Esto fue una experiencia prácticamente mística. El avión era chiquitito, con menos capacidad que una guagua de la línea 20 y de repente el chófer dijo que aterrizábamos y que las azafatas mejor se amarraban a donde pudieran y bajamos a un lugar remoto en el medio de la nada y con el fascinante nombre de Maavaarulaa, que a mí personalmente me recuerda aquel refrán tan famoso que dice que truscoluña no es nación. El aeropuerto abrió aquel día para este avión y cuando despegamos cerraron y de hecho, me acuerdo que cuando subieron los cuatro pasajeros, ya estaban echando flis contra los mosquitos en la terminal y apagando las luces. Para este vídeo elegí la canción Bella Luna de Jason Mraz.
Comenzamos en las nubes, que yo ni veía que hubiese bajado los flaps, pero como el chófer dijo que aterrizábamos, yo empecé el vídeo y la cámara a veces hasta enfoca algo. Ya se estaba poniendo el sol y estábamos como en el crepúsculo, pero en uno sin muchos colores. Sobre los dos minutos se ve el mar y la línea del horizonte y un pelín después aparece como un arrecife, vemos el mar rompiendo en el mismo y aparece de la nada una isla con una especie de laguna interior y cuatro calles, pero sin espacio para el aeropuerto. Seguimos avanzando y a los tres minutos llegamos a otra isla al lado y aterrizamos, que cuando bajábamos parecía que íbamos a aterrizar en hierba. Según tomó tierra, el chófer pisó el freno de mano, llegamos al final de la pista, dio la vuelta y regresamos por la mismísima pista hasta la salida para llegar cerca de la terminal. Estuve tentado de ofrecerme a salir y limpiar mi ventana por fuera con una balleta, pero seguro que se lo habrían tomado muy mal.