Después de visitar el mercado de Inthein, lo siguiente que hay que ver en ese lugar es el monasterio de Shwe Inn Tain, el cual está en la parte superior de la colina y que podemos ver desde la calle principal de Inthein por la que yo andaba. Para subir allí, llegas a un punto en el que comienza un pasillo techado de casi un kilómetro que te lleva hasta arriba y en el que hay puestos de venta de productos religiosos y turísticos en todo el camino. A los turistas les cobran un impuesto revolucionario por subir al lugar. Como yo me quedaba en el medio del lago Inle y visité el lugar una hora y media antes de que llegaran los turistas y cuatro horas antes de la hora Virtuditas, aún no había ningún puesto de venta abierto y ni siquiera estaba el que te cobra por ir, con lo que pasé impunemente y me ahorré los trescientos veinte mil jelou mai fren con los que te bombardean para que les compres a ellos y a ningún otro.
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El museo arqueológico y paseando por debajo de Nápoles
El relato comenzó en Viaje a trompicones a Nápoles
Después de llegar a la pensión tras un viaje épico, llegaba la hora de hacer turismo. Primero me acerqué a la Piazza Dante para comer algo en el Vaco è Press que me habían recomendado en la pensión. pillé una pizza margarita y un refresco y cuando la cajera me dijo que eran dos leuros y medio pensé que le había dado una bajona por el reglote o algo parecido ya que el precio era de ciencia ficción, sobre todo en base al tamaño considerable de la pizza. Con el tripote lleno me acerqué al Museo archeologico nazionale di Napoli, el cual está muy cerca y sirve para ilustrar a los incultos como yo antes de ir a ver Pompeya. El museo es enorme y tiene una colección bestial con las cosas más interesantes que han encontrado al escarbar o excavar en Pompeya y Herculano, aunque también hay más cosas. Me fascinaron algunos de los mosaicos, las cosas de la Casa del Fauno, las estatuas y la fabulosa Collezione Farnese. El lugar requiere de horas para verlo todo y aún así, llega un momento en que te saturas. Vistas las cosas que han encontrado, te sorprende la alta calidad de vida que tenían en la ciudad y que la hace muy parecida a la de hoy en día solo que sin dispositivos mágicos y maravillosos de la compañía de la manzana mordida.
Cuando salí del museo, unas horas más tarde, bajé por la Via S. Maria di Costantinopoli y husmeé en el patio interior de la Accademia delle Belle Arti, ya que esta es una ciudad en la que los edificios siempre tienen su gran patio interior y algunos son fantásticos. Mi destino era la Via dei Tribunali, calle en la que están gran parte de las iglesias y lugares interesantes para ver y que tiene muchísima actividad.
En ese momento ya llovía y opté por hacer la excursión de Napoli Sotterranea en donde durante una hora y veinte minutos desciendes a cavernas artificiales que se hicieron desde los tiempos romanos y que se usaban para extraer los materiales con los que se construía en la superficie, fueron cisternas de agua de los edificios y también el refugio de los napolitanos durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial.
Hice la visita en italiano y fue muy interesante por lo que aprendes y por el lugar en si mismo, realmente curioso. Aparte de bajar a cuarenta metros bajo la calle, también se visitan los restos empotrados en un edificio de Il teatro Greco-Romano y que jamás de los jamases encontrarías por tu cuenta y el minúsculo Museo della Guerra que es más bien una broma ya que son un par de uniformes y poco más. Aún así, el conjunto es muy entretenido. La parte de los restos del teatro Greco-Romano es alucinante porque los encontraron como parte de un edificio y de manera casual. Aún más increíble es cuando te llevan a un piso en un bajo a verlos y la chama que vivía allí tenía una taberna oculta en el sótano que no debería existir. Se mueve la cama y aparece una escalera para bajar a una zona del teatro en la que la mujer puso su taberna ilegal. Totalmente flipante.
En otro piso que también tiene restos del teatro el vecino de la primera planta decidió ampliar su casa y al tumbar una pared para abrir una puerta apareció en el espacio del piso inferior. Este tipo de cosas solo pasan en países exóticos como Italia. En el mismo lugar, aprovecharon el edificio para poner una exposición de portales de Belén, solo que en Nápoles es más bien portales de lo que sea, ya que no tienen que ser religiosos y hay una calle completa de tiendas en las que se venden todo tipo de figuras. El detalle de los portales que hacen es increíble.
Al salir, seguía lloviendo y ya comenzaba a ser tarde así que opté por ir directo al Duomo o la Basilica di Santa Restituta y en donde tienen la sangre esa de San Genaro que se licúa todos los años para gran emoción del populacho. Más espeluznante es el ánfora con los huesos del colega que tienen bajo el altar, reconvertido en osario para otra de las habituales muestras morbosas a las que nos tiene acostumbrado la iglesia de los presuntos tocadores de niños.
Al salir, opté por regresar por la calle Spaccanapoli, la cual en realidad es una colección de pequeños tramos con distintos nombres que atraviesa el centro histórico y que es el límite entre varios barrios. Dejé la cámara (que no usé en la calle y con la que hice poquísimas fotos) en la pensión y me fui al Quartieri Spagnoli, cerca de la estación de metro Toledo y de hecho, fui en ese medio de transporte para ahorrarme algo de lluvia. Mi destino era la Trattoria da Nennella, otra sugerencia en la pensión que resultó toda una experiencia. Es un sitio muy básico, económico y con buena comida y muy popular entre locales y turistas. Tienen dos menús, el completo con antipasto y el completo senza antipasto. El primero vale quince leuros y el segundo doce. Elegí el primero y casi reviento. El plato de antipasto ya era una cena para mí que soy bulímico noréxico de los cojones y a eso le tuve que añadir la zuppa di lenticchie de primero, la mozzarella impanata de segundo con Funghi trifolati de acompañante y un par de mandarinas de postre. Lo de la mozzarella es flipante, no sabe a nada de lo que puedas haber probado en tu vida fuera de esa ciudad. Cuando salí de allí tuve que caminar hasta la pensión porque estaba que reventaba y de hecho, nada más llegar me metí en el baño a jiñar algo de la comida anterior porque pensé que reventaría. Después le mandé un mensaje al Rubio anunciándole que seguramente al día siguiente daría a luz a una nueva criatura en este mundo, ya que si hay algo que tenía claro es que todo lo que entra tiene que salir y en mi caso, sale debidamente procesado y elaborado como mierda de tipo 3, según la escala de la mierda de Bristol, esa que ya hemos explicado anteriormente.
Habiéndome levantado a las cuatro de la mañana y después del tute, estaba más muerto que vivo y como al día siguiente quería aprovechar la jornada, caí muerto en la cama hasta el día siguiente.
El relato continúa en Ronda de iglesias y arte en el centro de Nápoles
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El chico en la carreta
Siguiendo con el viaje a tiempos pasados hoy tenemos la carreta de la imagen con un chamo que llegaba al mercado de Inthein. Flipé porque realmente tengo que apurar mi memoria al máximo para recordar gente moviéndose en carretas en Gran Canaria. Aparte de en romerías no es algo de nuestro tiempo. El chaval miraba fijamente hacia mi porque la cámara con el objetivo 24-70mm es seguramente tan curiosa para él como su exótico medio de transporte para mi.
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Viaje a trompicones a Nápoles
No hay dos viajes iguales y eso lo puedo jurar sin tener que cruzar los dedos porque cada uno lleva su historia. El fin de semana pasado fui a Nápoles y la aventura comenzó desde el día antes. El jueves, el KNMI o Instituto de Meteorología Holandés había previsto un par de centímetros de nieve, sin certeza absoluta y como algo que podía suceder y la empresa ferroviaria montó un drama de cojones, activaron la programación de hiper-mega-emergencia y los trenes se convirtieron en pendulares con trayectos cortos para asegurar el servicio. Visto el plan, ese día estaba un poco inquieto y opté por contratar un taxi con precio fijo al aeropuerto. Por la tarde después de trabajar me fui al cine en Amersfoort, ciudad con un centro muy bonito pero de la que no hablamos para que no se nos llene de turistas y truscolanes haciendo de mimos y caminando descalzos y tras el cine y alrededor de las nueve de la noche, me fui a casa. A esa hora fue cuando nevó, veinte minutos y dos centímetros más o menos. La compañía del taxi me llamó y me dijeron que en vista del horrendo temporal, el precio acordado no era válido y si quería ir con ellos me cobrarían tres veces más. Los mandé a llenarse el orto con un cipote grande como pepino dopado y reajusté mi viaje usando el tren. En lugar de levantarme a las cuatro y media de la mañana y salir de mi casa a las cinco, me desperté media hora antes y tomé el tren de las cinco a Schiphol, el primero y que hace la ruta por Hilversum. Dormí cuatro horillas y al levantarme, seguí mi rutina habitual mañanera con desayuno de magdalenas incluido y dejé tanto la lavadora como el lavavajillas programados para currar unas horas más tarde ya que el viernes venía la mucama a limpiar mi casa.
Llegué sin problemas a la estación de Utrecht cabalgando sobre La Lapoya, la cual se quedó allí y me sobró tiempo incluso para comprarme un capuchino y tomármelo en el tren. Salimos en hora y llegamos en hora al aeropuerto. Después pasé el control de seguridad, el cual en Schiphol es sin lugar a dudas el más eficiente y amigable con los pasajeros de Europa y me fui a la puerta de embarque.
Sobre las siete menos cinco nos subimos todos al avión y a la hora prevista cerraron las puertas, nos desconectamos del túnel de acceso y no salimos. Un cuarto de hora más tarde el piloto nos dice que hay que esperar unos veinte minutos porque hay problemas con las máquinas que quitan la nieve de los aviones. El nuestro llevaba una carga considerable de nieve que se había transformado en hielo. Tras ponernos en pista, media hora más tarde, tardamos un montón porque la cola iba muy lenta y era una procesión parada de aviones hacia un lugar determinado del aeropuerto.
Cuando finalmente nos llegó la vez, el espectáculo era fascinante, con cuatro cañones por avión echando chorros de agua a presión y supongo que descongelante y limpiándolos. Este proceso, normalmente lo hacen en ciento ochenta segundos pero no sé si por exceso de nieve o por falta de práctica gracias al cambio climático que nos ha traído tanto otoño, se pegaban unos quince minutos por avión. Al ir sentado sobre el ala, el vídeo que he hecho es un documento espeluznante y que por supuesto solo podrás ver en el mejor blog sin premios en castellano y el único que no practica lo del COPIAR y PEGAR.
Despegamos con cien minutos de retraso. Holanda estaba cubierta de una capa blanca que se iba a derretir más tarde y por lo que me han contado, ese día fue un desastre total y los trenes se cancelaban por cientos, así que dentro de lo que cabe, la legendaria suerte del Elegido y mi particular Angel de la Guarda hicieron bien su trabajo. Llegamos a Nápoles sin más problemas salvo el retraso debido a hielo en las alas y poca maña para quitarlo y en esta ciudad llovía. Al salir del avión me compré un billete de guagua para el Alibus en la tabaquería del aeropuerto para ahorrarme el leuro de más que te cobran si lo compras en el vehículo.
Fui hasta la estación de tren y desde allí, tras pasar por la oficina de información al guiri para que me dieran mapas y me explicaran lo que hay que ver, fui en metro hasta la parada de Dante, la más cercana a la pensión en la que me quedaba, el B&B Tecla. Lo elegí porque después de mirar lugares alrededor de la estación, todo el mundo hablaba mal de la zona y de la cantidad ingente de chusma y gentuza que hay. Puedo confirmar y confirmo que jamás en esta o en pasadas vidas vi tanto malaje en una zona tan concreta. En Nápoles las leyes italianas parece que no están en vigor y la gente fumaba dentro de la estación, dentro del metro, dentro de locales y donde les salía de la punta del nabo. Entre esos y los que iban a afanarte la cartera, el lugar es de cuidado.
En la pensión me recibió una chica que hizo el Erasmus en Chicharrolandia o eso que los no entendidos conocen como Tenerife. Me explicó de todo y además me advirtió que ni de coña saliera a la calle con la cámara al hombro porque era julay muerto al instante sin prisa ni pausa. Por eso, opté por poner la bolsa de la cámara en la mochila que llevé (la legendaria de treinta litros) y de esa guisa salí. Como por la tarde iba a llover una jartá, elegí un plan que aliviara este problema y que comentaré otro día porque hoy no tengo ni tiempo ni ganas de seguir escribiendo y así como quien no quiere la cosa me las he apañado para superar las mil palabras solo con los previos.
Aprovecho este pequeño rincón también para enseñar y comentar mi genial creación para proteger la mochila de la cámara de la lluvia, ya que aunque tiene protección, no está completamente sellada contra el agua y se limita a absorberla y evitar que pase al interior. Lo que hice fue pillar una bolsa, hacerle dos aberturas superiores para pasar la correa y crear un condón camaril. El sistema lo probé y usé masivamente el domingo, que fue el día en el que podía andar sin tener que ocultar la cámara.
El relato continúa en El museo arqueológico y paseando por debajo de Nápoles







