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  • Into the Woods

    2 de febrero de 2015

    De alguna manera, yo suelo sintonizar con los musicales. No me choca ver que los actores cantan y hasta les sigo el ritmillo y me emociono hasta las lágrimas, eso si todo sale bien, que no es algo que pase con una certeza absoluta. Aunque ya parece que pasó la racha, de cuando en cuando cae alguno en la cartelera como ha sucedido con Into the Woods, película al parecer basada en un musical del que jamás había oído hablar y del que no conocía las canciones. En España se ha estrenado estos días con el mismo título porque el de truscoluña no es nación no estaba disponible.

    Un julay pollaboba no se cansa de tocarnos los güevos a todos

    Un puto perdedor casado con una acarajotada, por más que la chinga no la deja preñada y al parecer es por culpa de un hechizo hecho por la perra de la vecina que resulta ser la bruja Avería. Esta les dice que han de conseguir cuatro objetos para levantar la maldición y que puedan tener hijos y se lanzan a la carretera para hacerlo. Entre medias pasarán por varios cuentos de los hermanos Grimm cantando sin parar.

    No recuerdo un musical que me haya provocado una reacción alérgica tan grande como este desde la primera canción. Me pareció una mierda y ya desde ahí, en ningún momento enganché con la historia, en ningún momento pillé el hilo de interés y ni siquiera la grandiosa Meryl Streep consiguió hacer que rectificara mi opinión. La película se sostiene en actuaciones tan exageradas que resultan insultantes y algunas, tristes y patéticas como la de Chris Pine, que en lugar del príncipe de la Cenicienta acaba pareciendo una maricona locaza que busca macho que le abra el culo y se lo deje como un dónut de grande. El tío daba tanta lástima de verlo que opté por jugar con el teléfono esperando que saliera de pantalla. Con los demás no hay mucho más, las actuaciones están pasadísimas, la música no tiene gancho alguno y las quinientas treinta y seis mil doscientas veintiuna veces que dicen la palabra Woods acaban por dañarte el tímpano y nadie parece muy bien saber lo que está haciendo allí. Johnny Depp se merece un Razzie por su mierda de papel y Anna Kendrick debería leerse las instrucciones de las cajas de tampones y dejar de metérselos por el culo porque le están yendo muy mal. Con una historia patética, unas canciones para nada adictivas y unos efectos especiales de puta pena, la película es un barco que se hunde poco a poco y que en ningún momento tuvo oportunidad alguna de flotar.

    Se fueron del cine un tercio de los espectadores así que este es el tipo de película de la que los miembros del Clan de los Orcos se han de mantener bien alejados. Tampoco vale para sub-intelectuales de GafaPasta o cualquiera que le guste el cine. Un trusco.

  • Homies

    31 de enero de 2015

    Entre los grandes logros que serán olvidados de nuestras vidas, todos acumulamos méritos y un servidor, por ejemplo, es el ciudadano de los Países Bajos que más criticas ha dejado en cierta página de consejos para viajeros o acercándonos un poquito más al mejor blog sin premios en castellano, tengo más críticas de cine de películas holandesas que ninguna otra bitácora en la lengua de Cervantes. Tras tanto drama y tanta historia con mal rollo, por fin ha llegado la primera comedia neerlandesa del año y por supuesto, he ido a verla. Se trata de Homies y jamás de los jamases se estrenará en España y de hacerlo, el título natural es por supuesto el de truscoluña no es nación.

    Cuatro julays están bien jodidos y mal pagados porque han de vender veintidós kilos de cocaína en una semana

    Cuatro amigos que viven juntos de repente se encuentran conque uno de ellos se comprometió con un mafioso a vender veintidós kilos de coca en dos semanas. Cuando se enteran solo queda una, ninguno es un delincuente profesional y las pasarán canutas para deshacerse de la merka y conseguir la guita.

    Esta es una comedia sencilla y directa con un tema simplemente increíble y que en ningún momento se molesta en tocar el mundo real. Todas las escenas son absurdas, aunque ese es también su punto fuerte y el que provoca las risas. Recuerda un poco a Bro’s Before Ho’s, aunque mucho mejor hecha y con un humor zocarrón y claramente de hombres y para hombres mucho más efectivo. Los cuatro protagonistas tocan diferentes palos de la fauna habitual y que todos reconocemos e incluso nos identificamos con alguno de ellos. Tenemos el pasota, el neurótico, el acarajotado que está encoñado y el psicópata. La química entre ellos funciona muy bien y tienen escenas épicas en las que te ríes hasta quedar doblado. No es el tipo de cine que aguanten muy bien las mujeres por las referencias y por las conversaciones, demasiado parecidas a las que tengo con mis amigos y que me hacen temer que alguien nos ha estado espiando, ya que las mismas estupideces las discutimos nosotros, prácticamente con las mismas frases cada dos por tres. De entre los cuatro, mi favorito es Manuel Broekman, actor holandés al que nunca he visto en una película dramática o de movidas chungas. Este hombre lo tiene claro, el va a trabajar solo si le garantizan que se lo pasa bien y tiene el don de la comedia. Muchas veces le basta echar una mirada para que te rías. La película funciona porque el guión es ligero, la historia se mueve rápido y en lugar de jugar con cuarenta tramas secundarias se limitan a contarnos lo que le sucede a los cuatro chavales y hay muy pocas incursiones fuera de ese terreno, lo cual se agradece.

    Este es un cine similar al de Santiago Segura aunque menos coral y más centrado. Si la doblaran y estrenaran en España, funcionaría perfectamente con todos los miembros del Clan de los Orcos, los cuales aullarían en los cines de puro placer y por eso mismo, sería totalmente ninguneada por los sub-intelectuales de GafaPasta.

  • Vendiendo cabezas de ajos en el mercado de Inthein

    30 de enero de 2015
    Vendiendo cabezas de ajos en el mercado de Inthein

    Vendiendo cabezas de ajos en el mercado de Inthein, originally uploaded by sulaco_rm.

    En uno de los chamizos que conformaban la parte cubierta del mercado en Inthein mi atención la captó una chama que vendía cabezas de ajo. Teniendo en cuenta que en nuestro mundo y yendo a un supermercado los precios son ridículos, puedes hacer un cálculo de los presupuestos de esa familia y seguramente estarán bien cerca del cero absoluto. En las montañas que rodean el lago Inle hay varias etnias que no son muy numerosas y que solo sobreviven por allí. Se nota por las diferentes formas de vestirse o de pintarse las caras. En esta foto, la persona que está de pie por el lado de la derecha es un chamo que usa la falda típica birmana para los hombres. Algún día asustaré a los visitantes de mi casa poniéndome la que me regalaron y que aún guardo.

  • Condicionales

    29 de enero de 2015

    Una de las cosas más fascinantes a la hora de aprender una lengua es el empeño que ponen en que domines al dedillo la gramática de la misma, la cual imagino que absorbemos y se nos enquista como tumor maligno en algún lugar de los interiores y por eso sabemos decir las cosas con cierta elegancia y si te falla esta última, gritas como lo hace la Princesa del pueblo o cualquier pollardón que trabaje en los programas de gritos de Telajinco. Lo digo porque teóricamente, durante diez años, entre los seis y los dieciséis, mientras me educaban para ser la grandiosa persona que soy hoy y me daban todo ese bagaje cultural que te sirve para meter baza en todas las conversaciones como si fueras un experto en todo, recibí un montón de clases sobre la lengua española y analicé oraciones a porrillo y sin embargo, hoy en día no me acuerdo de nada de eso o lo que recuerdo es muy mínimo: puedo determinar un objeto directo o uno indirecto pero si me pones dos oraciones con una subordinada a la otra, la verdad es que no tengo ni puta idea de lo que sucede entre ellas ni de las que están bien o mal.

    El rollo anterior es por culpa de las clases de italiano, ya que en el curso actual ya no aprendemos cosas nuevas, regresamos al pasado desde el futuro para fijarnos en brochazos de la gramática que pintamos en nuestro lienzo y que por supuesto hemos olvidado. Uno de esos fue el de las oraciones condicionales. Al atacar la gramática italiana la semana pasada el profesor hablaba de oraciones condicionales de tipo uno, dos y tres y yo entraba en este terreno pantanoso por primera vez, o eso creía, ya que cuando me molesté en mirar la gramática española resulta que tenemos las mismas, prácticamente con los mismos tiempos verbales y que se usan casi de la misma manera. Es decir, todo aquello que me enseñaron o se me olvidó, o lo asimilé, aunque yo tiro más por la primera rama porque ni hablando ni escribiendo creo sofisticadas y pomposas oraciones condicionales del tipo dos o el tres. Debe ser porque en mi ADN hay mucho de ameba porque a la hora de la verdad, yo soy más partidario de menos hipótesis y posibilidades y más de realidades palpables y evito las oraciones condicionales como la peste. Es decir, yo no me ve diciendo: si no lloviera hoy, iría al cine. Yo digo: VOY AL CINE porque en Holanda llueve SIEMPRE y como planees una actividad basándote en evitar la lluvia, puedes olvidarte de la misma. Hoy por ejemplo llovió cinco minutos antes de salir de mi casa en bicicleta y desde entonces hemos tenido al menos cuatro chaparrones, 1 de granizo y otra de agua-nieve. O sea, que cualquier condicional basada en el tiempo iría de cabeza a un estado de realización imposible y esta tarde, llueva, nieve o granice, iré al cine al salir de trabajar.

    Hace unos años me preocupaba perder el hilo de la lengua española y me compré la gramática oficial de la Real Academia y hasta la puse en la mesilla de noche para leer un poco antes de dormir pero coño, si normalmente yo tardo unos ciento sesenta y siete segundos en dormirme, con aquel trusco el tiempo se reducía a noventa y me despertaba instantáneamente cuando me caía el libro en la cara, así que desistí. Ya he asumido que mi español empeorará progresivamente por culpa de la contaminación que producen el italiano, el holandés y el inglés con sus propias reglas y excepciones que hacen que la maquinaria haga lo posible para ajustarse a la lengua que hablo en cada momento pero hay fugas continuas entre unas y otras. Tampoco ayuda que el español sea el idioma que menos hablo, aunque es el que más escribo. Mi inglés está totalmente atrofiado en el tema de las preposiciones, algo que el Rubio me restriega continuamente porque no atino una y cuando hablamos, nunca se sabe si estoy dentro del tren, sobre el mismo, bajo el tren, adherido a las paredes, flotando en su interior por culpa de la enorme variedad de maneras que hay en inglés y en holandés de usar el español EN, que indica perfectamente que vas en el tren, independientemente del lugar del mismo en el que quieras estar.

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