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20 años en los Países Bajos

Parece que fue la semana pasada cuando celebraba los 10 años en los Países Bajos y ya he metido otra década encima de esa. El 1 de julio de este año, sobre las ocho de la tarde se cumplieron dos décadas desde que llegué a los Países Bajos desde Gran Canaria. En realidad debería haber escrito sobre el tema hace dos semanas pero entre el viaje a Bodrum, la transferencia de mi sacrosanto conocimiento y la perenne falta de tiempo, he ido dejando pasar los días y como no me plante y lo escriba hoy, seguro que pueden transcurrir semanas ya que pronto me piro a Gran Canaria de vacaciones. En esta segunda década, obtuve la nacionalidad neerlandesa, con un pasaporte precioso, precioso en el que tengo un único apellido que es la combinación de mis dos apellidos españoles separados por una y (la griega) y hasta mis nombres, que eran dos originalmente, fueron transformados y ahora están unidos por un guión. Estos diez años son también los de multitud de viajes a Asia, los de convertirme en el gran maestro buceador y enamorarme de los tiburones, que definitivamente son los terceros mejores amigos del hombre. En estos años, POR FIN, me echaron a la puta calle de la multinacional amarilla en la que trabajaba, algo que ya se esperaba en la primera década pero nunca llegó a suceder. Mi jardín ha cambiado un montón a lo largo de los diez años, tengo barba, pero sigo yendo al Cine con una frecuencia que es difícil igualar al resto del populacho. He creado ingentes cantidades de comida y he regalado una gran parte de la misma, sobre todo cuando se trataba de cosas dulces. He recorrido Europa, he estado un montón de veces en Italia y particularmente en Roma, caminé por Birmania, Tailandia, las Filipinas, Indonesia, Malasia, Hong Kong o Vietnam, he ido un montón de veces a Estambul y salvo por este año, estuve prácticamente dos veces cada año en Málaga.

En resumen, si miro hacia atrás, hacia 1999 y la vida que tenía en aquel momento, han sido dos décadas de ensueño y que jamás pude imaginar. Incluso con la mierda del encierro de este año, lo he disfrutado, he tomado el sol a destajo, he caminado, ido a correr cada dos días, he hecho bicicleta y acabé por sacarle un montón de partido y quizás soy de los pocos que aprecian enormemente la distancia social.

Como estamos en un nuevo punto de inflexión, resulta arriesgado predecir lo que traerá el futuro para la próxima década pero espero que sea algo tan bueno o mejor que lo que he recibido hasta ahora.

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Tremenda distancia cristiano

Por circunstancias de la vida que vienen al caso, yo llevo casi cuatro años corriendo, ya que no quiero ser obeso como algunos comentaristas que no vamos a mentar o culocochistas, como quizás sean los mismos comentaristas u otros. Comencé en algún momento del final de la primavera del 2016 con un programa para llegar a los cinco kilómetros en doce semanas y tal y tal y tal, aunque llegué mucho antes. Después pasé por la fase esa de querer correr más y más kilómetros hasta que descubrí que me aburro si corro más de media hora, con lo que mi distancia quedó fijada en los seis kilómetros y el objetivo es hacerlos en menos de treinta minutos. Al final de ese 2016 me compré una Mi vand de esas, el primer modelo, sin pantalla ni nada y comencé a usar su programa en mi androitotorota para saber las rutas que hago, los kilómetros, el tiempo y en versiones posteriores hasta las pulsaciones de mi corazón durante ese ejercicio y los peítos que me puedo o quiero tirar, que puede suceder y posiblemente suceda que el esfuerzo físico te lleve a soltar gases que te lastran. Desde aquel momento hasta ahora pasé de la Mi vand a la tres y después a la cuatro, creo que me salté la dos y como siempre soy el mismo usuario, cambio de una a otra y me mantienen lo recorrido, con lo que podemos saber que en ese tiempo he hecho ciento sesenta y seis carreras y recorrido novecientos tres kilómetros, casi novecientos cuatro. Han habido meses en los que paro, particularmente en invierno porque no me mola nada correr de noche ni si llueve y puede suceder y sucede en los Países Bajos lo segundo, que lo primero sucede siempre entre noviembre y febrero y me obliga prácticamente a dejarlo o a reducir la distancia. También he tenido alguna lesión y las susodichas vacaciones que me distraen del tema, pero siempre regreso al mismo. Hasta el enclaustramiento, el objetivo era correr dos veces por semana, aunque en la actualidad se ha convertido en correr cada dos días, es decir, con cuarenta y ocho horas entre ellas. Además y gracias a la ausencia de lluvia, estoy consiguiendo hacer seis kilómetros desde algún momento de abril, salvo por una ocasión en que me llovió. El lunes y con los últimos seis kilómetros superé los novecientos, distancia que medida linealmente va desde la puerta de mi keli hasta Venecia, si lo hiciese de un tirón. En el camino cambié de zapatillas deportivas, ya que gasté las primeras y ando por mi segundo par, aunque que nadie se piense que me gasto un pastón en las mismas que yo no compito ni quiero ganar medallones porque sé que no son de oro puro del que cagó el moro y a mí las medallas esas falsas no me motivan, igual que no me molan las masas de chusma y gentuza que se apelotonan en esos eventos populares. Yo voy a mi aire, casi siempre en un descanso por la mañana y tampoco me estoy preocupando de mejorar la velocidad, así que me mantengo rondando los veintinueve minutos, bien por debajo de los fatídicos treinta que corren los perdedores. En ocasiones, como el lunes pasado, bajo a los veintiocho pero sucede raramente porque ya procuro regularme y evitar el ir más y más rápido, que la tentación existe, pero no sirve de mucho y se trata de hacer algo de deporte y nada más. Esta semana, al ser el primer día el lunes, caerán cuatro entrenamientos y la semana que viene será de tres, siguiendo un ciclo que no sabemos cuando decaerá. Siempre, siempre, siempre me da pereza para ir y mi cerebro se inventa dieciséis excusas para no hacerlo que tengo que ningunear, igual que cuando llego al cuarto kilómetro me dice que pare inmediatamente y después resulta que el quinto kilómetro suele ser siempre el más rápido y al acabarlo me suplica que lo deje y yo sigo por no tener que caminar durante diez minutos y llego al sexto también con muy buen tiempo. Hace un tiempo expliqué el circuito que hago y sigue siendo el mismo, con sus tres posibles variantes y la ruta la determina la posibilidad de lluvia o de viento. Al ritmo que voy, es posible que este mes el total alcance los noventa kilómetros o sea, el diez por ciento de toda esa cantidad la habré hecho solo este mes, ya que nunca jamás me pude imaginar un escenario en el que no tendría cines abiertos ni iría a la oficina o a salir por ahí. En junio, cuando abran los cines, la cosa cambiará y me temo que reduciré el ritmo porque sé de uno que irá al cine todo lo que pueda, pese a la limitación de treinta julays por sala independientemente del aforo, la reserva previa de la entrada y la movida de la desinfección al llegar al cine, que están convirtiendo toda la experiencia en algo que recuerdas para los restos y todo para poder ir a ver películas viejunas, que van a arrancar sin estrenos. Acabando con el tema, que estoy hecho un máquina y que al contrario que muchos, que han preferido incrementar las lorzas, yo opté por comer bien, jiñar mejor y equilibrar el desfase haciendo gimnasia todos los días y yendo a correr en días alternos.

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DOS MIL días de constancia en el Duolingo

Hay que ver lo felices que éramos allá por el inicio de febrero de este año cuando vivíamos en la ignorancia y celebrábamos los Mil novecientos días de constancia en el Duolingo y como se nos torció y retorció el universo conocido y ahora estamos en un universo en el que todo lo que antes era normal, ahora es de un peligro que no veas y parece que hemos decidido mudarnos en masa al planeta Solaria, aquel que pensó Isaac Asimov hace la tira de años y en el que el contacto entre humanos era prácticamente nulo. Hoy estaba yo comenzando una nueva semana haciendo ejercicios de español para italianos cuando alcancé los dos mil días sin haber perdido la comba, haciendo mis ejercicios diariamente y para aquellos que prefieren otras unidades, son sencillamente cuarenta y ocho mil horas de constancia o cinco años, cinco meses, tres semanas y un día. Desde que entré en la clausura mi rutina ha cambiado un poco y ahora hago un solo idioma por día, hasta completar un nivel completo de uno de los módulos y después cambio al siguiente. Hoy me tocaba español para italianos y lo he terminado así que mañana seguiré con inglés para neerlandeses y pasado mañana estaré con neerlandés para ingleses y después no sé cuanto tiempo tardaré en acabar el nivel para seguir con italiano para ingleses, desde ahí saltaré a italiano para españoles, seguiré con inglés para italianos y se cerrará el círculo cuando vuelva a español para italianos. El ritmo actual es de unos ciento cincuenta puntos por día, repartidos entre aprender nuevos módulos y refrescar conocimientos pasados pero en ejercicios a contra reloj para retar a mi cerebro. He movido también mi rutina y de hacerlos por la mañana cuando iba en el tren al trabajo ahora los hago por la tarde cuando termino de trabajar, si no hace calor y cuando he cenado, si hacía buen día y tras el trabajo me tumbo a tomar el sol en mi hamaca un par de horas, que todos sabemos lo necesario que es hacer la fotosíntesis y generar la saludable vitamina D. Así que aquí queda, tengo ya DOS MIL DÍAS sin perder la comba de los ejercicios en el Duolingo.

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Mil novecientos días de constancia en el Duolingo

Como vuela el tiempo. No he tenido ni tiempo para tupir más de dos retretes desde que mencioné lo de Mil ochocientos días de constancia en el Duolingo y esta mañana, en el tren, camino de Hilversum, crucé le épica y legendaria línea de los mil novecientos días y sigo con los mismos idiomas, aunque para practicar uno de ellos, el más nuevo, español para italianos, solo lo puedo hacer a través de la página web del duolingo, así que de cuando en cuando uso el ordenador personal para aprender el español, idioma que es muy importante que aprenda ya que el mejor blog sin premios en castellano se escribe en esa lengua. La cantidad de días en los que no he fachado para hacer mis ejercicios y que indica que es la cantidad de días que en algún momento he estado conectado a las internetes son cinco años, dos meses y dos semanas. Un auténtico pasote. Por supuesto, ha habido algún tropezón pero de esos baches se encarga el comodín, que te permite saltarte uno y no perder la racha. Creo que la última vez que lo usé fue en mayo, cuando estaba en Indonesia.