote de la película de los hermanos Marx estaba desierto al lado de la cantidad de gente que entra en esa vivienda.

Así que hoy me han confirmado que tengo toda la razón del mundo, ya que no puedo tener más razón que un santo al ser uno de ellos. En la misma misiva me confirman que de alguna forma y manera que aún he de averiguar procederán a devolverme el dinero ya que sólo debo pagar la modesta e insignificante cantidad de cuatrocientos cincuenta euros. Así que aquí me tenéis, de celebreishon con esta pírrica victoria frente al monolítico y abusador ente burocrático.