Hoy volvemos a viajar muy atrás en el tiempo, hasta el año 2005. Esta foto fue la que ilustraba originalmente la anotación Chili con carne y la hice el día antes de poner la receta en la bitácora, cuando todavía vivía en Hilversum. Hoy en día prefiero otra receta más complicada de hacer pero también más sabrosa, aunque es comida de otoño o invierno y ni se me pasa por la cabeza prepararla en estos días. Tras todos estos años, hoy le damos la bienvenida al Club de las 500.
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El río Ayeyarwady desde lo alto de la Mingun Pahtodawgyi
Ayer veíamos la mole de la Mingun Pahtodawgyi y aquellos que se fijaron bien seguro que descubrieron la escalera que te lleva a la parte superior de esa gigantesca pila de ladrillos. Desde arriba la vista del río Ayeyarwady es fabulosa y permite apreciar lo grande que es este río que serpentea por gran parte de Birmania y que es una de las columnas vertebrales del país, yendo de norte a sur por el país y siendo el más largo, con más de dos mil cien kilómetros, además de la principal vía de comunicación. Los más romanticones se refieren al mismo como la carretera a Mandalay. En este río hay dos especies bastante raras de delfín y tiburón que puedo confirmar que no se cruzaron conmigo cuando navegué por el mismo.
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Mi escritorio
En la nueva prisión en la que nos tienen hacinados, como parte de la estrategia de mi empresa para mejorar las condiciones de trabajo metiéndonos en espacios pequeños y en donde si te tiras un peo el aire generado empuja la silla del que comparte piojos contigo, los escritorios son mucho más pequeños que en el pasado. En mi caso, prescindí de casi todo y prefiero una mesa limpia y con pocas cosas. En mi mesa, todo el mundo se fija en el M&M que no me comí, el rojo, el cual ha engordado con toda la comida que le traigo y se ha convertido en parte de la familia. Se pasa el día jugando con la gente, que lo agarra, lo lanza al aire, lo acaricia, parece que tiene mucho carisma el joputa.
El teléfono que está detrás es inalámbrico (DECT) y también tiene nombre. No resulta extraño verme andar por el edificio con él en la mano hablando con alguien mientras acudo a alguna reunión o voy a la fotocopiadora. La gente alucina pero lo cierto es que a mí no se me escapa nadie por muy lejos que estén y la excusa de trabajar en otro país no me vale. Si invito a alguien a una de mis reuniones, o te presentas de corpore insepulto o te incluyo con ese teléfono. Al lado está mi dispositivo avanzado para monitorizar la temperatura en la sala y detrás el fabuloso almanaque de Estambul que me regaló el Turco para recordarme que tengo que ir varias veces al año a verlo. El otro objeto interesante en mi escritorio es el tupperware que hay en la base del monitor. Está petado con entradas de cine, cientos y cientos (o cienes y cienes si eres político/sindicalista y ladrón). Cuando lo abro para añadir nuevas tengo que hacerlo con cuidado porque se quieren escapar. La cantidad de entradas que hay en ese recipiente debe rondar las mil quinientas, basando el cálculo en que entre el año 2007 y esta noche he visto mil ciento noventa y ocho películas y a esas hay que añadir las de los dos años previos y aún no he decidido que hacer con ellas el día que decida deshacerme de ellas. En el pasado empapelaba las paredes de mi oficina con las entradas, trescientas y pico que perdí cuando cerraron el primer edificio en el que yo trabajaba. Supongo que el día que me vaya de la empresa la gente las lanzará desde las ventanas mientras lloran de emoción y yo les hago la legendaria señal del pajarito, esa que requiere usar el dedo corazón en solitario.
El calendario que se ve en la mesa es otra herramienta mágica con los números de semana, algo que en mi compañía es fundamental, ya que cuando alguien tiene que hacer algo para ti o te piden que hagas algo, la respuesta puede ser lo tendré la semana treinta y dos y sin ese calendario no hay manera de saber que es la semana del 4 al 10 de agosto.
Con los años he aprendido a no guardar papeles o morralla. En el pasado mi escritorio era una montaña de documentos y objetos que ni necesitaba ni usaba. Ahora, al final del día, todo lo que está sobre la mesa y no voy a usar al día siguiente, va directo a la basura.
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Dientes en el club de las 500
Mira que he puesto fotos rarísimas en la bitácora y mira que la curiosidad ajena es retorcida y morbosa. En febrero del año 2005, hace la friolera de nueve años y pico se me ocurría comentar en Prueba superada una movida con el dentista y ponía una imagen de mi dentadura, algo que solo sucede en la mejor bitácora sin premios en castellano y el único lugar en el que nada es lo que parece. A esa radiografía de mi dentadura le ha tomado un tiempo pero finalmente hoy le damos la bienvenida al Club de las 500.




