Varias veces por semana paso junto a la casa flotante que vemos hoy porque está en mi ruta hacia el cine y junto a un puente de bicicletas por el que paso. La base del edificio es un barco fluvial pero en este caso, es como si la hubiesen hecho por su cuenta, como un proyecto de esos para matar el tiempo. Lo primero es la elección de la madera, algo rarísimo y que yo sepa, en Utrecht, solo hay otra. Lo segundo es el diseño, que no hay por donde cogerlo. En la proa tenemos dos niveles, y en la popa hay una especie de chimenea de manera que está sellada con un ventanuco, con lo que no se sabe muy bien lo que es o lo que aporta a la construcción. Por el diseño tan raro que tiene no hay puertas hacia el agua como en otras casas flotantes. El edificio que se ve por detrás tiene un café en su planta baja que los viernes y los sábados por la noche se peta de gente joven bebiendo y charlando de pie, algo que después evoluciona y pasas a preferir las mesas y el hacer esas actividades criando culo, que es más descansado.
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El fin de una rueda
Desde hace unos meses mi plácida vida ha tenido un tremendo nubarrón sobre la misma que amenazaba con un drama total y yo he ido preparándome como buenamente pude para el mismo. Sucede que La Zarrapastrosa, la cutre bicicleta que tengo en Hilversum y con la que recorro los setecientos metros que hay entre la estación de tren y la oficina, estaba chocheando, se le notaban ya los años, como a algunos comentaristas y cada vez más, se ganaba el nombre de SAMBACLETA porque cuando vas sobre ella, te agitaba la caja de la mierda con tremenda saña y es como mano de santo contra el estreñimiento. Uno a uno, los rayos de la rueda trasera se han ido rompiendo, con el metal cansado seguramente por los años de servicio con personas obesas como vosotros, ya que estos últimos años ha tenido la suerte de prestarme sus servicios, y yo soy bulímico-noréxico del coño y mi grácil figura prácticamente pesa menos que el aire, sobre todo después del jiñote mañanero. Reparar la rueda requiere unos dones que yo no tengo y por lo que me comentaron los colegas de la oficina, por el precio que me cobrarían en cualquier tienda de barrio puedo conseguir otra bicicleta. En los planes preventivos que hice hace meses, en realidad me agencié otra bicicleta, una que estaba abandonada en el complejo de edificios en el que trabajo y que ahora está en nuestro garaje. El problema es que las manillas de los frenos se le pudrieron y tengo que conseguir otras y reemplazarlas, cambiarle la cámara de las ruedas y engrasarla, con lo que requiere de cierto mantenimiento antes de saber si realmente está lista para pasar a ser mi bicicleta de Hilversum.
Durante el fin de semana, la temperatura volvió a subir hasta más allá de los treinta grados y pilló a la La Zarrapastrosa aparcada en la estación, al aire libre y expuesta a las horrendas condiciones meteorológicas. Parece que fue mucho para ella y ayer, cuando la usé para ir a la oficina, la SAMBA característica la tenía demasiado exagerada. Cuando llegué a nuestro garaje, miré la rueda y descubrí que se ha partido en dos puntos distintos, como se puede ver en la foto y está sujeta por un par de rayos. Seguramente le quedaban un par de cientos de metros antes de partirse por completo y esto sirve para comprobar como mi Ángel de la Guarda es épico y legendario y hace su trabajo como un auténtico campeón. Como los planes para reemplazar la bici van retrasados, he tenido que activar el protocolo de emergencia ejecutiva, uno que diseñé hace un mes y que incluye una peligrosa operación de transplante de rueda, aprovechando que alguien ha aparcado una que parece ser compatible en nuestro campus y no está protegida por una cadena, con lo que en mi sencillo universo, es un regalo divino.
Ya he organizado mañana, con el mejor de los reparadores de bicicletas de mi empresa, o eso dice el colega, que se pone a la altura de un cirujano que hace transplantes de corazón, que mañana, a las doce de la mañana, haremos la operación, le quitaremos la rueda a la bici abandonada y se la pondremos a la mía y después devolveré al lugar en el que me encontré la otra. Cruzad los dedos porque vamos a necesitar muchísima suerte para que todo vaya como la seda.
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Casa flotante petada de ventanas
Otro ejemplo de como se puede coger un barco, vaciarlo al completo y empotrarle una casa encima. Esta además intenta parecerse a una casa tradicional, excepto que tiene una cantidad ingente de ventanas, de todas las formas rectangulares posibles. En el lado de derecha hay dos niveles, con lo que imagino que en la planta inferior hay dormitorios y si os fijáis en el lugar en el que la estructura se eleva, hay también ventanas en esa zona. El barco no es muy ancho, con lo que los metros cuadrados en esta casa están muy limitados. La zona de la cocina está por el lado de la popa, el izquierdo. En lugar de terraza tiene las puertas esas que se abren directamente al agua.
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Ajustando la vida a la caló
La ola esta de caló eterna que está asolando Europa y que ya lleva tantas semanas sobre nosotros que ya nos hemos acostumbrado al desierto y a la vida sin lluvia me ha llevado a adaptar mi ritmo diario con la caló. No hay nada que odie más que llegar al trabajo más mojado que la compresa de una nadadora y por eso, pase lo que pase salgo de mi casa temprano, aunque he retrasado considerablemente mi partida para aprovechar esos ratos en los que el aire es fresco y tratar de enfriar la cueva en la que vivo y en la que la luz del sol está desterrada, ya que mi casa está en modo de duelo total y las cortinas están corridas y básicamente hay la cantidad de luz mínima entrando, ya que con la luz llega la caló y solo abro las ventanas cuando el sensor exterior confirma que la temperatura afuera es inferior a la de dentro. En mi rutina habitual, me levanto más o menos cuando Genín se desconecta, sobre las seis menos cuarto y llego a Hilversum antes de las siete de la mañana. Ahora, pillo uno o dos trenes más tarde y llego a Hilversum a las siete y doce o a las siete y veinticuatro, dependiendo del tren. Mis regresos se mantienen estables ya que al no abandonar el aire acondicionado que me dan de gratis junto con la nómina, no tengo que compensar el tiempo y sigo haciendo más de ocho horas. En el regreso sí que sudo, una jartá, pero me la trae al pairo ya que o voy a mi casa y llego apestando, pero como todos mis vecinos ya apestan, no hay problema, o voy al cine y a mi alrededor hay dos filas vacías de la gente que se protege del hedor que emana de mis sobacos, que parecen factorías de armas químicas.
El pantallazo lo hice con el programa que tengo en mi telefonino con el androitotorota y que me permite saber si se me ha olvidado registrarme al llegar al andén o al salir del mismo, algo que implica una multa de muchísimos leuros. Intento minimizar al máximo mi tiempo en el andén pero aún así, procuro que haya al menos tres minutos por los porsiacaso, que nunca se sabe lo que te puede suceder. Una vez entro en el circuito del transporte, las llegadas son siempre muy regulares, ya que salgo del andén escopeteado.
El programa también muestra mi saldo de transporte, pero ese tiene truco, ya que yo tengo un abono y pago una cantidad fija por el trayecto que uso y cualquier otro trayecto con el tren me lo cobran a mes pasado, con lo que ese saldo es para cuando voy con la tarjeta en las guaguas, tranvías, barcos o metro, es decir, en cualquier compañía que no sea la ferroviaria. El sistema está programado para que cuando la cantidad cruza un nivel mínimo, hay un ingreso automático de diez leuros en la cuenta.




