No veas la que me jugó el puto tuerto


No veas como se pueden torcer las cosas en ocasiones. Mi salto desde Utrecht a Gran Canaria se convirtió en una operación de DOCE horas en la que todo lo que podía haber salido mal, salió requetequete-mal. Como mi vuelo era por la tarde, casi a las cuatro y media, tenía que estar en el aeropuerto cuatro horas antes, o eso dicen, pero en realidad yo calculé para llegar al aeropuerto tres horas y diez minutos antes de la salida del vuelo. La primera parte del viaje era en bici desde mi keli a la estación central de Utrecht, la que tiene el aparcamiento vigilado de bicicletas más grande del universo conocido y por conocer y en la que dejé la mía durante la semana que estaré afuera. Allí enganché con el tren Intercity que me llevaba al aeropuerto y que iba hasta la bandera, pero sin retraso. Llegamos a la hora esperada y tras comprar algo, busqué la entrada para pasar el control de seguridad, ya que había sacado digital y tal mente mi tarjeta de embarque.

Di una vuelta por la terminal 1 en su zona de salidas y no encontraba el acceso mágico, así que me acerqué a los pavos que se aseguran que los que tienen pase VIP entren al aeropuerto, les pregunté donde estaba y ellos, así, por la jeta, me colaron y me metieron por la zona VIP, algo que jamás de los jamases me había ocurrido. Llegué a una sala gigantesca y petadísima de gente esperando en colas infinitas y a mí me colaron por la banda y me pusieron el primero en la fila, unos augurios maravillosos. Pasé el control de inSeguridad, que en Schiphol no hace necesario sacar nada de la mochila porque tienen unos escáneres que son como del futuro de pasado mañana y después fui andando a la puerta de embarque del avión, a la que llegué treinta y cinco minutos después de poner el pie en el aeropuerto, con lo que todo salió muy bien. Si hubiese hecho las colas, seguramente habría pasado allí entre una a dos horas. Me senté a que abrieran la sala de embarque y cuando lo hicieron me apalanqué en un asiento.

El avión no estaba aún allí y llegó algo tarde, con lo que yo ya daba por sentado que saldríamos con al menos un cuarto de hora de retraso. Tres cuartos de hora después de aterrizar, la nueva tripulación aún no ha entrado y todos estamos poniéndonos nerviosos. Resultó que había un minusválido de verdad en el avión y ese fue el tiempo que tuvieron que esperar para que vinieran los que lo sacaron y parece ser que hasta que no se va el último pasajero, ni se limpia el avión ni entra la nueva tripulación, con lo que ellos entraron, con la cuadrilla de limpieza, ya muy tarde. Nos dijeron por megafonía que el avión iba tan petado que no había manera humana, inhumana o truscolana de meter todo el equipaje de mano en cabina así que querían voluntarios para facturar sus bolsas de mano y una multitud se puso en la fila de voluntarios, tantos que después de un cuarto de hora anunciaron que ya no recogían más porque tenían suficientes. Después de eso comenzó el embarque y al ser un vuelo chárter, de una aerolínea chárter, primero invitaron a los que tenían niños de menos de dos años, que debían ser la mitad de los pasajeros. Yo entré en el siguiente grupo porque estaba sentado en la fila 37, letra H, que era para atrás, en un avión solo con clase turista pobre y con cuarenta y cinco filas y dos pasillos tan estrechos que la gente no podía llevar las maletas rodando, las tenían que poner de lado. Mi asiento era en la zona del medio dando al pasillo de la derecha. La configuración era de 2+4+2 asientos, o sea, tiras de ocho. A mi lado, en tres asientos, una pareja con una niña de más de dos y menos de tres y otra niña de menos de seis meses. El aire acondicionado no estaba encendido porque los motores estaban apagados.

La cabina se iba calentando y calentando y todos abanicándonos con las instrucciones esas que ponen en la bolsa del asiento que está delante del tuyo, solo que en este avión, esas bolsas estaban mayormente rotas y en mi fila, por ejemplo, mi asiento era el único que la tenía, con lo que me convertí en el señor de las cartulinas y decidía a quién le daba una para abanicarse y a quién no. El piloto nos dijo que hasta que no cerráramos las puertas y encendieran los motores no podía poner el aire, así que tocaba mamársela. También nos informó que los porteadores del equipaje de mano que se facturó en la sala de embarque aún no habían llegado y había que esperar a que lo hicieran. Tardaron más de media hora y el calor seguía subiendo.

El piloto nos dijo que ahora que ya estaban cargando todo aquello en la bodega, era cosa de cinco minutos y quince minutos más tarde nos dijo que en la bodega no entraba todo el equipaje de mano facturado en la sala de embarque más los cuatrocientos mil cochitos de niños y que las azafatas y sus compañeros julandros estaban buscando huecos en el avión para poner algunas de esas maletas facturadas dentro. Quince minutos más tarde, las azafatas comienzan a dar un vaso de agua GRATIS TOTAL a cada pasajero para mitigar los ciento veintiocho grados de la cabina. El piloto nos informa que finalmente y tras aplastar y dañar algunos cochitos y algunas maletas, los animales de los cargadores habían conseguido empetarlo todo en la bodega y que en cinco minutos salíamos.

Quince minutos más tarde nos informa que los cargadores se olvidaron de cerrar la puerta de la bodega del lado izquierdo del avión, ya se habían ido a trabajar en otro avión y hasta que no volvieran a cerrarla, no podíamos despegar, con lo que estuvimos otros veinte minutos esperando, sin aire acondicionado, que esos joputas, truscolanes y podemitas regresaran. Todo esto es culpa de la pandemia podemita y truscolana, que en el aeropuerto despidieron a casi todo el personal y ahora no tienen gente suficiente.

Por fin el piloto dijo que estaba encendiendo los motores y que era cuestión de minutos, o quizás días, que sintiéramos el aire acondicionado. Estábamos ya con dos horas de retraso sobre el horario previsto. Se empieza a mover el avión y el chamo, que se empeñaba en amargarnos el día, nos dice que ahora hay una tormenta de cojones sobre Francia, así que iríamos a Londres, allí giraríamos para ir a la keli de Virtuditas y después bajaríamos por la costa portuguesa, ruta muchísimo más larga, con lo que sería un vuelo con al menos media hora más en el aire. ¡Alegría y cosa buena! Además, nos dijo que en ese instante comenzaban nuestras vacaciones de pesadilla y que las disfrutáramos a conciencia.

Despegamos con un coro angelical de decenas de niños pegados al pecho de sus progenitores porque por no tener dos años entran gratis pero no tienen asiento y los chiquillos decidieron cantar barreando todas las canciones que se conocían. Después fuimos a Londres, allí giramos para ir a la keli de Virtuditas, o eso dijo el tío, que yo estaba legísimo de una ventana y después dice que bajábamos por la costa portuguesa. Los niños seguían compitiendo para demostrar quién tenía los pulmones más desarrollados, los padres se desesperaban y yo usando el supresor activo de ruido de mis auriculares a destajo, que gracias a Dios que me compré uno chino barato y eso corta todo, incluida la voz humana y los gritos y llantos humanos, así que todos me veían sonreír sin saber que era porque no oía nada.

En un momento determinado el avión comenzó a hacer los movimientos característicos del aterrizaje y el piloto nos dijo que todo el mundo se sentara que ya bajábamos. El avión parecía una plaza el día después de una verbena y yo juraría que olía a mierda de bebé por toda la cabina, pero como había al menos dos bebés por fila, era muy difícil culpar a alguien.

Aterrizó y ni aplaudió la gente, con un montón de retraso, que aunque recuperó algo durante el vuelo, llegamos con más de hora y media respecto a lo previsto. Como allí había cienes y cienes de miles de millones en las treinta y seis filas por delante de las mías, todavía estuve como veinte minutos esperando a que me tocara desembarcar, después salí pitando para la parada de la guagua, que ya de noche hay menos servicios y tuve que esperar durante quince minutos y venía llegando a la keli de mi madre a las doce de la noche (hora central Europeda), o sea, doce horas después de salir de mi keli.

Lo peor es pensar que tengo que volver en ese mismo vuelo chárter la semana que viene y que saldrá por la noche y llegará a los Países Bajos a las tres de la mañana, si todo va bien, que yo imagino que serán las cinco y existe la posibilidad que ese día tengamos huelga de transporte público y me jodan bien jodido, con lo que ya he apalabrado con mi amigo el Turco el ir a su keli si eso sucede aprovechando que está en Amsterdam y pedir asilo allí y llorarle y ponerle caritas para que me baje a mi keli en su fastuoso y maravilloso coche eléctrico gigantesco BéeMeuVe, el mismo que me enseñó hace unos meses y yo le desprecié, así que tendré que dorarle la píldora y tirar de la manipulación para que me lleve.

Ahora a disfrutar de los pocos días de libertad de parao que me quedan, comer mis helados, bucear y hacer muchos vídeos bajo el agua.

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3 respuestas a “No veas la que me jugó el puto tuerto”

  1. Lo del calor mientras esperan es por cutrerio, sabes que pueden contratar con los servicios del aeropuerto que les encufen un cable y así tiene el avión potencia para poner el aire y estar fresquitos mientras se espera, pero claro eso tiene un coste.

  2. Pues teniendo en cuenta lo que dice Luis, es una putada del 15 cuando menos, espero que tengas mas suerte al regreso, aunque no puedas gravar… 🙂
    Salud

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