La mezquita de Masjid Jamek está en el punto en el que se unen dos ríos que llegan a la ciudad de Kuala Lumpur y la diseñó Arthur Benison Hubback el cual también es responsable del Edificio Sultan Abdul que ya vimos hace unos días. Se inauguró en 1909. El edificio tiene un diseño que no se ve por otros lugares de Malasia. Se puede pasear a su alrededor pero no permiten entrar a la zona de oración a aquellos que no sean musulmanes. La ventaja es que es abierto y se puede ver todo sin problemas. A las mujeres se les pide que se cubran si vienen algo ligeras y en la entrada facilitan ropas para ello. Salvo por los momentos en los que están de oración, las dos o tres veces que pasé por allí se podía entrar sin problemas.
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10 años en los Países Bajos
El 1 de julio del año 2000 salía en un avión de Iberia desde Gran Canaria y tras pasar un par de horas en la antigua terminal 3 del aeropuerto de Barajas continuaba mi camino hacia el aeropuerto de Schiphol en los Países Bajos. Esa tarde pisaba por primera vez suelo neerlandés.
Mi primera década en Holanda ha transcurrido volando. No consigo asimilar que estos diez maravillosos años acaban de terminar y en ellos he vivido aventuras increíbles, he conocido gente fantástica, he viajado por todo el mundo y he hecho realidad un montón de sueños.
De alguna manera, siempre supe que mi futuro estaba fuera de Gran Canaria y nunca he lamentado el haber dado ese gran paso y dejarlo todo atrás. Abrí una puerta gigantesca que crucé y me llevó a una vida que otros sueñan.
Mirando hacia atrás he rebuscado y encontré la foto más antigua que tengo en formato digital y que data del año 2002. La he retocado un poco para quitarnos las patas de gallo y eso pero en esencia cualquiera que me haya visto en carne y hueso me podrá reconocer. En la foto aparece mi amigo el Rubio, mi mejor amigo y uno de los soportes en los que me he apoyado durante todo este tiempo cuando ha sido necesario.

Esta anotación la debería haber escrito Waiting que es más empalagosa pero como está perdida y casi no da señales de vida trataré de sintetizar estos diez años en cifras y datos variados. En esta década solo en dos ocasiones me cortaron el pelo fuera de Gran Canaria, he vuelto a mi tierra entre cuatro y cinco veces por año, he recorrido cientos de miles de kilómetros en decenas (o centenares) de vuelos, he visitado un montón de países, he vivido cinco años en un apartamento en Hilversum y otros cinco en mi casa en Utrecht, he sido testigo de la degradación de muchas amistades que creía inquebrantables por culpa de la distancia y quizás por la misma distancia han surgido un montón de otras amistades que han hecho palidecer a las antiguas. He trabajado para dos multinacionales aunque en ese tiempo he tenido cuatro direcciones de correo diferentes y durante los diez años he sido fiel a T-Mobile como mi compañía telefónica. He tenido televisión digital terrestre hace 8 años en mi casa siendo uno de los pioneros de la misma, también televisión por cable analógica, digital, ADSL con una purriada de operadores (prácticamente uno por año), internet por cable y desde hace cinco años internet en mis teléfonos móviles. Cada año he conseguido pagar lo mismo o menos que el anterior por el acceso a Internet o la telefonía y en la actualidad la velocidad de mi conexión es de 20 Mbps por los que pago menos de veinte euros al mes incluyendo el coste de la línea telefónica (y sin tener teléfono).
Una década en la que el colchón económico que te garantiza cierta seguridad para tiempos difíciles ha crecido tanto que ahora me permitiría parar durante unos años, una década sin coche, sometido a la dulce tiranía de un transporte público de primera clase y diez años con diez bicicletas que han pasado por mis manos y de las que aún poseo cuatro de ellas.
Un montón de cine, más de mil películas que he visto en varios países y acompañado por un montón de gente. En esa misma década dejé atrás el sistema operativo de las ventanas y tras un corto paso por el software libre recalé en el universo de la manzana mordida y de ahí no he salido.
Diez años en los que he aprendido jardinería y a preparar un montón de platos, he comprado cuatro cámaras de fotos y un montón de objetivos y la fotografía se ha convertido en mi hobby favorito a menos que contemos el viajar como un hobby.
Y mirando esta década año por año en el 2000 llegué a los Países Bajos, trabajé en Lucent Technologies y conocí a mi mejor amigo. También fue el año de mi primer otoño auténtico. El 2001 llegó con mi primer invierno, con la nieve, el hielo, el patinaje sobre hielo, las visitas a los amigos alemanes, el cambio de empresa a Philips, la pérdida de gran parte de los amigotes españoles que se regresaron incapaces de aguantar un mundo tan distinto de su perfect España y también fue el año en el que visité el Keukenhof en cinco ocasiones con la gente que vino desde España a visitarme. En el 2002 compré mi primera cámara digital, viajé, perdí el contacto con el resto de los españoles emigrantes y comencé a echar raíces y mis amigos el Turco y la Peruana junto con el Rubio me hacían vivir cada día una nueva aventura. En el 2003 llegó mi gran crisis y aunque flaqueé y hasta consideré el marcharme, nunca se pasó por mi cabeza el volver a España. Fue también el año en el que todo lo que escribía y enviaba en enormes correos pasó a hospedarse en la red y la bitácora Distorsiones comenzó a tomar forma. En el 2004 nació Distorsiones de la forma en la que la conocemos en la actualidad y como se puede ver en los archivos. Fue también el año en el que estuve en Nueva Orleans. El 2005 me llevó a Sudáfrica entre otros destinos y mis amigos holandeses comenzaron a visitar Gran Canaria. Fue también cuando la cantidad de amistades holandesas superó a cualquier otra nacionalidad y el año en el que me compré mi casa y me mudé de Hilversum. En el 2006 visité los Estados Unidos de nuevo y pasé por otro montón de sitios. Ese año descubrí la jardinería y comencé a comprar muebles y modificar mi casa para crear mi hogar y me compré mi primera cámara reflex digital. En el 2007 pasé por un montón de lugares distintos de España y por Roma, una ciudad fascinante. Fue también el año en el que Waiting comenzó a orbitar en mi mundo y con la que fui a Pisa y Florencia, acompañados por ese demonio del reverso zarrapastroso que no merece la pena nombrar. En el 2008 volví a los Estados Unidos con mis padres y pasamos diez días en Nueva York, ciudad a la que regreso cada cierto tiempo. Fue también el año en el que el Niño entró en mi universo y aquel en el que me compré la Canon EOS 50D que tengo en la actualidad. En el 2009 salté por primera vez a tierras lejanas en Asia y pasé por Malasia y Turquía, conocí a la esposa de mi amigo el Turco y recuperé una amistad que parecía haberse perdido. Y en esta mitad del 2010 que completa mi primera década he pasado por Hong Kong, Camboya, Malasia y Turquía y he llevado al Niño a Gran Canaria para que vea con sus propios ojos el lugar en el que surgió la Leyenda. He conseguido pasar toda esta década y aún no hablar holandés correctamente.
Seguro que han habido cosas negativas en esta década pero sinceramente, no me acuerdo de ellas. Prefiero quedarme con lo positivo y olvidar lo malo. Si piensas en positivo, las cosas siempre van mejor. En mi segunda década holandesa seguro que habrán grandes sorpresas y las viviré con la misma intensidad o más que las que acabo de dejar atrás.
Acabamos este pequeño resumen dándole las gracias a todos mis amigos por tantas horas de diversión, por las aventuras vividas y los momentos que hemos compartido y los que nos quedan por delante.
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Mercado de la pequeña India
Si pasas por Kuala Lumpur en sábado, uno de los lugares que hay que visitar es el mercadillo de la Pequeña India. Allí avanzarás entre gente que se aprieta como les gusta a los Hindúes, que parecen disfrutar con la falta de espacio personal. Una anécdota de ese mercadillo era con el tipo que normalmente bloquea la puerta de uno de los templos y que tiene múltiples enfermedades terribles que usa para mendigar y conseguir dinero. En el mercado su estrategia es fijar objetivo, caer sobre ti, abrazarse a ti y no te suelta hasta que le das algo. Lo vi haciéndolo varias veces y en un momento determinado el tipo me puso como objetivo (y yo me di cuenta). Se fue acercando sigilosamente, se preparó y cuando se dejó caer hacia mi di un salto y se dio un trompazo contra el suelo de órdago. Además de partirme de risa con la multitud, solo por su mirada de odio profundo que neutralicé con otra de odio intenso mereció la pena la visita al mercado. Por lo demás, puestos de chucherías y cosas para turistas, mucha comida exótica e hindúes tratando de timarte con el cambio como es tradicional con ellos.
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Tránsito de Phnom Penh a Melaka
La de hoy ha sido la jornada de tránsito más larga de este viaje. Comenzó antes de las siete terminando de meter las cosas en la mochila para después desayunar ya que a las ocho me recogía un taxi para llevarme al aeropuerto de Phnom Penh. Podía haber elegido el ir en tuk-tuk pero la verdad, no me apetecía estar todo el día sudado por culpa de ese bochorno extremo que hay las veinticuatro horas del día en Camboya. En el hotel se despidieron todos de mí. Siendo un negocio pequeño y como he pasado por allí dos veces, conozco hasta los lagartos de las paredes. El taxista era un chico joven que parecía tener miedo a conducir. A mí me ponen al volante de un coche en ese país y no sabría como afrontar la falta de reglas de tráfico (o la existencia de otras desconocidas) pero se supone que él vive y trabaja allí y debería moverse sin problemas. Al llegar a los cruces se quedaba esperando y tras un rato los que venían detrás comenzaban a pitarle y eso lo ponía en movimiento. El aeropuerto está a unos pocos kilómetros pero en una ciudad tan caótica nos tomó casi tres cuartos de hora. En la terminal de salidas no dejan entrar a Camboyanos que no tengan billete para viajar, lo cual la convierte en un paraíso sin niños pidiendo ni mendigos sin piernas arrastrándose para dar lástima de la gente y conseguir una limosna. Había unos pocos mostradores de facturación y en las pantallas no estaba mi vuelo. Pregunté y me dijeron que solo anunciaban la salida dos horas antes pero también me dijeron el número de los mostradores que iban a abrir y me puse en cola.
Para facturar hacen falta cuatro personas por mostrador. Una es la que realiza el trabajo propiamente dicho, otra la observa y le sugiere cosas secretas al oído, la tercera mantiene la fila en orden y si es necesario nos recoloca y la cuarta recoge la etiqueta para el equipaje que le suministra la primera, se la pone a la maleta mientras tanto la primera como la segunda persona lo miran y después desplaza la maleta a la cinta. Pese a la multitud, son más lentos que una sola persona realizando todas las tareas en cualquier aeropuerto europeo. Una vez me dieron la tarjeta de embarque y los cuatro me desearon un buen viaje me acerqué al mostrador en el que tenía que pagar EL IMPUESTO DE SALIDA. En Camboya, si sales del país por avión, has de pagar 25 dólares de impuestos. Si a eso le sumas los veinte dólares que me costó el visado de entrada, a lo bobo me sacaron 45 dólares que acabaran en manos de los corruptos que gobiernan, ya que este país es uno de los más corruptos del mundo. En la escalera mecánica que te lleva a las puertas de salida comprueban que has pagado el impuesto y después una tropa de funcionarios revisan tu pasaporte y marcan tu visado para que tengas que volver a pagar si entras al país y más tarde una pequeña manifestación de gente te hace pasar el control de seguridad.
Después de todo esto ya estás en la zona segura del aeropuerto y alucinas con los precios del café y las cosas. Son más caros que en Madrid Barajas, que ya manda güevos. Entre tanto robo, al menos te dan Wifi gratis y en la hora que estuve allí les pegué un tajazo de 350 megas para poder ver el último episodio de Doctor Who. A la hora de embarcar allí no había nadie y diez minutos más tarde aparecieron los mismos de la facturación y se repartieron las tareas y comenzamos a entrar en el avión. Iba lleno más que nada por una excursión de británicos que volvía a su país via Kuala Lumpur. El avión es un Boeing 737-400, con más años que las gafas horrorosas de Rocío Jurado, aquellas que parecían parabrisas de camión de chaperos.
Como el aeropuerto solo tiene una pista, tuvimos que esperar a que aterrizara un avión de las líneas aéreas Vietnamitas antes de entrar en pista y dirigirnos al extremo de la misma. Allí dio la vuelta y podíamos ver viniendo en nuestro sentido al avión del otro país que acababa de aterrizar y que también tuvo que dar la vuelta para volver hacia la zona en la que se sale de la pista. Al despegar se ve como han deforestado casi todo el país y se lo están cargando. Yo aproveché el vuelo para comerme el almuerzo que nos daban y ver el episodio que había descargado y casi sin darme cuenta ya estábamos en Kuala Lumpur.
El vuelo dura dos horas pero añade la hora de diferencia horaria y al aterrizar eran pasadas las dos de la tarde. Este ha sido el aterrizaje más duro de toda mi vida. El hijoputa del piloto dejó caer el avión a pelo y la gente gritó cuando golpeamos el suelo como si nos estuviéramos estampando. El avión rebotó y hasta se escoró a un lado. Si lo que pretendía era dejarnos el cuerpo desasosegado, lo logró. Pasé el control de pasaportes, recogí mi mochila y me acerqué a la terminal de autobuses. Mirando las páginas de las compañías de transporte había descubierto que una llamada Transnacional tenía cuatro conexiones diarias con Melaka desde el aeropuerto. Al llegar a su ventanilla descubrí que habían cancelado el servicio un mes antes. Me compré un billete de autobús para ir a Chinatown ya que desde allí se supone que salen los autobuses que van a esa ciudad. El viaje dura unos cuarenta y cinco minutos ya que el aeropuerto está a 75 kilómetros de la ciudad. Conviene recordar que dentro de este aeropuerto está el circuito de Formula 1 en el que se celebra el gran premio de Malasia (o algo parecido). Eran casi las cuatro y media cuando llegué al lugar y me informaron que tenía que tomar otro autobús para ir a una estación que está en Bukit Jalil. Otra guagua que tardó casi un cuarto de hora en salir y que tardó media hora en llevarnos a ese sitio. Finalmente compré mi billete y me dijeron que debía ir al andén 5 y buscar el vehículo con matricula 5400. Lo encontré y tomé asiento. Las plazas son muy cómodas, hay mucho espacio entre butacas y las mismas son anchísimas. No salimos hasta casi las seis de la tarde y el viaje duró hora y media. Llegamos pasadas las siete de la tarde a la estación de autobuses de Melaka Sentral, la cual está fuera de la ciudad. Es enorme y tiene una especie de centro comercial adosado. Busqué la parada de taxis y tomé uno para que me llevara al hotel, a donde llegué cerca de las siete y media de la tarde.
Se llama el Hotel Puri y la foto de la habitación que me asignaron la podéis ver a continuación:
Está en Chinatown en Melaka, la zona más folclórica y en donde están todas las atracciones turísticas con lo que desde aquí puedo darme los garbeos sin más problemas. Después de tomar posesión de mi habitación para las siguientes dos noches salí a cenar por la zona y a darme un garbeo. Así acabó esta eterna jornada de transición que comenzó en la capital de Camboya y acabó en la ciudad malaya de Melaka.
El relato continúa en Melaka



