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  • El fin de la lista

    7 de julio de 2017
    Podcast Addict

    Cuando comencé mis vacaciones en mayo, en el programa que uso para escuchar los podcast, uno llamado Podcast Addict y que tengo en la versión de pago para ahorrarme la publicidad en la parte inferior, tenía más de cien podcast para escuchar. Llevaba un retraso épico y que se remontaba hasta noviembre del 2016. Durante todas las vacaciones y hasta una semana después de regresar me negué a repartir mi tiempo entre podcast y audiolibros y luché contra esa cola gigantesca de episodios. Eran varios gigas en la memoria de mi teléfono. Me detuve cuando ya estaba a solo treinta días del presente y desde entonces lo que he hecho ha sido escuchar podcast mientras trabajo, como manera para reducir o eliminar el barullo que se produce en una oficina abierta. Mientras reduzco la lista, nuevos entran por su final pero parece que por fin, hoy, veo el final de la lista. De los siete podcasts a los que estoy subscrito, me quedan cuatro episodios por oír y todos ellos fueron publicados en los últimos cuatro días. Comentar que los siete son irreverentes, chorras y en muchos casos, desternillantes. Es la alternativa a la radio convencional, ya hay bastante melodrama e iteraciones de más de lo mismo en el universo, prefiero escuchar cosas originales y que me diviertan.

    La idea de currarme mi propio podcast siempre ha estado ahí y hasta tengo un micrófono medianamente decente para hacerlo pero además del tiempo para elegir el contenido, grabarlo y editarlo, tendría que buscar algún lugar para publicarlo y como el concepto de la auto-censura aún no lo he conseguido controlar, estoy convencido que en menos de dos lunas me lo bloquearían y me ahorro el esfuerzo y el disgusto y no lo hago. En el pasado hice una prueba con El Porcas de Distorsiones 01 y creo que el archivo de audio ya no está en donde debería estar.

  • Un pirata cantante en el Club de las 500

    7 de julio de 2017
    Un pirata cantante

    Mi visita en septiembre del 2003 a Giethoorn fue muy prolífica. No solo presencié una boda con todo el mundo moviéndose en barco, además coincidió que ese día había un festival de grupos que cantan canciones de piratas o algo parecido y el lugar parecía el escenario de una película de esas con chusma y gentuza y rufianes cometiendo actos criminales en barcos. La foto la vimos en septiembre del año 2009 en la anotación Un pirata cantante y hoy le damos la bienvenida al Club de las 500.

  • Iglesia de Panaghia Kapnikarea

    7 de julio de 2017
    Iglesia de Panaghia Kapnikarea

    La última de las micro-iglesias ortodoxas que vamos a ver en esta serie es la Iglesia de Panaghia Kapnikarea, que está cerquita de la catedral. Parece transplantada desde otro tiempo ya que la ciudad ha crecido a su alrededor y está, literalmente, en el medio de una calle, que se ensancha al llegar a ella para que el tráfico (y hay un montón de tráfico por allí) y los peatones (aún más que el tráfico porque esta es la zona turística) pasen por los lados. En la foto se puede ver el contraste entre este edificio del siglo XI (equis-palito) y los edificios que se pueden ver por detrás. Es una de las más antiguas de Atenas. En el lugar en el que la construyeron había un templo griego que reemplazaron con la iglesia. El chamo que se sobresale un poco detrás del muro era el pedigüeño del lugar pero lo podías evitar entrando por la parte izquierda de la iglesia. Cuando entré, había como treinta personas y estaba petada. El curilla lloraba de la emoción de tener un lleno casi absoluto.

  • La falla

    6 de julio de 2017

    Ayer era un día más. Me levanté como siempre, eché el jiñote como siempre, aunque todos y cada uno son especiales y diferentes y a todos los quiero igual, salí de mi casa como siempre y mi rutina era la habitual. Hay días en los que después de un tiempo como que presientes o notas que la perfecta sincronización del universo falla y las cosas se tuercen. Al mediodía, el Moreno no salió a caminar conmigo porque tuvo que volver a su casa para ayudar a su hija con algo. En la oficina, las cosas se complicaban y teníamos que desenmarañar el problema y encauzar el barco nuevamente. Por lo general, sobre las tres y media de la tarde abro la página de la empresa ferroviaria para controlar los trenes que pasan por Hilversum Sportpark y así anticiparme a cancelaciones o cualquier otro problema. De alguna manera, presentí que la cosa iba mal sobre las dos y media y cuando abrí dicha página, NO HABÍAN TRENES. Por un fallo eléctrico en Hilversum, todo el tráfico ferroviario desde y a la ciudad estaba suspendido. Básicamente esto es lo que se califica como ¡DRAMA TOTAL! y aún más dramático cuando el tiempo estimado para resolver la incidencia es desconocido. Se lo comenté a dos compañeros que también se mueven en tren y resultó que uno tenía entradas para ir al cine esa tarde y el otro tenía el coche en el taller para pasar la revisión y lo debía recoger antes de las cinco. Comenzamos a estudiar alternativas y todo pintaba negro o marrón clarito ciertamente mierdoso. Buscando estaciones de tren que todavía tuviesen tráfico de trenes encontramos que la del sur de Soest era una posibilidad y hasta podíamos llegar allí en guagua, con una cada media hora, aunque ya no llegábamos a la siguiente. La duración del viaje, que normalmente hago en trece minutos, se estiraba como el chicle por encima de una hora y diez.

    Organizamos el éxodo y fuimos a la parada de la guagua mientras seguíamos controlando la información de los trenes. Llegamos casi quince minutos antes y mientras, más gente parecía que había llegado a la misma conclusión que nosotros. En los paneles electrónicos de la parada de guaguas te informan del tiempo que falta hasta que lleguen y a la hora estipulada, seguían añadiendo minutos, uno, dos, tres, cuatro, cinco. Uno de los compañeros se temía lo peor y nos dijo que seguramente iría llena y no pararía. Efectivamente, cuando aparece por la calle, en el panel en el que indican el número de línea y el destino aparecía el mensaje SORRY, de bus is vol, que aunque en nuestras cabezas lo traducimos por Mámatela, la guagua está petáa, también puede significar truscoluña no es nación. El joputa del conductor ni se molestó en reducir la velocidad, siguió de largo. Ante la perspectiva de esperar media hora para obtener el mismo resultado, decidimos ir a la estación central de Hilversum, lugar que además de los trenes salen las guaguas. Nos echamos a andar y llegamos cuando la siguiente de las guaguas de esa línea abandonaba la estación. Media hora más de espera. En los paneles informaban que había un tren viniendo desde Utrecht y otro que llegaría desde Amsterdam e iba en dirección a Amersfoort. Nos quedamos en la estación para ver si restablecían el servicio ferroviario con la opción de ir a la parada de la guagua, que está a menos de cien metros cinco minutos antes de la salida de la misma de no ser así. Por suerte llegó el tren que veía de Utrecht, con lo que se confirmaba que en ese sentido ya había electricidad en las líneas y a los tres minutos llegó el que venía desde Amsterdam, eventos que incrementaron nuestra confianza e hicieron que nos quedáramos en la estación arriesgando otra media hora de retraso. Finalmente, a las cuatro y media de la tarde, apareció el primer tren que iba en dirección a Utrecht y nos montamos en el mismo con la misma eficiencia que los indios, con cienes y cienes de millones de julays apretaditos, aunque nadie se sube en el techo porque esto es el primer mundo y esa es una línea que no queremos cruzar.

    Las leyes del puto Murphy ese que también hacía cerveza son rastreras y el segundo tren, el que me debía llevar hasta la estación en la que aparco mi bicicleta también lo cancelaron pero tuve suerte y logré ir en uno que llevaba veinte minutos de retraso. Cuando salí del tren, cogí mi bici y no miré ni para atrás, me piré hacia mi casa porque en días así, lo mejor es atrincherarte y esperar a que las cosas se vuelvan a poner en su sitio.

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